Lola Gómez, entre tomates, al frente de Clisol, en Almería.

Lola Gómez, entre tomates, al frente de Clisol, en Almería.

Reportajes gastronómicos

Lola Gómez, la agricultora que rompe prejuicios sobre el “mar de plástico” y presume de los tomates más ricos de Almería

Esta agricultora y divulgadora lleva una vida bajo el plástico gestionando una de las pocas fincas abiertas al público para combatir la mala imagen que se ha construido de los invernaderos de El Ejido.

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En Clisol, una de las 14.000 fincas agrícolas de El Ejido, Lola Gómez ha levantado un relato que desafía prejuicios.

Su historia no es solo la de una agricultora, sino la de una mujer que ha crecido —literalmente— entre matas de tomate y que hoy dedica su vida a defender un modelo agrícola tan cuestionado como desconocido: el de los invernaderos de Almería.

Una vida bajo plástico

“Yo no nací debajo de una mata de tomate, pero casi”, bromea Lola. Nació en casa —en la misma que sigue viviendo— en Balerma, una pedanía del poniente almeriense, cuando aquella comarca era considerada una de las más pobres de España.

Nieta e hija de agricultores, su infancia transcurrió en una caja —primero de madera, luego de plástico— mientras sus padres trabajaban en el invernadero. A los seis años ya regulaba el riego en acequias; a los once, cobraba sus primeros jornales.

Su biografía está atravesada por la evolución de un territorio. Desde el riego por inundación hasta el goteo informatizado, desde los pesticidas químicos hasta el control biológico con insectos auxiliares. “Soy el producto de ese cambio”, afirma.

Hoy, en Almería, más de 33.000 hectáreas de cultivos protegidos alimentan a buena parte de Europa durante el invierno. Un sistema que, según defiende, ha convertido a la provincia en un referente mundial en eficiencia hídrica y sostenibilidad agrícola.

Lola Gómez, en una de las cajas de la recolecta de tomates de Clisol.

Lola Gómez, en una de las cajas de la recolecta de tomates de Clisol.

Lejos de la imagen simplificada del “mar de plástico”, el modelo que defiende Almería es, según ella, un laboratorio agrícola. “Hay más ciencia, tecnología e innovación en un tomate de lo que la gente imagina”, insiste.

El 100% de las explotaciones utilizan riego por goteo, y muchas —como la suya— funcionan con sistemas que permiten a la planta “pedir” agua y nutrientes. En su caso, el cultivo sin suelo, sobre fibra de coco, permite recuperar y reutilizar el agua sobrante, cerrando el ciclo y evitando pérdidas.

Además, hace más de 25 años que la lucha contra plagas se basa en el control biológico: insectos que eliminan a otros insectos. “Somos un ejemplo mundial”, reivindica. Pero el problema, asegura, no es técnico, sino narrativo.

Desde hace 25 años, Lola combina su trabajo agrícola con abrir y enseñar su finca al público. Cada año recibe unas 14.000 personas —desde escolares hasta profesionales internacionales— en un esfuerzo por desmontar mitos.

“Somos la única finca que hace divulgación de forma continuada entre 14.000 explotaciones”, señala. Y lo hace con una estrategia directa: mostrar, explicar y, sobre todo, dar a probar.

Lola Gómez, entre tomatitos cherry.

Lola Gómez, entre tomatitos cherry.

Porque en su defensa del tomate hay también una reivindicación del sabor. Cultiva hasta 24 variedades distintas, muchas de ellas alejadas del estándar comercial. Desde cherries dulces como caramelos hasta tomates oscuros ricos en antioxidantes. “Cada tomate es un concepto”, dice.

Sin embargo, el consumidor no siempre está dispuesto a pagar por esa diferencia. “Pagamos 40 euros por un pescado, pero nos duele gastar más de 3 en verduras”, lamenta.

Unos cuantos de ellos, hasta 240 kilos semanales, viajan hasta el corazón de Madrid, hasta Celso y Manolo, la tasca castiza que les da buen uso en su 'chuletón de tomate'.

Los tomates de Almería que componen el 'chuletón' de tomate de Celso y Manolo.

Los tomates de Almería que componen el 'chuletón' de tomate de Celso y Manolo.

También cultiva pimientos. Se enfoca en variedades que destacan por su dulzor y son ideales para comer crudos. Entre ellos produce mini pimientos ("sweet bite"): Son pimientos pequeñitos que cultiva en cuatro colores: rojo, amarillo, naranja y chocolate. También unos cónicos, similares a los pimientos italianos pero más carnosos, se comen siempre maduros".

Produce, además, una variedad conocida como pepino "snack", que se caracteriza por ser muy pequeño, aproximadamente del tamaño de un dedo, muy similar a los que se consumen habitualmente en Oriente Medio.

Gastronomía, incoherencias y discurso mediático

El auge de la gastronomía, lejos de ayudar, le genera sentimientos encontrados. Por un lado, celebra que la alimentación esté en el centro del debate; por otro, critica lo que considera una profunda incoherencia.

Cuestiona el discurso del “kilómetro cero” cuando convive con cadenas de suministro globalizadas, o la idealización de la huerta tradicional frente a un sistema —el invernadero— que produce en contraestación y abastece a millones de personas en invierno.

También apunta al papel de los medios y los influencers, a los que acusa de simplificar o distorsionar la realidad. “Hay discursos que no interesan”, afirma. El suyo, claramente, es uno de ellos.

Más allá del plástico

El plástico, símbolo de todas las críticas, es también uno de sus argumentos. Recuerda que se recicla desde hace décadas y que hoy se reutiliza en múltiples industrias. Mientras tanto, señala, otros focos de contaminación —como los microplásticos textiles— pasan desapercibidos.

Incluso reivindica un efecto poco conocido: durante buena parte del año, la masa vegetal de los invernaderos reduce la concentración de CO₂ en el aire local. “Respiramos mejor aquí que en muchos otros sitios”, sostiene, apoyándose en estudios científicos.

Lola Gómez con una cuantas cajas colmadas de tomates.

Lola Gómez con una cuantas cajas colmadas de tomates.

Hablar con Lola Gómez no es solo escuchar una defensa del modelo agrícola almeriense; es asistir a una crítica más amplia sobre cómo consumimos, qué valoramos y quién construye el relato de lo que comemos.

Su discurso incomoda porque cuestiona certezas instaladas: lo natural frente a lo artificial, lo local frente a lo global, lo caro frente a lo valioso.

Mientras tanto, en sus invernaderos, los tomates siguen creciendo. En invierno, cuando en otros lugares la tierra descansa. Y quizá ahí reside la paradoja que define su trabajo: producir vida donde aparentemente no debería haberla… y convencer al mundo de que eso también es naturaleza.