Piezas del Tesoro de Villena.

Piezas del Tesoro de Villena.

Ciencia

Tiene 3.000 años de antigüedad y contiene metales extraterrestres: el misterio del tesoro descubierto en Valencia

Estas pueden ser las piezas que más dicen sobre el salto tecnológico y simbólico de quienes vivían en la península Ibérica en la Edad del Bronce.

Más información: Hierro extraterrestre: el secreto del gran conjunto de orfebrería de la Edad del Bronce de España

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Las claves

El Tesoro de Villena, hallado en Alicante y fechado entre 1500 y 1200 a.C., incluye dos piezas hechas de hierro meteórico, no terrestre.

El análisis químico de un brazalete y una semiesfera indica un alto contenido de níquel, característico de metales procedentes de meteoritos.

Estas piezas serían los primeros objetos de hierro meteórico documentados en la península Ibérica y muestran la capacidad técnica y simbólica de la cultura de la Edad del Bronce.

La corrosión de los objetos complica la confirmación definitiva, pero el hallazgo refuerza la tendencia de valorar lo raro y simbólico en culturas antiguas.

En un tesoro que brilla por definición, a veces lo más valioso no es lo que reluce. Entre las decenas de piezas de oro del Tesoro de Villena —uno de los hallazgos estrella de la orfebrería de la Edad del Bronce en Europa— hay dos objetos que, a simple vista, parecen casi un error: un brazalete apagado y una semiesfera hueca muy corroída, decorada con detalles de oro. No deslumbran. No llaman la atención en los catálogos de un museo. Y, sin embargo, pueden ser las piezas que más dicen sobre el salto tecnológico y simbólico de quienes vivían en la península Ibérica hace más de 3.000 años.

La sorpresa está en el material. Un equipo liderado por el conservador Salvador Rovira-Llorens ha defendido que ambos objetos no se hicieron con hierro extraído de la corteza terrestre, sino con hierro meteórico: metal procedente de meteoritos caídos del cielo.

La hipótesis no es un capricho romántico, sino una explicación con lógica arqueometalúrgica para un problema que llevaba décadas molestando a los especialistas: ¿cómo encajar dos piezas "férreas" dentro de un conjunto de oro fechado, en general, entre 1500 y 1200 a.C., cuando el uso extendido de hierro "terrestre" en Iberia se asocia a un arranque más tardío de la Edad del Hierro?

Un tesoro que obliga a mirar la cronología

El Tesoro de Villena se descubrió en 1963 en la actual provincia de Alicante y, desde entonces, se ha tratado como una cápsula de prestigio: brazaletes, cuencos, recipientes… oro como lenguaje de poder. De hecho, la colección se ha convertido en referencia porque muestra un nivel de sofisticación técnica (y un volumen de metal precioso) poco habitual para su época.

En ese contexto, las dos piezas "raras" no eran solo un detalle: eran un problema de calendario. Si realmente fueran hierro de mina, su presencia obligaría a reescribir la cronología del conjunto o a imaginar reutilizaciones posteriores.

Aquí entra la química como detective. El hierro meteórico suele contener más níquel que el hierro común obtenido de minerales terrestres. Es una de las firmas más usadas para diferenciar un origen extraterrestre, porque muchos meteoritos metálicos —especialmente los de tipo hierro-níquel— conservan proporciones características de esos elementos.

Por eso, el equipo obtuvo permiso del museo de Villena para tomar micro-muestras de ambos objetos y analizarlas con técnicas de laboratorio (en el trabajo se describe el uso de métodos analíticos para estimar composición pese a la corrosión).

El resultado no es un "100% definitivo" —la corrosión complica cualquier lectura—, pero sí lo bastante coherente como para sostener que el brazalete y la semiesfera encajan mejor como hierro de meteorito que como hierro terrestre temprano.

Si la interpretación se consolida, la implicación es potente: serían, hasta donde llega la evidencia publicada, las primeras piezas atribuibles a hierro meteórico en la península Ibérica, y además dentro de una cronología plenamente de Bronce Final.

Eso no significa que "ya dominaran el hierro" como lo entenderíamos siglos después —no estamos ante una revolución industrial antigua—, sino ante algo más sutil: la capacidad de identificar, trabajar y reservar un material rarísimo que no se obtiene excavando, sino esperando (o buscando) lo que cae del cielo.

Porque el hierro meteórico, antes de ser metal, era un acontecimiento. En distintas culturas antiguas, este material se asocia a objetos de prestigio: no tanto por su superioridad práctica (la tecnología del acero aún quedaba lejos), como por su exclusividad y carga simbólica.

El caso más famoso es el puñal de Tutankamón: un estudio en Meteoritics & Planetary Science confirmó su origen meteórico mediante análisis no invasivos, destacando niveles de níquel y cobalto compatibles con meteoritos de hierro. Es decir: la idea de "hierro caído del cielo" como material noble no es una excepción egipcia, sino un patrón que aparece en distintos lugares cuando el hierro terrestre todavía no es una materia prima cotidiana.

Cuando el tiempo corroe la evidencia

Villena, en ese sentido, encaja con una lógica casi universal: lo raro se vuelve valioso. Y, si además lo raro llega del firmamento, el objeto puede funcionar como insignia política, talismán o señal de estatus. El detalle de que la semiesfera esté decorada con oro no es menor: sugiere una pieza pensada para ser vista (quizá parte de un cetro o empuñadura, como se ha propuesto), una tecnología al servicio de la representación.

Aunque hay un pero, el propio trabajo subraya el gran límite: la corrosión. El hierro antiguo, expuesto durante siglos a humedad, sales y procesos químicos, no conserva intacta su composición original. Parte del níquel puede redistribuirse; algunos elementos se concentran o se pierden; el material se convierte en una especie de "archivo" deformado por el tiempo. Por eso, los autores plantean que futuras campañas deberían aplicar técnicas más modernas y, si es posible, no invasivas, para obtener un mapa más fino de la composición y reforzar la atribución meteórica sin comprometer las piezas.

Ese enfoque conecta con una tendencia fuerte en arqueometría: extraer el máximo de información con el mínimo daño. En el caso del puñal de Tutankamón, por ejemplo, el uso de espectrometría portátil permitió analizar sin cortar ni raspar el objeto, algo especialmente valioso cuando se trabaja con piezas irrepetibles.