Alberto Soler, psicólogo.

Alberto Soler, psicólogo.

Ciencia

Los psicólogos concuerdan: los niños que se regulan el uso de las pantallas no tienen regiones del cerebro desarrolladas

Los especialistas consideran que es poco realista esperar que un menor pueda desarrollar mecanismos de autocontrol cuando incluso a los adultos les cuesta.

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P. G. Santos
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Las claves

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Expertos advierten que los niños no tienen desarrolladas las regiones cerebrales responsables del autocontrol necesario para regular el uso de pantallas.

Los psicólogos consideran un error pensar que los menores pueden autorregularse frente a dispositivos diseñados para generar adicción.

La industria tecnológica se beneficia de la falta de regulación, promoviendo mensajes de uso responsable que no se ajustan a la realidad neuropsicológica de los niños.

Se recomienda que los adultos establezcan límites estrictos sobre el uso de pantallas, ya que los menores carecen de la madurez suficiente para gestionarlo por sí mismos.

El uso que hacen los menores en España de las tecnologías genera fuertes discusiones entre los especialistas. Y es que hay quienes están a favor de que sean ellos los que hagan un uso responsable, mientras que otros, en cambio, prefieren que no sea así.

En este último grupo se encuentra el psicólogo Alberto Soler, quien señala directamente esta gran problemática. Cree firmemente que hay demasiada hipocresía con el supuesto uso responsable. Considera un error dar por sentado que cada hogar puede establecer los límites más adecuados siempre.

Muchas familias piensan erróneamente que sus propios hijos tienen la capacidad suficiente para ponerse freno ante tantas pantallas. Sin embargo, ni los padres están completamente formados ni los menores logran esa necesaria autorregulación, porque las sociedades son tremendamente diversas.

Soler compara esta preocupante situación con otras adicciones normalizadas históricamente. Igual que nadie deja al simple criterio de cada familia si su hijo bebe alcohol, tampoco debería permitirse esta absoluta libertad tecnológica, especialmente teniendo tanta evidencia científica muy clara.

No tienen ninguna capacidad

Actualmente ya está sobradamente demostrado el enorme impacto que tienen las pantallas en el frágil neurodesarrollo infantil. Pensar que un niño puede regularse frente a estas herramientas digitales diseñadas para atraparlo resulta ser una auténtica mentira sin base médica.

Fisiológicamente, un niño muy pequeño no tiene casi ninguna capacidad real para autorregularse limitando el uso abusivo de esos dispositivos. Las regiones cerebrales encargadas específicamente de gestionar su autocontrol emocional y cognitivo todavía no se encuentran completamente desarrolladas.

Ese insistente mensaje social apelando casi siempre al uso responsable beneficia exclusivamente a la industria tecnológica actual. Son corporaciones multinacionales que comercian constantemente con nuestra valiosa atención diaria buscando retenernos frente a las luminosas pantallas durante largas horas interminables.

Dichas empresas persiguen exactamente que jamás seamos capaces de regularnos por nosotros mismos. Desean mantener usuarios completamente dependientes, mermando cualquier intento individual de apagar voluntariamente los teléfonos móviles mediante complejos e innovadores algoritmos diseñados para generar una fuerte adicción.

Soler plantea una reflexión muy reveladora sobre este grave problema contemporáneo. Si nosotros, como personas adultas formadas, no somos realmente capaces de regular adecuadamente el uso personal que hacemos del móvil, resulta absurdo pedirles ese gran esfuerzo a ellos.

¿Cómo podemos siquiera esperar que un hijo pueda regular sano y salvo el tiempo excesivo que pasa frente al teléfono? Exigirles madurez neurológica cuando ni siquiera los adultos logran desconectar fácilmente constituye una enorme irresponsabilidad por parte del sistema.

Los menores necesitan imperativamente que los mayores les regulen desde fuera, marcando límites claros y estrictos diariamente. Esta firme supervisión externa resulta totalmente innegociable hasta que consigan desarrollar internamente las herramientas cognitivas necesarias para poder autogestionarse de manera segura.

Para alcanzar esa ansiada autonomía madurativa todavía faltan muchísimos años desde que son apenas unos pequeños infantes. Mientras tanto, proteger su delicado cerebro imponiendo pautas restrictivas no representa ninguna opción debatible, sino nuestra principal obligación como sociedad civilizada actual.