Una mujer se somete a una mamografía.
Por qué el cáncer vuelve a aparecer años después de haberlo padecido: "Siempre está ahí al fondo, y eso estresa"
Ya en los años 30 se propuso que ciertos crecimientos secundarios podían venir de células que se quedaban al acecho, dormidas en nuestro organismo tras la enfermedad.
Más información: La imparable escalada del cáncer de mama en España: el número de casos aumenta un 35,8% en los últimos 10 años
Cuando a Lisa Dutton le confirmaron que estaba libre de cáncer de mama en 2017, lo celebró. Pero su alegría llevaba una coletilla silenciosa: la sospecha de que aquello no siempre es un punto final.
Ella lo resume con una frase que miles de supervivientes reconocen al instante: "Siempre está ahí al fondo, y eso estresa".
Esa inquietud no nace de la imaginación. Incluso tras tratamientos efectivos, una parte de los tumores reaparece con los años —a veces, décadas—.
Su testimonio pone un dato sobre la mesa: hasta un tercio de las personas cuyo tumor de mama se elimina acaban viendo regresar la enfermedad. La pregunta, durante mucho tiempo, ha sonado casi insolente: ¿qué "queda" cuando todo parece haber ido bien?
La pista más seria tiene nombre poco poético: células tumorales diseminadas (DTCs, por sus siglas en inglés), una forma de enfermedad residual mínima. Son células que logran escapar del tumor principal, viajan por el cuerpo y se esconden en nichos como la médula ósea o ganglios, pero sin ponerse a multiplicar a toda velocidad.
En ese estado —casi en modo hibernación— no se ven en las pruebas habituales y, además, esquivan terapias diseñadas para atacar células que se dividen rápido, como muchas quimioterapias.
En el caso de Dutton, la idea se volvió real en 2020: encontraron por primera vez células dormidas en su médula ósea. No era una recaída, pero sí una señal: algo había sobrevivido.
Dormir no es desaparecer
La "dormancia" no es un invento reciente. Ya en los años 30 se propuso que ciertos crecimientos secundarios podían venir de células que se quedaban al acecho. El problema es que durante décadas costó aceptar el concepto, también por una razón incómoda: implicaba que curar el tumor visible no siempre equivale a borrar todo rastro.
El médico e investigador Lewis Chodosh recuerda esa resistencia y lo explica así: "Sólo cuando la evidencia se vuelve imposible de ignorar cambia la manera de pensar".
Hoy el campo ha madurado gracias a técnicas que permiten analizar células individuales, rastrear marcadores, y comparar mutaciones del tumor original con las de esas células que se han "mudado" a otros tejidos. Cyrus Ghajar, del Fred Hutchinson Cancer Center, lo plantea con un giro interesante: más que definir estas células por "cómo deberían ser", habrá que identificarlas por lo que su genoma cuenta de ellas.
Y, sobre todo, se empieza a entender que la dormancia es un equilibrio activo, no una pausa pasiva. Estas células conversan con su entorno (microambiente), ajustan rutas metabólicas y activan mecanismos de supervivencia para aguantar con pocos recursos.
Qué las mantiene dormidas
Una de las ideas más potentes es que el sistema inmune no sólo persigue el cáncer: también puede participar en mantenerlo a raya en modo "silencioso". La inmunóloga Judith Agudo lo describe de forma muy gráfica a Nature: fuera del tumor, una célula suelta puede ser eliminada con facilidad si no se esconde; por eso, dormirse puede ser una estrategia de supervivencia.
El reverso es igual de inquietante: si el "paisaje inmune" cambia, el equilibrio se rompe. Lo cierto es que hay algunas señales que podrían empujar a estas células a reactivarse: lesiones, enfermedad, envejecimiento, fibrosis, estrés crónico o hábitos de vida, aunque no siempre se puede trazar una línea directa en cada persona.
Y hay un ejemplo especialmente llamativo, con datos experimentales sólidos: infecciones respiratorias.
Un artículo en Nature de 2025 mostró en modelos animales que infecciones por gripe o SARS-CoV-2 pueden inducir que DTCs de cáncer de mama en pulmón pierdan su "fenotipo pro-dormancia", empiecen a proliferar en días y formen lesiones metastásicas en un par de semanas, en un proceso dependiente de interleucina-6 (IL-6).
Además, los autores conectaron esos hallazgos con datos observacionales en supervivientes (biobancos y bases clínicas), explorando el vínculo entre infección, inflamación y peor evolución oncológica.
Para estas células es, un juego de probabilidades. No hace falta que "todo" se alinee; basta con que, en algún momento, el entorno deje de ser hostil para que una célula tenga la oportunidad de arrancar.
La nueva estrategia: vigilar el "resto"
Aquí llega el cambio de guion: en lugar de esperar a que aparezca una metástasis, algunos equipos intentan interceptar el proceso cuando todavía son unas pocas células durmientes.
En la Universidad de Pensilvania, un estudio se plantea justo eso: buscar DTCs en médula ósea y desarrollar marcadores que ayuden a predecir quién tiene más riesgo de recaída, para ofrecer tratamientos dirigidos a ese "remanente" invisible.
Y el ensayo CLEVER va un paso más allá: no se limita a observar; intenta eliminar esas células. La lógica se apoya en vulnerabilidades biológicas típicas de la dormancia, como la autofagia (un sistema de reciclaje interno que permite sobrevivir con pocos recursos) y vías de señalización como mTOR, clave en metabolismo y crecimiento celular.
En un trabajo en Nature Medicine, el equipo probó combinaciones de fármacos ya conocidos —por ejemplo, hidroxicloroquina (inhibición de autofagia) y everolimus (inhibición de mTOR)— en supervivientes de cáncer de mama con DTCs detectables. En el ensayo fase 2, con 51 pacientes, reportaron reducciones importantes de DTCs y tasas de supervivencia libre de recaída a 3 años por encima del 90% en varios brazos (y 100% en el brazo combinado en ese seguimiento).
Esto no significa "cura garantizada": faltan ensayos más grandes, más diversos y con más tiempo de seguimiento. Pero sí introduce una idea potente y, para muchas personas, casi liberadora: la recaída no tiene por qué ser un destino inevitable. Puede convertirse en un problema que se vigila, se mide y —con suerte— se trata cuando todavía es pequeño, silencioso y vulnerable.