Agricultor inspeccionando el campo.

Agricultor inspeccionando el campo. Freepik

Ciencia

Fran Ibáñez, agricultor: “Antes era una agricultura de química y duro; un pañuelo hasta la nariz como mucho”

El agricultor que vio transformarse los invernaderos de Almería: menos química indiscriminada, más ventilación, prevención y control biológico.

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Las claves

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Fran Ibáñez recuerda cómo en los años 90 la agricultura almeriense dependía fuertemente de productos químicos y la protección personal era mínima.

Informes oficiales advertían de una escasa utilización y adecuación de equipos de protección individual entre agricultores, además de falta de información sobre riesgos y almacenamiento deficiente de fitosanitarios.

En la actualidad, el manejo integrado de plagas y el uso de control biológico han transformado los invernaderos, combinando métodos biológicos, agronómicos y fitosanitarios solo cuando es necesario.

La experiencia de Ibáñez refleja una evolución en la agricultura almeriense, que ahora prioriza la seguridad y la sostenibilidad en el manejo de plagas y cultivos.

La imagen que Fran Ibáñez conserva de la agricultura almeriense de hace varias décadas es muy diferente a la que se encuentra hoy en numerosos invernaderos. Había menos control biológico, se recurría con mayor intensidad a tratamientos fitosanitarios y la protección personal podía ser prácticamente inexistente.

Ibáñez, agricultor de La Mojonera (Almería) y responsable de Green Cooper, recuerda aquella etapa durante una entrevista con el divulgador Toni El Biòleg. Creció entre invernaderos antes de formarse como economista y terminar regresando profesionalmente al campo.

“Antes era una agricultura de química y duro”, explica al hablar de cómo se trabajaba durante los años noventa. Fungicidas, insecticidas y diferentes tratamientos formaban parte de una agricultura en la que, según recuerda, la percepción del riesgo tampoco era la actual.

La protección utilizada por algunos trabajadores resulta especialmente llamativa vista desde hoy. “Un pañuelo hasta la nariz como mucho”, resume Ibáñez al recordar cómo podían aplicarse aquellos productos, en ocasiones entre olores intensos y sin los equipos que actualmente se consideran necesarios para determinados tratamientos.

Riesgos de los productos fitosanitarios

Su relato coincide, además, con problemas que fueron documentados oficialmente años después. Un informe de la Comisión Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo advertía en 2005 de una utilización escasa de equipos de protección individual entre agricultores y señalaba que, cuando se empleaban, en algunos casos ni siquiera eran adecuados.

El documento también detectaba falta de información sobre los riesgos de los productos fitosanitarios, deficiencias en su almacenamiento y mezclas indiscriminadas. En los invernaderos, además, advertía de que la temperatura y la humedad podían incrementar algunos de los riesgos asociados a su utilización.

La situación normativa y las recomendaciones preventivas son hoy muy distintas. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo recuerda que la etiqueta de cada producto determina las condiciones bajo las que puede utilizarse con seguridad, incluida la dosis, el número de aplicaciones y los equipos de protección necesarios.

Prescindir de esos equipos cuando son obligatorios no es una cuestión menor. El propio INSST advierte de que modificar las condiciones establecidas durante la autorización de un fitosanitario puede aumentar la exposición del trabajador y, por tanto, incrementar el riesgo para su salud.

El cambio experimentado en Almería, sin embargo, no se limita a utilizar mascarillas, guantes o mejores equipos. Una parte importante de la transformación ha llegado mediante el manejo integrado de plagas y el empleo de organismos que actúan como enemigos naturales de insectos capaces de dañar los cultivos.

La provincia se convirtió precisamente en uno de los grandes laboratorios europeos del control biológico. Ya en 2008, una revisión sobre los cultivos hortícolas almerienses describía el manejo integrado de plagas como una parte fundamental de su modelo productivo y destacaba el enorme desarrollo alcanzado por estas estrategias.

Investigaciones posteriores han documentado también esa transformación. Un estudio publicado en Agronomy analizó durante ocho campañas la expansión del control biológico en los invernaderos de Almería y vinculó su rápida implantación con el cambio de estrategia que experimentó el sector a partir de la década de 2000.

Ibáñez describe esa evolución desde su propia experiencia. Frente a los antiguos tratamientos, explica que actualmente intenta actuar sobre las condiciones del cultivo, controlar la humedad, ventilar el invernadero y recurrir a los productos fitosanitarios únicamente cuando son necesarios.

Pone como ejemplo un problema de oídio en berenjena que consiguió manejar empleando azufre mojable y jabón potásico, además de medidas sobre el propio invernadero. Su planteamiento resume una agricultura en la que combatir una plaga ya no significa necesariamente comenzar aplicando un insecticida o fungicida convencional.

Eso tampoco significa que los productos químicos hayan desaparecido del campo. El manejo integrado combina herramientas biológicas, agronómicas y, cuando resulta necesario, tratamientos fitosanitarios específicos. Documentos técnicos del Ministerio de Agricultura llevan años describiendo precisamente esta combinación como una de las bases del control de plagas en la horticultura almeriense.

La experiencia de Fran Ibáñez permite observar así una transformación que va más allá de la tecnología utilizada dentro del invernadero. De trabajar con apenas un pañuelo cubriendo nariz y boca a controlar insectos mediante enemigos naturales, la agricultura almeriense ha cambiado también su manera de entender las plagas, los tratamientos y la exposición de quienes trabajan cada día entre los cultivos.