El refugio de José Sacristán

El refugio de José Sacristán

Corazón

El refugio de José Sacristán en un pueblo de 6.000 habitantes: castillo del siglo XV, famoso por sus ajos y a 40 minutos de Madrid

El veterano intérprete encuentra la paz en esta histórica villa medieval donde cambia las alfombras rojas por el anonimato de sus calles.

Más información: El refugio de José Luis Perales en un pueblo de 120 habitantes: iglesia del siglo XVI, origen medieval y famoso por su vino.

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José Sacristán es, sin lugar a dudas, una de las leyendas vivas de nuestro cine, teatro y televisión. Su inconfundible voz y su impecable trayectoria de más de seis décadas le han otorgado el respeto unánime del público y de la crítica.

Sin embargo, cuando los focos se apagan y el telón cae, el veterano actor busca la tranquilidad lejos del bullicio y la velocidad de la gran ciudad.

Ese lugar no es un destino exótico ni una isla remota en el Mediterráneo. Su refugio personal, su ancla y su paraíso particular se encuentra a menos de 50 kilómetros del centro de Madrid, es decir, a 40 minutos.

Hablamos de Chinchón, el pintoresco municipio que le vio nacer en el año 1937 y al que el actor siempre regresa para reconectar consigo mismo.

Para Sacristán, Chinchón es mucho más que un lugar de vacaciones o una escapada de fin de semana; es su esencia. Este pueblo, que cuenta con poco más de 6.000 habitantes, es uno de los rincones más bellos y visitados de toda la Comunidad de Madrid.

Declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1974, pasear por sus calles empedradas y empinadas es hacer un viaje directo y fascinante al pasado.

El corazón indiscutible del municipio es su impresionante Plaza Mayor. De planta irregular, suelo de arena y rodeada por soportales y más de 200 balcones de madera pintados de verde (los famosos "claros"), ha sido escenario de películas de Hollywood y testigo de los primeros juegos de infancia del propio actor.

Castillo de Chinchón

Castillo de Chinchón

El ganador del Goya Honorífico nunca ha renegado de sus raíces humildes. Al contrario, las enarbola con orgullo allá por donde va.

En las calles de Chinchón, José Sacristán vuelve a ser simplemente 'Pepe', el hijo del Venancio. Allí disfruta de la rica gastronomía local, de los célebres ajos que rigen la economía del campo y, por supuesto, del icónico y digestivo anís que lleva el nombre de la localidad por todo el mundo.

No es extraño que los turistas que acuden los fines de semana a degustar un buen asado en los afamados mesones de la villa, se crucen con el actor paseando con paso tranquilo.

Para él, el peso de la fama se queda en la carretera; al cruzar el cartel del pueblo, recupera su anonimato gracias a la mirada cómplice de sus vecinos de toda la vida.

Chinchón

Chinchón

Además de su célebre plaza y sus campos de labranza, la silueta de este refugio está dominada por un imponente castillo del siglo XV. El Castillo de los Condes, con su arquitectura renacentista y su puente levadizo, ha sobrevivido a asedios y guerras, alzándose hoy como un testigo mudo de la historia y aportando un indudable aire épico a este retiro rural.

Pero el pueblo tiene más singularidades que enamoran a todo el que lo visita. El refranero popular reza que Chinchón "tiene una torre sin iglesia y una iglesia sin torre".

Y es rigurosamente cierto. La Torre del Reloj se erige solitaria tras la destrucción de su parroquia original durante la Guerra de la Independencia, mientras que la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que alberga en su altar mayor un valioso cuadro pintado por el mismísimo Francisco de Goya, carece de campanario.

A este patrimonio se suma su majestuoso Parador Nacional de Turismo, ubicado en un antiguo convento de los Agustinos del siglo XV, que aporta un aire nobiliario a una villa profundamente rural y auténtica.

Es en este entorno de casonas nobles, castillos centenarios, conventos y colinas doradas donde José Sacristán recarga las pilas.

Un remanso de paz, historia y tradición que demuestra que, para una de nuestras mayores estrellas, el verdadero lujo no se encuentra en las alfombras rojas, sino en el inmenso placer de volver al hogar.