Paddy McNally y Sarah Ferguson.

Paddy McNally y Sarah Ferguson. Redes sociales.

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Muere a los 88 años Paddy McNally, el magnate de la F1 que fue novio de Sarah Ferguson y la protegió del escándalo Epstein

El empresario británico, que inició su idilio con Fergie siendo la niñera de sus hijos, falleció dos meses después de que su hijo perdiera la vida.

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Hay vidas que parecen escritas con el pulso frenético de la época que les tocó pilotar. La de Patrick Sean “Paddy” McNally, fallecido esta semana a los 88 años en su residencia de Sevenhampton Place, la misma finca de Wiltshire que un día perteneció al célebre escritor Ian Fleming, fue una mezcla perfecta de alta velocidad, chequera millonaria, visión comercial y la discreción sofisticada que requiere la alta sociedad británica.

Su muerte, ocurrida tras una larga enfermedad crónica, no solo cierra el capítulo de uno de los grandes arquitectos de la Fórmula 1 moderna.

Devuelve también a Sarah Ferguson (66 años) a una etapa previa a su convulsa irrupción en la Casa Real británica. No solo eso: además, desempolva el último y providencial refugio que él le brindó en medio del vendaval mediático tras salir a la luz su turbio vínculo con Jeffrey Epstein.

Sarah Ferguson

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De las revistas de motor al imperio del Paddock Club

Nacido en Gravesend, en Kent, en 1937, McNally comenzó oliendo la gasolina desde las páginas de la revista Autosport en los años 60.

De periodista pasó a piloto de coches deportivos y, pronto, a la alta consultoría publicitaria gestionando patrocinios para tabacaleras como Marlboro y administrando los asuntos del recordado campeón James Hunt.

Pero su verdadero salto mortal se produjo en diciembre de 1983 cuando, en alianza estratégica con Bernie Ecclestone, fundó Allsport Management en Ginebra.

McNally tuvo la lucidez de entender que la Fórmula 1 podía dejar de ser un pasatiempo para entusiastas acomodados para convertirse en un circo de glamour global.

Monopolizó los derechos publicitarios a pie de pista para las emisiones de televisión e inventó el Paddock Club, ese sanctasanctórum de caviar, champán y negociaciones millonarias a escasos metros del ruido de los motores.

Cuando vendió su imperio a CVC Capital Partners en 2006, la F1 ya era el coloso comercial que es hoy. McNally continuó como director ejecutivo hasta su retirada definitiva en 2011.

Paddy McNally y Sarah Ferguson.

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El verano de Ibiza, una niñera y el amor

Detrás de su perfil corporativo se escondía un hombre hedonista y carismático.

Viudo desde 1980 tras el temprano fallecimiento de su esposa, Anne Downing, hija del piloto Ken Downing (hija del piloto de carreras Ken Downing), McNally quedó al cuidado de sus dos hijos, Sean y Rollo.

Fue en ese ecosistema donde cruzó su camino con una joven y desenfadada aristócrata de carcajada fácil: Sarah Ferguson, quien llegó a trabajar como niñera para sus pequeños.

Entre 1982 y 1985, separados por 22 años de diferencia, vivieron un idilio apasionado y libre. Eran los años del ambiente festivo en Ibiza, donde McNally, con fama de juerguista y seductor, se movía como pez en el agua.

En su día, su idilio dio que hablar, aunque no con el alcance internacional que adquiriría Sarah tras convertirse en duquesa de York. Cuando la prensa indagaba sobre el maduro magnate, Fergie se limitaba a responder con risas evasivas.

La historia de amor entre ellos se interrumpió cuando ella centró su mirada en la corte británica. El 23 de julio de 1986, una fecha histórica de la que se cumplen ahora 40 años, Ferguson caminó hacia el altar de la abadía de Westminster para casarse con el expríncipe Andrés y convertirse en duquesa de York.

La relación sentimental con Paddy expiró, pero jamás la lealtad entre ellos. Siguieron siendo amigos. Hasta el mismo día de la muerte del magnate.

El expríncipe Andres y Sarah Fergusson en un acto público.

El expríncipe Andres y Sarah Fergusson en un acto público. Gtres Gtres

El último refugio en Suiza

La amistad entre ambos atravesó décadas en silencio mientras las vidas de uno y otro tomaban rumbos opuestos.

Fergie se divorció en los 90, pero siguió compartiendo techo con el expríncipe Andrés en Royal Lodge durante más de dos décadas.

Sin embargo, cuando la tormenta del caso Epstein terminó por despojar al hijo de Isabel II de sus títulos reales y el rey Carlos III ordenó el desalojo de la mansión el pasado febrero, la duquesa se encontró sin un lugar al que ir.

Fue entonces cuando reapareció la figura de McNally. El magnate, propietario de múltiples bienes en la exclusiva estación de esquí de Verbier, le abrió las puertas de su chalet suizo valorado en casi 20 millones de dólares para ofrecerle un refugio seguro lejos del escrutinio de la prensa británica.

En ese periodo de sinsabores y forzoso perfil bajo, marcado por la vergüenza pública y sus estancias en la Clínica Paracelsus de Zúrich, sus fugaces apariciones en Austria o sus escapadas a Irlanda del Norte, el magnate no dejó de cuidar de su antigua pareja.

Una despedida en la sombra

El final de Paddy McNally llega en un año doloroso para su entorno más íntimo.

Apenas dos meses antes de su fallecimiento, el empresario tuvo que afrontar el duro golpe de la muerte repentina de su hijo Sean en la finca de Balmoral, en circunstancias que la familia prefirió mantener en la más estricta intimidad.

Tras su deceso, que tuvo lugar el pasado 22 de julio, le sobrevive su hijo Rollo, un legado imborrable grabado en la historia del automovilismo. Y una amistad, qué duda cabe, que sobrevivió al desamor, la polémica y el foco mediático.