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Colas kilométricas en San Fermín por unos churros que solo venden 14 días al año: "El balance no se mide en cifras, sino en abrazos"
Un año más, la churrería La Mañueta, fundada en 1872 abre sus puertas para vender sus míticos churros a pamplonicas y visitantes.
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Hay quien mide San Fermín por los toros que embisten en Santo Domingo, por los pañuelos que se anudan al cuello a las doce en punto del 6 de julio o por los litros de sangría que corren por la calle Estafeta.
Pero para muchos pamploneses de toda la vida la fiesta grande tiene otro termómetro, mucho más humilde y mucho más dulce: la cola que se forma de madrugada frente a un local diminuto del Casco Viejo para comprar los churros de La Mañueta.
Unos churros que no se pueden comprar cuando a uno le apetece, porque esta churrería centenaria solo levanta la persiana un puñado de días al año. Y ese es, precisamente, el secreto de su leyenda.
Misma receta y fuego de leña desde 1872
La historia arranca el 13 de diciembre de 1872, cuando Juan Fernández Calero abrió una churrería en la calle Curia, muy cerca de la catedral de Pamplona.
Hacia 1890 el negocio se mudó a su emplazamiento actual, la calle Mañueta, junto al mercado municipal, y de ahí tomó el nombre por el que hoy lo conoce toda la ciudad.
Desde entonces han pasado ya varias generaciones de la familia Elizalde-Fernández, que siguen manejando los fogones con la misma receta y el mismo método artesanal que hace siglo y medio.
Y esa es la clave de su éxito: la obstinación por no cambiar nada. Sus churros se elaboran con harina de fuerza, agua, sal y aceite de oliva, y se fríen sobre fuego de leña de haya de los bosques de Navarra.
El humo de la leña, es lo que les da ese sabor característico que los distingue de cualquier churro industrial. Eso, y el cariño con el que se preparan.
Tito Elizalde, uno de los miembros de la familia, lo resumió en unas declaraciones a eldiario.es en 2022; lo más importante, decía, es el cariño, "porque es una cosa que se hace por amor al arte".
Curiosamente, ninguno de los que están detrás del mostrador se dedica a esto el resto del año. En la familia hay abogados, ingenieros, fiscales, médicos, bomberos... que hacen malabares con sus días libres para mantener viva la tradición. La churrería no es su oficio, es su herencia.
Abre solo 14 días al año
Aquí está el motivo de por qué se forman colas larguísimas. La Mañueta abre solo unos pocos días al año y, por eso, comprar una docena se ha convertido casi en una peregrinación.
En 2026, según su propio calendario laboral publicado en su perfil de Instagram, los días señalados son:
- Sábados previos a San Fermín: 27 de junio y 4 de julio, de 8:00 a 11:30 horas.
- Fiestas de San Fermín: del 7 al 14 de julio, de 6:00 a 11:00 horas.
- Domingos de octubre (Rosario de la Aurora): 4, 11, 18 y 25, de 7:45 a 11:00 horas.
Los precios se mantienen contenidos y apenas varían de un año a otro: en 2026, 9,60 euros la docena y 29 euros la rosca. Solo se puede pagar en efectivo y solo se venden churros. Quien quiera chocolate para mojarlos debe ir a buscarlo a otra parte.
La recompensa a tanta espera es también parte del ritual. Las colas llegan a doblar la esquina hacia Mercaderes o Navarrería, y se han registrado esperas de más de una hora; algún año se ha hablado incluso de récords de hora y cuarto de fila en plena mañana sanferminera.
Mientras uno aguarda, los churreros pasan repartiendo trocitos de churro recién hecho para que nadie desfallezca. Como dice más de un cliente, cuando por fin le pegas el primer mordisco, se te olvida la espera.
Más que churros: un pedazo de historia pamplonesa
La Mañueta es tan de Pamplona que la propia fiesta la incluye en ella. Cada San Fermín, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos baila un vals frente al local, y la banda municipal La Pamplonesa toca a sus puertas el 14 de julio antes del último encierro.
Al frente de todo, durante décadas, ha estado Paulina, la matriarca de la familia, que el pasado otoño cumplió 103 años "sin despeinarse", como celebraban con orgullo sus descendientes en su perfil de Instagram.
Según ella, el éxito se debe a que les salen unos churros riquísimos, y a que se usa leña de haya de Navarra, "que eso es lo mejor que hay".
Y quizá por eso, en esta casa entienden mejor que nadie una idea que va más allá del negocio: que el verdadero balance de estas fiestas no se mide en toneladas de vidrio recogido, ni en detenciones, ni en porcentajes de ocupación hotelera.
El balance de San Fermín, como escribía la familia, no se mide en cifras ni estadísticas, se mide en abrazos.
Y una docena de churros calientes, compartida en la cola con desconocidos a las siete de la mañana, es una forma tan buena como cualquier otra de dar uno.
Otras churrerías con solera en Pamplona
Si La Mañueta ya ha cerrado o la cola se te hace eterna, la capital navarra tiene otras paradas dulces donde reponer fuerzas -estas sí, con chocolate a la taza-:
- Churrería y Chocolatería Gardón (calle San Miguel, 7). Abierta en 2020, junto a la iglesia de San Nicolás, es parada habitual tras el encierro. Además de churros y porras, ofrece torrijas, gofres, cookies y opciones más modernas.
- Bar Txoko (Plaza del Castillo, 20). Un clásico en pleno corazón de la fiesta, muy pegado al recorrido del encierro. Ideal para desayunar churros con chocolate sin salir del bullicio de la Plaza del Castillo.
- El Panadero de Eugui (varios locales en Pamplona y Huarte). Una panadería con casi un siglo de historia y reconocida con el Solete de la Guía Repsol, muy recomendable para un chocolate con churros.
- Churrería de la calle Estafeta (Estafeta, 5). En plena calle del encierro, destaca por sus churros rellenos -dulce de leche, crema de chocolate o nata- para quienes buscan algo distinto.
- Café Iruña (Plaza del Castillo). Más que por sus churros, merece la visita por su historia, pues fue escenario de la novela Fiesta y refugio de Ernest Hemingway en sus visitas a Pamplona.
Cada una tiene su encanto, pero ninguna guarda ese aire de peregrinación que solo se vive haciendo cola frente a La Mañueta. Al fin y al cabo, lo bueno se hace esperar.