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MEDIO AMBIENTE

El Protocolo de Kioto: ¿logro o fracaso?

Se cumplen 20 años del tratado de Kioto, en el que por primera vez las naciones reconocían el riesgo asociado a las emisiones de gases de efecto invernadero y la necesidad de controlarlas. Mientras lo esperable seria poder celebrar este aniversario, en realidad hay bien poco que celebrar, pues no estamos un ápice más cerca de evitar los riesgos del cambio climático que lo estábamos en 1997. Más bien, estamos mucho más lejos.

De hecho, las emisiones de gases de efecto invernadero acumuladas han aumentado más de un 50%, de 22 a 36 miles de millones de toneladas de equivalentes de CO2, con lo que hemos ido dejando atrás escenarios posibles de cambio climático suave. Este aumento nos ha colocado a las puertas de una situación crítica en el que cambios climáticos irreversibles, como el deshielo del Árctico, son ya una realidad y en la que algunos ecosistemas vitales, como los arrecifes de coral se asoman a una situación casi crítica.

las emisiones de gases de efecto invernadero acumuladas han aumentado más de un 50%

 

Es incluso incierto que seamos capaces de detener el cambio climático en el umbral de 2 oC de calentamiento, el objetivo del Acuerdo de Paris, que nos separa de un cambio climático de impactos disparados.

Sólo nueve países incumplieron el compromiso

El compromiso de los países firmantes era “reducir el total de sus emisiones de esos gases a un nivel inferior en no menos de 5% al de 1990 en el período de compromiso comprendido entre el año 2008 y el 2012”. Entonces, ¿es que incumplieron estas naciones sus compromisos en el marco del protocolo de Kioto?

La realidad es que no lo incumplieron. De los 36 países que adoptaron este compromiso, solo 9 – incluida España - incumplieron su compromiso, pero los demás lo cumplieron de forma sobrada, de forma que las emisiones en estos países se redujeron más de lo esperable. De hecho, estos países redujeron sus emisiones en un 24%. A esto contribuyó el colapso de la Unión Soviética, con la crisis económica de los países de su esfera y, más recientemente, la crisis económica global, que también contribuyo a ralentizar el ritmo de crecimiento de las emisiones.

Pero los países firmantes no incluían ni a EEUU ni Canadá, países que aumentaron notablemente sus emisiones y que, de haberse incluido en el protocolo, habrían resultado en su incumplimiento en términos globales.

Kioto fue un mal acuerdo

El problema estriba en que el Protocolo de Kioto fue un mal acuerdo, con objetivos insuficientes. Amanda Rosen, en un artículo publicado hace dos años en la revista “Politics and Policy” calificó el Acuerdo de Kioto como el acuerdo equivocado en el momento oportuno.

El momento era el oportuno porque entonces, 20 años atrás, la ciencia del cambio climático había establecido suficientemente los tres pilares que debieran haber bastado para que las naciones respondiesen: (1) la temperatura promedio de la superficie terrestre estaba aumentado de manera clara que no podía explicarse invocando solamente fenómenos naturales; (2) la emisión de gases de efecto invernadero por la actividad humana era claramente responsable de esta tendencia al calentamiento climático; y (3) los modelos permitían predecir los cambios en el clima y el nivel del mar asociados a emisiones futuras.

No se ha solucionado nada, a pesar de que técnicamente se cumplió el protocolo

 

El momento era el oportuno porque actuar sobre las emisiones de una forma más decidida en ese momento hubiera requerido un esfuerzo muy inferior al que ahora se necesita.

La solución era claramente equivocada porque, como se ha constatado, no se ha solucionado nada, a pesar de que técnicamente se cumplió el protocolo, a la vez que se ha perdido un tiempo precioso colocándonos al borde del abismo en una situación en la que ya no podemos fallar de nuevo.

El límite de dos grados

¿Fracasará el Acuerdo de Paris en alcanzar sus objetivos de prevenir un aumento de la temperatura por encima del límite de 2 grados? De nuevo, nos encontramos frente a un acuerdo que fija objetivos difusos a través de acciones declaradas por las propias naciones y que fía a la buena fe las naciones firmantes el logro de este objetivo.

Quizás lo que falla sean las instituciones que nos dimos en el siglo XX para resolver los desafíos de la gobernanza global.

¿Son realmente los estados, los representados en el Acuerdo de Paris y en las Naciones Unidas, los agentes que pueden propiciar la reacción necesaria? La respuesta es, a mi parecer, probablemente no. La no ratificación por EEUU del protocolo de Kioto no llevó a emisiones desbocadas en ese país, porque otras entidades como ciudades y estados, notablemente California, adoptaron medidas para contener las emisiones.

Igualmente, medidas adoptadas por grandes corporaciones y fabricantes de vehículos de transporte podrían catalizar el cambio, ahora drástico, necesario para evitar superar el límite de 2 grados. Las fronteras de los países son absurdas cuando el mal que causa el cambio climático, los gases de efecto invernadero, se propagan por la atmosfera, que no conoce de fronteras.

Es el momento de unir nuestra fuerza, en las capacidades que tenemos en cada uno de los papeles que adoptamos en la sociedad para responder a este desafío

 

Necesitamos, además, la concurrencia de todos, países desarrollados, países en desarrollo, corporaciones, ciudadanos, educadores, investigadores, porque es el momento de unir nuestra fuerza, en las capacidades que tenemos en cada uno de los papeles que adoptamos en la sociedad para responder a este desafío.

No nos dejemos distraer, ni fiemos en los estados, naciones o nacionalismos, que se fundamentan en construir muros y fronteras, la respuesta a un problema que necesita precisamente que las derribemos para proteger un bien común, la biosfera, que no entiende de fronteras.*** Carlos M. Duarte es director del Red Sea Research Center  y miembro del jurado de los Premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Cambio Climático.

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