Un perro pequeño.

Un perro pequeño. Cristina Villarino

Ciencia

Ya entró en vigor: la Ley de Bienestar Animal obliga a los dueños de perros a retirar los collares que les causen daño

Cuidar del bienestar de nuestros animales va más allá de procurarles comida y agua. También es importante evitar hacerles daño alguno.

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Las claves

Las claves

La Ley de Bienestar Animal prohíbe el uso de collares eléctricos, de ahogo, de pinchos o de castigo que puedan causar daño físico o psicológico a los perros.

Los dueños que utilicen collares dañinos pueden enfrentarse a multas que oscilan entre 500 y 200.000 euros, según la gravedad de la infracción.

Expertos recomiendan el uso de arneses y métodos de refuerzo positivo para educar perros, evitando causarles dolor, miedo o ansiedad.

La nueva normativa subraya que el bienestar animal implica también evitar el sufrimiento emocional, no solo cubrir necesidades básicas.

Durante años, muchos perros han salido a la calle con pesados collares cuya función no era mantener al perro seguro al lado de su dueño, sino más bien intentar corregir su conducta.

Collares de ahogo, de pinchos, eléctricos o de impulsos se han vendido durante demasiado tiempo como herramientas rápidas para evitar tirones, ladridos o conductas incómodas.

Sin embargo, el nuevo y necesario foco sobre el bienestar animal ha cambiado las cosas: educar a un perro no puede basarse en provocarle dolor, miedo o ansiedad.

Así lo dejó constar la Ley de Bienestar Animal ya en 2023, dejando atrás las posibles opiniones al respecto y confirmándolo en forma de norma: está prohibido usar cualquier herramienta de manejo de conducta que pueda causar lesiones a nuestro animal de compañía.

Son cosa del pasado

La norma cita expresamente los collares eléctricos, de impulsos, de castigo o de ahogo; por tanto, los dueños de perros deben revisar qué tipo de collar utilizan y retirar aquellos que puedan causar daño físico o sufrimiento psicológico al animal.

La norma puede parecer menor, pero no lo es, dado que el collar es uno de los objetos más cotidianos en la vida de un perro: está presente en paseos, aprendizaje y en la relación con su dueño, además de ser básico en la forma en la que el animal interpreta el mundo exterior.

Un collar que aprieta la tráquea cuando el perro tira, que clava púas en el cuello o que emite descargas no solo puede producir lesiones físicas, sino que también puede hacer que el perro asocie el paseo, el encuentro con otras personas o el encuentro con otros animales con experiencias desagradables.

Incluso la mano de su propietario puede llegar a asociarse con estas malas experiencias psicológicas. Aquí es donde se encuentra una de las claves que menos se suele tener en cuenta. Además del evidente daño físico inmediato, también está el mensaje que recibe el animal.

Si cada vez que se acerca otro perro se recibe un tirón brusco o un estímulo doloroso, aprenderá que la presencia de otros perros se asocia a malestar; esto, lejos de mejorar su conducta, puede producir una reactividad en forma de miedo o agresividad.

La ley no busca complicar la vida de los propietarios, sino que nos recuerda una regla que debería ser básica: el bienestar de nuestro animal de compañía no solo consiste en procurarle agua, comida y las vacunas adecuadas, sino también evitar su sufrimiento.

Los expertos en comportamiento canino llevan años insistiendo en que los métodos basados en el refuerzo positivo son más seguros y respetuosos con los animales.

Premiar la conducta deseada, enseñar progresivamente y acudir a un profesional capacitado en el caso de padecer problemas serios de conducta es la forma más eficaz y ética de convivencia.

La prohibición de estos collares también acarrea consecuencias económicas, añadiendo sanciones que varían según la gravedad de los hechos: las infracciones leves implicarían multas desde los 500 euros, pasando a superar los 10.000 euros en casos de infracciones graves e incluso los 200.000 euros si la infracción es muy grave. La cuantía dependerá del daño causado, la intencionalidad, la reincidencia y otras circunstancias.

Como posibles alternativas, el uso de un arnés en lugar de un collar de cualquier tipo es la opción más segura hoy en día, especialmente en aquellos casos donde el animal suele tirar de la correa; incluso con collares normales, pueden llegar a producirse lesiones de forma involuntaria.

Como segunda opción estarían los mencionados collares convencionales, siempre que no compriman ni produzcan lesiones.

Y, en aquellos perros donde existan o persistan problemas de conducta, la solución siempre debería pasar por un buen diagnóstico inicial y no por endurecer los materiales: el dolor, miedo, falta de socialización, exceso de estímulos, ansiedad por separación o mala gestión del paseo pueden ser la causa de muchos comportamientos.

Recordemos que un perro que tira no siempre está desobedeciendo a su dueño. En muchas ocasiones está excitado, inseguro, poco entrenado o simplemente no ha aprendido otra forma de pasear. Castigar las consecuencias sin entender su origen es un atajo peligroso.