Imagen de archivo de una niña durmiendo junto a su perro.

Imagen de archivo de una niña durmiendo junto a su perro.

Ciencia

Los psicólogos están de acuerdo: el sueño de los niños puede verse afectado si duermen con mascotas, sobre todo perros

Aunque dormir junto a nuestras mascotas pueda parecer sinónimo de bienestar y sueño de calidad, la evidencia no está de acuerdo con esto.

Más información: Los veterinarios coinciden: los propietarios de un gato deben tener una red en todos los balcones, terrazas y ventanas

Publicada
Las claves

Las claves

Dormir con mascotas, especialmente perros, puede empeorar la calidad del sueño y aumentar los síntomas de insomnio.

El comportamiento nocturno de los perros, como moverse o hacer ruidos, puede fragmentar el sueño, afectando especialmente a los niños.

El vínculo afectivo con la mascota no compensa el impacto negativo sobre el descanso nocturno.

Se recomienda evaluar la calidad del sueño si hay problemas y considerar que la mascota duerma fuera de la cama o la habitación.

Dejar dormir a un niño con su mascota suena a escena de película: el pequeño se siente acompañado, el perro se acurruca a sus pies y la noche empieza en calma. De hecho, para muchas familias permitir que su animal de compañía entre a la habitación suele formar parte de la rutina nocturna del hogar.

Y, sin embargo, desde la psicología del sueño han detectado que esta escena puede parecer muy emotiva pero poco práctica. Así lo sugirió un estudio publicado en Scientific Reports durante el pasado año 2025 a cargo del profesor de psicología Brian N. Chin y sus colegas del Trinity College.

La compañía de nuestra mascota por la noche no solo no potencia el descanso, sino que puede ayudar a fragmentar nuestro sueño sin saberlo. Durante este estudio se analizó la rutina nocturna de 1.591 adultos de Estados Unidos, 758 de los cuales dormían con sus mascotas, llegando a una asociación a priori contraintuitiva.

Aquellos que compartían el sueño con animales presentaban peor calidad percibida del descanso y mayor gravedad de síntomas de insomnio. Y el efecto parecía concentrarse especialmente en los perros, pero no tanto en los gatos.

Por qué es peligroso

Si bien es cierto que el estudio se realizó en adultos y no permite afirmar de forma directa que esto también ocurra en niños, sí nos ofrece una pista útil para las familias, recordándonos que el dormitorio no es solo un lugar emocional sino también un entorno fisiológico.

Cualquier elemento que introduzca ruido, movimiento, calor, despertares o cambios de postura puede alterar la continuidad del sueño. Y en la infancia, donde un buen descanso es la base del aprendizaje, la regulación emocional y la conducta diurna, estas pequeñas interrupciones repetidas pueden tener más impacto del que parece.

El problema real no es la mascota, sino su comportamiento habitual. Un perro puede cambiar de postura, rascarse, jadear, subir y bajar de la cama, reaccionar ante sonidos externos o reclamar contacto.

Todo esto puede no despertarnos por completo, pero sí generar microdespertares o un sueño menos profundo. Al día siguiente puede que solo percibamos irritabilidad o dificultad para despertarnos, somnolencia o peor concentración, sin acabar de relacionarlo con nuestro compañero de cuatro patas.

Por otro lado, cabe destacar que el estudio también detectó un matiz importante: el vínculo afectivo con nuestra mascota no explicaría las diferencias en el sueño. Es decir, querer mucho o poco a nuestro animal de compañía no implicaría diferencias frente a sus efectos nocturnos.

Se trata de un punto especialmente importante en niños, dado que los padres suelen permitir el colecho con las mascotas pensando que estas aportarán seguridad emocional; puede que dicha seguridad exista, pero no compensaría la fragmentación de sueño y descanso asociada.

Por su parte, cabe puntualizar que el estudio no implicaría prohibir automáticamente el sueño junto a nuestra mascota. Si dormimos bien, no hay motivo para convertirlo en un conflicto familiar.

El problema sería que si hubiese insomnio, despertares frecuentes, cansancio matinal o, en el caso de los niños, problemas de conducta asociados al sueño. En este caso sí convendría valorar la presencia de nuestro perro en la habitación a la hora de dormir.

Una buena estrategia de comprobación sería mantener a nuestra mascota fuera de la cama o de la habitación durante un par de semanas y revalorar la calidad del sueño.

Asimismo, también es posible probar un paso intermedio, en el caso de los niños: si el perro duerme en la misma cama, dejarlo dormir en la habitación, pero separado del niño, en una cama en el suelo por ejemplo.

Como conclusión, debemos recordar que poseer una mascota puede ser una gran fuente de bienestar, pero dependerá de las circunstancias: en cuanto al sueño se refiere, no siempre habrá una buena relación, y eso no es malo por sí mismo.

Las mascotas, especialmente los perros, se mueven y tienen su propio comportamiento, lo cual puede interferir en nuestro descanso de forma indirecta. Mantenernos a cierta distancia en este ámbito no implica querer menos a nuestro animal de compañía, pero dependiendo del caso es posible que sea un paso necesario.