Momento de un ensayo de Only the sound remains.

Momento de un ensayo de Only the sound remains. Elisa Haberer

Escena Only the sound remains

Un ángel para huir del estrés en el Teatro Real

Se estrena en España la ópera Only the sound remains, de Kaija Saariaho, con el contratenor Philippe Jarousky y el bajo barítono Davóne Tines en una historia onírica y sobrenatural. 

La ópera Only the sound remains parece tan sencilla que puede parecer mentira. Salvo un gran mural, el escenario luce vacío y aprovecha la iluminación directa para crear sombras. Sólo dos cantantes (y, en la segunda parte, una bailarina), pisan las tablas y esa desnudez es llenada por ondulantes coreografías. El punto de partida de las tramas, inspiradas por el teatro japonés noh, es absolutamente asequible. Apenas una veintena de músicos, vestidos con unos trajes que parecen pijamas, se encargan de la instrumentación. El coro se reduce a un cuarteto vocal.

El Teatro Real, que tantas aparatosas producciones ha puesto en escena (sin ir más lejos, Faust de Gounod, con la que abrió la temporada), estrenó este martes una ópera cuya complejidad hay que buscarla no en los elementos medibles sino precisamente en la belleza a través de los que se esconden. En la producción no hay estrés, ni ansiedad, sino preguntas hechas desde la sencillez, por más que sean fundamentales. 

Only the sound remains (Sólo el sonido permanete), de Kaija Saariaho, es una obra contemporánea de poco más de dos años de vida que huye de las imágenes más obvias y del efectismo de otras producciones. Tanto que, a los que están acostumbrados o busquen precisamente eso, la ópera les puede parecer pretenciosamente pobre. Y, sin embargo, ha sido aclamada antes en Amsterdam, Helsinki y París, ciudades donde ya ha sido estrenada. También en Madrid, por un Real con algunas sillas vacías pero un público muy entusiasta que recibió la obra con un contundente aplauso, especialmente cuando salió a saludar la propia autora. 

No se trata de una ópera al uso. Estructurada en dos breves partes llenas de similitudes, presenta a un personaje terrenal, interpretado por Tavóne Tines, que entra en contacto con otro sobrenatural, encarnado por el famoso contratenor Philippe Jaroussky. Todo bajo la dirección escénica del prestigioso Peter Sellars, que aprovecha la obra para conectar con el mundo espiritual y simbólico que le es tan propio. La escenógrafa es de la pintora abstracta Julie Mehretu, que coloca varios murales grises, llenos de arañazos (esto es algo serio), sobre los que se proyectan las sombras y se pasean la luz y la oscuridad. 

Tines destaca en la puesta en escena, ya que aunque vocalmente despliega une buena interpretación, Jaroussky lo supera por su precisión y naturalidad, que acentúan su papel de criatura celestial, una condición que marida a la perfección con el fetichismo sobrenatural con el que muchos miran a la tesitura de los contratenores. 

Tines y Jaroussky constituyen un gran contraste vocal. A eso juega buena parte de la concepción de la producción, que con un puñado de elementos logra crear un buen número de contrastes extremos que sin embargo dan pie a un mundo onírico, espeso y sin certezas. Con el blanco y negro, la luz y la sombra, el agudo y el grave, lo terrenal y lo celestial, Saariaho y Sellers logran abrir la puerta de una habitación mágica, sin muros definidos.

La segunda parte, la que narra el encuentro de un marinero con un ángel, conecta mejor con el espectador, quizás por el tema (un mortal que obtiene un objeto celestial, un ángel que necesita la ayuda de un hombre) y el dinamismo que aporta la bailarina Nora Kimball-Mentzos.

En el foso, dirigido por Ivor Bolton, director musical del Teatro Real, se sitúan músicos de calidad, desde la flautista Camilla Hoitenga hasta Eija Ankaanranta, que toca el kantele, un instrumento de cuerda que es el emblema nacional finlandés y que tiene un rol protagonista en la obra. Por no hablar del cuarteto vocal, muy protagonista y versátil, que envuelve a la perfección la acción, a la que pellizca y en ocasiones da ritmo. 

El contenido de la obra, más allá de lo que puede venir en cualquier programa de mano, es difícil de explicar. De ahí su título: Only the sound remains, una invitación a lo trascendente, a la belleza escondida que sólo puede entenderse con el sonido, lo único que queda tras la experiencia mística, y que hace del espectáculo en directo una obligación para comprenderlo, cada uno a su manera.