El neurólogo y neurocientífico Antonio Damasio.

El neurólogo y neurocientífico Antonio Damasio. Sara Fernández EL ESPAÑOL

Ciencia

Antonio Damasio (81 años), neurólogo, sobre la felicidad: "Las emociones no son un lujo, sino la forma inteligente de llegar al éxito"

Más que una virtud intelectual, la hiperracionalidad es un problema funcional que impide decidir cuando el cerebro intenta evaluarlo todo a la vez.

Más información: Antonio Damasio, neurólogo: "La felicidad es una conexión de 5 factores humanos, basta que falle uno para perderla"

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Las claves

Antonio Damasio sostiene que las emociones no son un lujo, sino esenciales para la toma de decisiones y el éxito.

La racionalidad pura es una ficción: separar razón y emoción dificulta la toma de decisiones y la vida cotidiana.

Las emociones facilitan respuestas rápidas y adaptadas, mientras que el análisis hiperracional puede bloquear la acción.

Damasio distingue entre emoción (observable) y sentimiento (privado), defendiendo la integración de ambos para una vida más eficaz.

Durante décadas se nos ha pedido decidir con la cabeza fría en un entorno saturado de presión, prisa y estímulos constantes. Sin embargo, la neurociencia lleva tiempo desmontando ese ideal. Antonio Damasio sostiene que pensar bien nunca se ha basado en separar razón y emoción, sino saber escuchar lo que el cuerpo ya sabe antes de que la mente formule argumentos.

Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, Damasio ha dedicado su carrera a demostrar que la racionalidad pura es una ficción cómoda. Sus trabajos, hoy más vigentes que nunca en una sociedad estresada como la española, muestran que, sin emociones, la toma de decisiones se deteriora hasta el punto de dejar al individuo paralizado ante opciones incluso elementales.

Durante siglos, la cultura occidental ha idealizado al estratega imperturbable, capaz de elegir sin que le tiemble el pulso. Para Damasio, esa figura no existe en términos biológicos. En sus investigaciones explica que las emociones no enturbian la lógica, la hacen operativa, rápida y adaptada a un entorno cambiante.

“Más que un lujo, las emociones son una forma muy inteligente de conducir a un organismo hacia determinados resultados”, afirma en una entrevista a The New York Times Magazine. El punto de inflexión llegó al estudiar pacientes con lesiones en la amígdala o en zonas prefrontales. Personas con inteligencia intacta que, al perder la capacidad de sentir, dejaron de poder organizar su vida cotidiana.

Pensar demasiado bloquea la decisión

El problema de la llamada hiperracionalidad es funcional, no solo moral. Analizar cada decisión como un cálculo exhaustivo de costes y beneficios resulta ineficiente. “Si intentas hacer un análisis de coste-beneficio, te puede llevar una eternidad decidir si hacer A o B”, explica Damasio desde una lógica estrictamente cerebral y no filosófica.

Pero la alternativa pasa por la memoria emocional, no por el impulso ciego. “Si has estado previamente en situaciones similares y has sido recompensado o castigado por las elecciones que hiciste, entonces la memoria emocional puede ayudarte con tu elección actual”. Ese atajo permite decidir con rapidez sin renunciar a la experiencia acumulada.

Ese mecanismo actúa de forma discreta. “Puede venir en forma de un presentimiento o, más sutilmente, en forma de un sesgo no consciente que te guía en una dirección determinada”. Cuando se elimina, advierte, el resultado es un razonamiento deficiente que bloquea la acción y la planificación.

Para entenderlo, Damasio distingue entre emoción y sentimiento, dos términos que suelen confundirse. La emoción es observable y pública. “Puedes mirar a una persona en pleno proceso de una emoción y observar cambios en el rostro, en la postura corporal, en la coloración de la piel”, explica desde una base fisiológica precisa.

El sentimiento, en cambio, es privado. “Involucra tu percepción de todos los cambios que están teniendo lugar en tu cuerpo durante una emoción”. Es la lectura interna de ese proceso corporal. No ocurre fuera del cuerpo, sino que supone una interpretación constante de lo que está sucediendo en él.

Al hablar de la tristeza, el neurólogo lo concreta con claridad. “Habrá cambios en la expresión facial y tu cuerpo estará cerrado, retraído. También hay cambios en tu corazón, en tus tripas: se ralentizan”. El sentimiento surge así como la conciencia de un cuerpo que se ajusta, de forma automática, a una situación adversa.

Esa regulación corporal tiene efectos directos sobre la actividad mental. “La producción de nuevas imágenes se ralentiza, tu atención puede concentrarse en solo unas pocas imágenes”. No es una metáfora: se trata de un cambio químico que condiciona la capacidad de resolver problemas y adaptarse a contextos nuevos.

En estados de alegría ocurre el proceso inverso. “Cuando experimentas alegría y euforia, te vuelves capaz de crear imágenes más rápidamente… Te sientes rápido, no estancado”. La felicidad deja así de ser una idea abstracta para convertirse en un facilitador biológico del pensamiento creativo y la flexibilidad cognitiva.

Damasio insiste en que su planteamiento no defiende el sentimentalismo sin freno. La memoria emocional puede fallar. “Si no has tenido las experiencias adecuadas, o si no las has clasificado de buena manera, tu memoria emocional podría estar llevándote en la dirección equivocada”, advierte con cautela.

Su propuesta es integradora. “No denigres el hecho de que las emociones pueden jugar un papel en cómo operas normalmente. Uno puede caer en la trampa de ser hiperracionalista”. Una advertencia especialmente pertinente en la era de la inteligencia artificial y la toma de decisiones automatizada.

Su conclusión es tan científica como humana. “No interpreten la razón como algo separado de la emoción, sino como parte de un continuo. Tanto la razón como la emoción son parte de nuestros mecanismos de vida”. Entenderlo, sostiene, no nos hace menos racionales; al contrario, nos hace profundamente más eficaces.