El presidente ruso Vladimir Putin en el Kremlin.

El presidente ruso Vladimir Putin en el Kremlin. Mikhail Metzel/Pool via REUTERS ATTENTION EDITORS Reuters.

Ciencia

Rusia cambia de estrategia: mandará sondas robóticas al espacio en 2028, pero abandona la carrera contra EEUU

Tras el fracaso de Luna-25, Moscú intenta reconstruir su programa lunar con misiones automáticas antes de plantearse la presencia humana.

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Las claves

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Rusia pospone su regreso a la Luna y enviará la sonda robótica Luna-26 en 2028, sin tripulación humana.

La misión Luna-26 orbitará el satélite para estudiar el relieve, la composición y la estructura interna de la Luna, y localizar recursos como agua helada.

El programa lunar ruso prioriza sondas automáticas y la obtención de mapas detallados antes de intentar aterrizajes, en contraste con los planes de EEUU y China de enviar astronautas.

Luna-26 servirá de apoyo para futuras misiones de aterrizaje ruso previstas para 2029 y 2030, enfocadas en la exploración y posible utilización de recursos lunares.

Rusia vuelve a retrasar su regreso a la Luna y deja cada vez más lejos su antigua ambición de competir de tú a tú con Estados Unidos. Su siguiente paso será Luna-26, una sonda robótica prevista ahora para 2028.

La misión no llevará astronautas ni intentará posarse en la superficie. El Instituto de Investigaciones Espaciales de la Academia Rusa la presenta como un orbitador para estudiar desde arriba el relieve, la composición y la estructura interna del satélite.

El instituto ruso sitúa el lanzamiento en 2028 desde Vostochni, mediante un cohete Soyuz-2 .1b. Roscosmos figura como agencia principal, mientras que la empresa NPO Lavochkin lidera el desarrollo técnico y la integración de la nave.

La diferencia con la carrera actual es importante. Mientras EEUU prepara misiones tripuladas, Rusia afronta una fase más básica: enviar robots capaces de medir, cartografiar y preparar el terreno para futuros intentos de aterrizaje real.

El nuevo calendario arrastra todavía la sombra de Luna-25. Aquella sonda debía inaugurar en 2023 el regreso ruso al satélite, pero terminó destruida durante la maniobra que debía colocarla en la órbita previa al descenso final.

El propio instituto ruso recoge que Luna-25 pasó a una "órbita no calculada" y dejó de existir por una colisión con la superficie lunar. La fórmula oficial resume un golpe técnico y simbólico muy duro.

Antes de volver a intentar un aterrizaje, Rusia quiere conocer mejor el terreno. Luna-26 deberá levantar mapas y localizar regiones útiles para futuras misiones, especialmente en áreas vinculadas al agua helada de los polos.

Entre sus tareas figura la búsqueda de zonas ricas en hidrógeno y el análisis de compuestos volátiles en el suelo lunar. Es ciencia pura, pero también planificación logística esencial para el diseño de bases futuras.

El contraste histórico pesa mucho. La URSS abrió la exploración lunar con Luna 2, primer artefacto humano en alcanzar la superficie en 1959, y Luna 3, que fotografió por primera vez la cara oculta del satélite.

La serie soviética siguió acumulando hitos. Luna 9 logró en 1966 el primer alunizaje suave y las primeras imágenes desde la superficie, mientras Luna 10 inauguró ese mismo año la órbita lunar robótica de forma exitosa.

En los setenta, el programa todavía marcaba territorio. Luna 16 trajo las primeras muestras robóticas de otro mundo en 1970 y Luna 17 desplegó Lunojod 1, el primer rover operativo más allá de la Tierra.

Una carrera que ya no se mide igual

Ese legado explica la dureza del golpe actual. Rusia recuperó el nombre histórico del programa lunar, pero llegó tras décadas sin misiones y con una capacidad de aterrizaje que todavía necesita volver a demostrarse.

El contraste con Estados Unidos es evidente. La NASA mantiene el objetivo de devolver astronautas a la superficie lunar a comienzos de 2028 dentro de Artemis IV, presentada como una misión tripulada de aterrizaje complejo.

Esa fecha coloca a Rusia en una posición incómoda. En el mismo año en que Washington quiere volver con humanos, Moscú espera enviar un orbitador para observar y apoyar misiones automáticas que llegarán posteriormente.

China avanza con un calendario igual de ambicioso. Pekín mantiene el objetivo de llevar astronautas a la Luna antes de 2030 y prepara vehículos, trajes y sistemas de descenso para su propio programa tripulado independiente.

El plan ruso conserva ambición, pero el ritmo es distinto. Luna-26 servirá como relé de datos para Luna-27.1 y Luna-27.2, dos módulos de aterrizaje previstos por la agencia Roscosmos entre los años 2029 y 2030.

La misión también debe crear una base de información para la navegación autónoma. Según la documentación rusa, el mapa lunar obtenido con imágenes estereoscópicas podrá alcanzar una resolución de dos o tres metros por píxel.

Ese tipo de datos es esencial para escoger zonas de descenso y reducir riesgos. En la Luna, el hielo de agua interesa porque puede convertirse en oxígeno, combustible y soporte vital para las próximas generaciones.

Rusia sigue mirando al satélite, aunque queda fuera de la primera línea tripulada. Su estrategia actual es más lenta y defensiva: reconstruir capacidades con sondas antes de plantearse seriamente una presencia estable en el suelo.

Moscú mantiene el discurso de futuro lunar, pero su paso inmediato será más modesto que el de sus rivales. En 2028 espera enviar un robot, mientras Estados Unidos aspira a volver con astronautas de carne y hueso.