Un hombre y una mujer paseando a un perro en un carrito.
La psicología dice que las personas nacidas entre 1986 y 2008 sin hijos tienen más vínculos con sus mascotas
Las mascotas ocupan otro lugar cuando no hay hijos: la ciencia explica por qué el apego puede ser más intenso.
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Para muchas personas jóvenes, un perro o un gato ha dejado de ocupar simplemente el lugar de “mascota”. Duerme en su cama, condiciona sus vacaciones, aparece en las fotografías familiares y puede recibir incluso términos tradicionalmente reservados para los niños, como “hijo” o “bebé”.
La ciencia lleva años estudiando este fenómeno y ha encontrado una diferencia especialmente interesante: las personas que no tienen hijos tienden a desarrollar vínculos más intensos con sus animales de compañía que quienes sí son padres.
Uno de los trabajos más recientes fue publicado en 2026 en Sociological Forum. La investigadora Elizabeth Laurent-Simpson utilizó datos de la General Social Survey estadounidense para analizar qué factores aumentaban la probabilidad de considerar a perros y gatos auténticos miembros de la familia. El resultado fue bastante claro.
Las personas que nunca habían tenido hijos eran un 107% más propensas a responder que casi siempre consideraban a sus mascotas miembros de la familia que aquellas que habían tenido al menos un hijo. Curiosamente, la edad por sí sola no resultó estadísticamente significativa en ese análisis.
Eso obliga a introducir un matiz en el titular. Nacer entre 1986 y 2008 —tener aproximadamente entre 18 y 40 años actualmente— no parece ser por sí mismo lo que produce un vínculo mayor. La ausencia de hijos es el factor que aparece de forma mucho más consistente en la investigación. Un estudio anterior con 917 propietarios de mascotas llegó a una conclusión muy parecida.
Shelly Volsche, investigadora de Boise State University, comparó mediante la Lexington Attachment to Pets Scale a personas con hijos o que deseaban tenerlos con quienes no tenían ni planeaban tener descendencia. Los segundos mostraron mayor apego general hacia sus mascotas, mayor respuesta afectiva y mayor inversión en sus cuidados.
Ocupa otro lugar en la familia
Los datos no significan necesariamente que una mascota “sustituya” psicológicamente a un niño.
Volsche encontró que las personas sin hijos utilizaban con mayor frecuencia elementos de la escala relacionados con considerar al animal una figura humana cercana. Sin embargo, su interpretación fue más prudente: estos propietarios parecían dirigir hacia perros y gatos parte de sus comportamientos de cuidado, pero respetando al mismo tiempo necesidades propias de su especie.
La forma de hablar del animal también resulta reveladora. En ese estudio, cuando los participantes se referían a ellos mismos ante familiares y amigos, un 64,8% utilizaba términos como “mamá” o “papá” de su mascota. Al hablar con desconocidos o compañeros de trabajo, en cambio, aumentaba considerablemente el uso de palabras más convencionales como “dueño”.
Una revisión sistemática sobre el denominado pet parenting ha encontrado igualmente que los propietarios sin hijos muestran generalmente mayor apego y mayor inversión de recursos en sus animales que quienes tienen descendencia. El fenómeno está relacionado con cambios sociales que han convertido a perros y gatos en integrantes cada vez más centrales de la familia.
La llegada de un hijo puede modificar además una relación que hasta ese momento era especialmente intensa.
Una investigación con 98 mujeres que acababan de convertirse en madres y 93 mujeres sin hijos, todas propietarias de perros, encontró diferencias en su estilo de apego hacia el animal. Las madres recientes presentaban menos apego ansioso y más evitativo hacia su perro que las mujeres sin hijos.
Las entrevistas permitieron entender parte del motivo: algunas nuevas madres describían cómo después del nacimiento les resultaba difícil dedicar al perro el mismo tiempo, energía y atención, obligándolas a reorganizar el papel que ocupaba dentro de la familia. Esto no quiere decir que los padres quieran menos a sus animales.
El estudio de 2026 recuerda que una enorme proporción de propietarios, tengan hijos o no, considera a perros y gatos parte de la familia. La diferencia aparece en la intensidad y en el papel concreto que ocupa el animal cuando no existe descendencia humana.
De hecho, la misma investigación encontró que un 55% de las personas sin hijos consideraba a su mascota tan miembro de la familia como una persona, frente al 42% de quienes sí eran padres. Por eso la explicación parece ir más allá de una simple moda generacional.
Las personas nacidas entre 1986 y 2008 pertenecen a generaciones en las que tener hijos suele llegar más tarde o puede no llegar nunca, mientras perros y gatos ocupan cada vez más espacio dentro de la vida cotidiana. Pero la investigación disponible apunta a que no es su año de nacimiento lo verdaderamente decisivo: es no tener hijos lo que se relaciona de forma más clara con un vínculo especialmente fuerte con la mascota.