Sócrates, filósofo.

Sócrates, filósofo. iStock

Ciencia

Sócrates, filósofo, sobre el amor: "Es un gran demonio, y todo demonio es algo intermedio entre lo divino y lo mortal"

El célebre filósofo griego abordó el significado de Eros (el Amor) en los diálogos recogidos en El banquete de Platón.

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Las claves

Sócrates, según Platón en El banquete, define el amor como un "gran demonio", un ser intermedio entre lo divino y lo mortal.

El amor, según esta visión filosófica, es una fuerza mediadora nacida de la carencia, que impulsa hacia la belleza, la verdad y el bien.

El amor no es solo pasión romántica, sino un motor vital que nos empuja a buscar fuera de nosotros mismos, inspirando obras, sacrificios y crecimiento personal.

La naturaleza ambivalente del amor revela nuestra incompletud y nos invita a aceptar el "intermedio" como parte esencial de la condición humana.

Platón recogía en El banquete una afirmación atribuida a Sócrates: "El amor es un gran demonio, y todo demonio es algo intermedio entre lo divino y lo mortal".

En esa idea se resume una de las reflexiones más sugerentes de la filosofía antigua acerca del amor: más que un mero sentimiento, se presenta como una fuerza mediadora e inquieta, situada entre la plenitud y la carencia.

Sócrates, figura clave de la Atenas del siglo V a. C., no dejó ninguna obra escrita, pero su pensamiento perduró gracias a los diálogos de Platón.

Allí aparece como un maestro incómodo, irónico y profundamente preocupado por la verdad y la vida buena.

En El Banquete, un diálogo en el que varios comensales pronuncian discursos en honor a Eros, el amor, Sócrates cede la palabra (dentro de su propio relato) a Diótima, una misteriosa sacerdotisa que le habría enseñado el auténtico sentido del amor.

Cuando Diótima afirma que el amor es "un gran demonio", no está hablando de un ser maligno en el sentido cristiano, sino de un daimón: una entidad intermedia, un mensajero entre los dioses y los hombres.

El valor del amor

El amor, así entendido, no es ni plenamente divino ni meramente humano; participa de ambos órdenes.

Es mortal porque nace de la carencia, de la falta, del deseo de lo que no se tiene. Pero también es divino porque nos impulsa hacia la belleza, la verdad y el bien, es decir, hacia aquello que trasciende nuestra condición limitada.

Esta doble naturaleza explica su ambivalencia: el amor eleva y desasosiega, ennoblece y, a la vez, expone a la vulnerabilidad. Es "gran" demonio porque tiene poder: mueve ciudades, inspira obras de arte, funda familias, alimenta sacrificios y renuncias.

Pero también porque desenmascara nuestra propia incompletud.

Amar es reconocer que no somos autosuficientes, que necesitamos de otro (persona, idea, proyecto, ideal) para desplegar lo mejor de nosotros mismos.

En esta clave, el amor no se reduce a la pasión romántica.

Es, más bien, el motor que empuja al ser humano a salir de sí: hacia otra persona, hacia el conocimiento, hacia la creación. Funciona como un puente.

Nos recuerda que estamos siempre "en medio": ni dioses serenos ni bestias cerradas sobre sí, sino criaturas que buscan, que desean, que tienden hacia algo más alto.

La frase socrática invita a aceptar ese "intermedio" como nuestro lugar propio. El amor no viene a completarnos mágicamente, sino a ponernos en camino.

Y quizá, en esa tensión entre lo que somos y lo que queremos ser, radica precisamente su grandeza.