El presidente de Vox, Santiago Abascal, y el entonces vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Juan García-Gallardo, durante la celebración de los resultados electorales de las elecciones generales del 23 de julio de 2023, en Madrid

El presidente de Vox, Santiago Abascal, y el entonces vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Juan García-Gallardo, durante la celebración de los resultados electorales de las elecciones generales del 23 de julio de 2023, en Madrid Juan Lázaro ICAL

Región

Castilla y León cambia de nuevo el destino de Vox: de laboratorio de poder al frenazo, la 'vendetta' y la encrucijada interna

La Comunidad lo cambió todo hace cuatro años al introducir por primera vez a los de Abascal en el Gobierno y lo ha vuelto a cambiar en 2026 al obligarlos a negociar con pragmatismo y a enfrentarse a su crisis existencial.

Más información: Vox abre expediente a Gallardo y "seguramente" se le expulsará del partido "por calumnias y por decir animaladas"

Publicada

Noticias relacionadas

El 13 de febrero de 2022, Castilla y León cambió el tablero de la derecha española. Vox pasó de ser una formación en crecimiento a socio imprescindible del PP en un Gobierno autonómico por primera vez en la historia.

Cuatro años después, el pasado 15 de marzo, la Comunidad volvió a marcar un antes y un después para el partido tras un crecimiento modesto, lejos de las expectativas, que tocó techo electoral y ha acelerado los pactos estancados en Extremadura y Aragón.

Una situación que ha forzado al líder de Vox, Santiago Abascal a aflojar su bloqueo y pedir la entrada en los gobiernos y ha destapado una crisis interna brutal con críticas demoledoras de pesos pesados como Juan García-Gallardo, Iván Espinosa de los Monteros y Javier Ortega Smith.

De pionero del poder autonómico a partido que debe elegir entre pragmatismo forzado y fractura interna. Castilla y León no solo abrió la puerta a Vox en 2022, ahora la ha entreabierto de nuevo, pero esta vez en una situación de mayor debilidad e incertidumbre para la formación.

El salto que lo cambió todo

Cuando el presidente de la Junta, el popular Alfonso Fernández Mañueco, adelantó las elecciones autonómicas en diciembre de 2021, tras la ruptura de su acuerdo con Ciudadanos, pocos imaginaban el terremoto político que se avecinaba.

El PP ganó con 31 procuradores, pero Vox, encabezado por un desconocido Juan García-Gallardo, explotó: de tan solo un escaño a 13, más de 212.000 votos y casi el 18% del sufragio. De la noche a la mañana, Santiago Abascal tenía la llave de la Junta.

El pacto llegó el 10 de marzo, tras la constitución de las Cortes: Gallardo fue nombrado vicepresidente y Vox obtuvo tres consejerías y la Presidencia de la Cámara. Se estrenaba así el primer Gobierno con los de Abascal dentro, un auténtico laboratorio de experimentación.

Vox estrenó en la Comunidad sus principales caballos de batalla políticos: la reducción de las subvenciones a sindicatos y patronal, la lucha contra la inmigración masiva, la defensa de la vida y la lucha contra las políticas de género y la memoria histórica.

Con todo, la resistencia del PP a grandes cambios y el papel preponderante de los populares, socio mayoritario del Gobierno, hizo que la impronta de las medidas de Vox en Castilla y León fuese limitada y que el partido de Abascal se viese cada vez más opacado por los populares.

El modelo de Castilla y León se replicó solo un año después, tras las elecciones autonómicas de mayo de 2023, en la Comunidad Valenciana, Aragón, Murcia y Extremadura y sirvió de referencia para las negociaciones en otras comunidades.

Vox dejó de ser oposición y se convirtió en socio imprescindible para gobernar hasta que, en julio de 2024, tras la aceptación del reparto de menores inmigrantes no acompañados del Gobierno por parte de los ejecutivos del PP, Vox abandonó los gobiernos por orden de Abascal.

Una nueva realidad

Después de más de un año y medio como combativa oposición en las Cortes de Castilla y León, y en un contexto de auge nacional, las encuestas prometían a Vox romper barreras en las elecciones del pasado 15 de marzo.

El partido de Abascal soñaba con superar el 20% de los apoyos, rozar los 20 procuradores y consolidar su ola ascendente tras los buenos resultados en Extremadura y Aragón. Pero la realidad en la Comunidad fue más cruda.

Vox obtuvo 14 escaños, solo uno más y se quedó por debajo del 19% de los votos. El PP subió a 33 procuradores y el PSOE a 30. Vox creció, sí, y logró su mejor porcentaje de votos en una autonomía, pero la mala gestión de las expectativas ha supuesto un duro golpe para el partido.

Abascal habló de "resultado histórico" y de "techo roto otra vez" y su candidato, Carlos Pollán, celebró la "ola del sentido común" pero los números y, sobre todo, las sensaciones, contaban otra historia.

Vox se quedó por debajo del ansiado 20% y el PP contuvo el crecimiento de su socio reforzando, a su vez, la suma de derechas.

El 'abrazo del oso' de Mañueco

Mañueco fue un auténtico pionero, el primer barón del PP que se vio forzado a abrirle la puerta del gobierno a Vox en 2022. Pero lo que empezó como una necesidad se transformó en una jugada maestra.

Tras convivir y gobernar codo con codo con ellos, Mañueco aplicó con precisión quirúrgica el famoso 'abrazo del oso': un apretón estratégico que ha asfixiado el crecimiento de Vox en Castilla y León.

Ese contenedor de expectativas ha marcado un punto de inflexión clarísimo en la relación entre PP y Vox a nivel nacional y ha demostrado que se puede domesticar al socio incómodo desde el Gobierno, absorber voto útil de derechas y limitar su expansión sin ceder el protagonismo.

Mañueco no solo sobrevivió al pacto con Vox… lo convirtió en una ventaja competitiva. Ese frenazo de los de Abascal, además, no se quedó en Castilla y León y tuvo un efecto dominó inmediato en las negociaciones que llevaban semanas bloqueadas.

El giro pragmático

En Extremadura y Aragón, antes de las elecciones del pasado 15 de marzo, las negociaciones entre el PP y un Vox reforzado se encontraban en punto muerto pero tras los comicios en Castilla y León todo cambió.

Al día siguiente, Abascal fue tajante: "Vamos a gobernar en las tres regiones". E insistió en que primero buscaría un acuerdo programático "medida a medida", con garantías, plazos y cumplimiento. Nada de sillones hasta blindar el programa.

El tono era más realista y menos de ultimátum tras el aviso de Castilla y León. Vox ha rebajado sus exigencias y se prevé que ponga menos énfasis en temas simbólicos duros y más en medidas concretas con un calendario fijo.

Es el cambio más importante tras el batacazo de Castilla y León: de amenazar con bloqueos a negociar para entrar en los gobiernos. El precio: aceptar que el PP marque el ritmo y priorizar la entrada en ejecutivos sobre la pureza ideológica.

La bomba interna

El resultado electoral de Castilla y León del pasado 15 de marzo prendió, además, la mecha de una crisis que llevaba meses gestándose.

El exvicepresidente de la Junta Juan García-Gallardo, cada vez más crítico con el partido, especialmente por su gestión interna, su apoyo incondicional a Israel, su posición proclive a la inmigración latinoamericana y su supuesto alejamiento de los jóvenes, rompió el silencio.

"A este paso, Vox quedará como el plan de pensiones de Abascal", aseguró Gallardo en una dura entrevista en El Mundo.

El exvicepresidente acusó a la cúpula de estar "bunkerizada", a Abascal de estar "secuestrado por su camarilla de asesores" y vinculó su pérdida de confianza en el presidente a un supuesto tercer sueldo de Abascal canalizado a través de su mujer por medio de un proveedor del partido.

Días después, un manifiesto impulsado por el también disidente, aunque del sector más liberal, Iván Espinosa de los Monteros y apoyado por el recientemente purgado Javier Ortega Smith, la exdirigente Rocío Monasterio y otros pesos pesados exigía un congreso extraordinario.

La dirección de Vox respondió con ironía y dureza. "Que consigan un 20% de firmas y montamos cinco congresos", aseguró el portavoz del partido, José Antonio Fúster, mientras cargos de la formación, desde Carlos Pollán a David Hierro, cargaban contra Gallardo en redes.

Además, este viernes, el secretario general del partido, Ignacio Garriga, anunciaba la apertura de un expediente al exvicepresidente de la Junta y anticipaba que "seguramente" será expulsado del partido "por calumnias y por decir auténticas animaladas".

Pero el daño está hecho: la guerra interna es pública, coincide con el momento de máxima necesidad de unidad y cuestiona el rumbo justo cuando Vox debe cerrar gobiernos.

El dilema de Vox

Cuatro años después del hito de 2022, Vox se mira al espejo. Entrar en gobiernos fue la gran victoria. Ahora, el frenazo obliga a elegir entre bloquear y arriesgar repeticiones, y perder fuelle ante un PP en ascenso, o ceder, entrar en los ejecutivos y demostrar capacidad de gestión.

Abascal ha optado por la segunda vía, pero a costa de rebajar el listón y correr el riesgo de quedar desdibujado en una alianza con un partido más grande, como le sucedió a Ciudadanos también con el PP o a Sumar con el PSOE en el Gobierno de España.

Castilla y León ha revelado tres realidades incómodas: Vox ya no crece sin límite, tiene un techo en las elecciones autonómicas; el PP ha aprendido a contenerlo sin romper la derecha y la salida de carismas fundacionales está debilitando al partido en el peor momento.

El reloj corre y Vox tiene pocas semanas para cerrar los pactos en Extremadura y Aragón y facilitar la investidura de un Mañueco que este mismo viernes anticipaba que exigirá a los de Abascal un acuerdo de Gobierno "sobre la base del proyecto del PP".

Un pacto que deberá ser "estable y para cuatro años" y "sin bloqueos ni espantadas", exigencias que el presidente de la Junta en funciones presentará, en una renovada posición de fuerza, a Carlos Pollán durante las negociaciones de la próxima semana en las Cortes.

Castilla y León lo cambió todo en 2022 al introducir a Vox en el poder y lo ha vuelto a cambiar en 2026 al obligarlo a madurar a la fuerza, a negociar con pragmatismo y a enfrentarse a su propia crisis existencial.

El laboratorio castellano y leonés sigue decidiendo el futuro de la derecha española. Y Vox, otra vez, es el gran protagonista… aunque esta vez con más dudas que certezas.