Imagen de la calle Petunias en el barrio Garrido Norte de Salamanca, horas después del crimen.
Jovita y Juan, una pareja en continuo conflicto que acabó con él muerto a cuchilladas: "Ayer estaban de fiesta en el Garabato"
El violento desenlace en el número 6 de la calle Petunias destapa el historial de disputas de una relación que estuvo tímidamente bajo el seguimiento del sistema VioGen mientras los vecinos recuerdan el carácter extrovertido y risueño de la detenida que era camarera del Bar El Bardal.
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Las noches en un portal de la zona norte del barrio Garrido de Salamanca se habían convertido, desde hacía años, en un "constante griterío" de pareja que sufrían los vecinos de la calle Petunias. De puertas para adentro, en el número 6 de una vía que vio pasar el tiempo entre reproches, los gritos de madrugada se incrustaban en las paredes del bloque.
Los protagonistas de esta tragedia: Jovita, de 44 años y su pareja, Juan, de 51. Quienes compartían tabique con ellos sabían perfectamente que alguna desgracia podría ocurrir. Y ocurrió: esta misma mañana el forense levantaba el cadáver de él y la Policía la detenía a ella. El hombre murió acuchillado presuntamente a manos de su pareja sentimental.
Una vecina del mismo edificio lo recuerda sin ambages: "Era una pareja que discutía mucho y se les escuchaba con demasiada frecuencia durante la noche". Según fuentes de la investigación, se trataba de una pareja con problemas de adicción al alcohol.
Aquel bucle de reproches, golpes y reconciliaciones era tan habitual que el teléfono de la Policía Nacional llegó a sonar en varias ocasiones activado por la ahora detenida tras alguna de sus batallas nocturnas.
Hubo un tiempo, de hecho, en el que el nombre de ambos estuvo monitorizado dentro del sistema VioGen. Pero el sistema se desactivó y el conflicto, por lo que sabemos por los hechos, persistió.
Imagen del portal y edificio donde ocurrieron los hechos.
Fuera del portal, sin embargo, la realidad se distorsionaba y el barrio de Garrido ofrecía una estampa completamente distinta, casi desconcertante. La presunta asesina poseía esa extraña cualidad de las personas que no pasan desapercibidas en el día a día de una pequeña comunidad como es la del barrio Garrido.
Quienes cruzaban la mirada con ella la describen con una precisión casi fotográfica: "Una chica muy delgada y rubia, con una fisonomía particular que remataba peinándose habitualmente con una coleta".
Le sobraba el magnetismo social. La supuesta autora de los hechos era camarera en el Bar El Bardal y dominaba el arte de la barra y el trato corto.
"Es una chica que habla mucho, muy dicharachera y simpática", evoca con cierta estupefacción la propietaria de otro conocido negocio de hostelería cercano.
Tenía esa cercanía ruidosa de quien busca integrarse a golpe de conversación y gestos generosos; un cuponero de la ONCE que trabaja en las aceras del barrio atestigua esa personalidad desprendida al recordar que a él ella le invitó a una caña en varias ocasiones.
Era un rostro familiar, una vecina más que cada tarde recorría con paso ligero la zona de Los Cipreses, las inmediaciones del Multiusos Sánchez Paraíso y el Parque Wüzburg, "siempre con la correa de su perrito blanco en la mano".
En ese paisaje cotidiano también habitaba la víctima, un hombre reconocible, según aseguraron algunos de sus vecinos a este medio, por una perilla perfilada y un pendiente. Al igual que su pareja y presunta autora de los hechos, el hombre fallecido se dedicaba a la hostelería, siendo este también camarero en el conocido Bar Bonanza del barrio del Oeste.
Este hombre de mediana edad no era un extraño en el discurrir de Garrido; estaba integrado en el barrio, aunque ninguno de los dos miembros de la pareja fuesen castizos de allí.
La fatalidad ha querido que su muerte llegue apenas unos días después de haber compartido el dolor con sus allegados en un escenario de luto.
Una vecina de la zona recuerda con un nudo en la garganta que la víctima "había estado en el funeral de un vecino y amigo en común hace muy poquito tiempo, despidiendo a un pedazo del barrio sin saber que el siguiente coche fúnebre sería el suyo.
La fina línea que separaba la simpatía callejera de la violencia intramuros terminó por quebrarse de forma definitiva.
Imagen del portal y edificio donde ocurrieron los hechos en la calle Petunias del barrio Garrido en Salamanca.
Quienes conocen los códigos del ocio de Garrido saben que los bares son el termómetro de las relaciones y ayer mismo la pareja apuraba sus últimas horas de normalidad estando de fiesta en el Bar Garabato.
Horas después de aquellas risas de bar, en la soledad del número 6 de la calle Petunias, los demonios de la pareja volvieron a salir.
Los gritos habituales que los vecinos ya escuchaban con resignación subieron de tono hasta que un cuchillo silenció la discusión con una puñalada en el pecho.
Al amanecer, el trasiego de los coches patrulla de la Policía Nacional y la llegada de la lona de los servicios de emergencia del 112 confirmaban los peores presagios del bloque.
Jovita pasará esta tarde a disposición judicial, después de haber sido llevada al médico en estado de 'shock' y con repentinos ataques de ansiedad, tal y como han confirmado fuentes cercanas, ella niega la autoría de los hechos, atribuyendo las cuchilladas a un posible y desafortunado accidente tras una reyerta doméstica.
Según ha podido saber este medio, la presunta autora intentó suicidarse tras conocer la certificación de la muerte de su pareja sentimental, ahora, la policía judicial es la que asume la investigación.
Así, Jovita dejaba de pasear al perro por los parques del barrio para salir esposada, dejando atrás el cadáver apuñalado del hombre con perilla y pendiente, con el que compartía una vida común de un continuo conflicto.