Opinión

La culpa es nuestra

Los seguidores de Bolsonaro celebran su victoria.

Los seguidores de Bolsonaro celebran su victoria. EFE

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En el libro The Beatles Anthology, George Harrison afirma que es posible estar parados frente a una verdad y no verla necesariamente; que solo llegamos a descubrirla cuando estamos realmente preparados. Esta misma mística puede aplicarse en el triunfo de la ultraderecha. La victoria de Jair Bolsonaro en Brasil esconde un monstruo que Europa ya conoce de otros tiempos, pero la experiencia del pasado parece que no servirá para frenar la ola radical que amenaza el futuro inmediato de la Unión. ¿Está realmente preparada Europa para detener el extremismo?

Podríamos pensar, por ejemplo, que el señalamiento que Trump realiza a diario a la prensa, al inmigrante o a sus rivales políticos no tiene conexión con la masacre cometida por un filonazi en una sinagoga de Pittsburgh al grito de “muerte a los judíos”, o con las 14 cartas-bomba que otro fanático pro Trump envió a simpatizantes y miembros del partido demócrata, entre ellos Obama y la CNN. O también que la aparición de los nuevos hombres-fuertes en Europa, como Salvini u Orbán, no tienen nada que ver con una crisis migratoria no resuelta o los silencios a tantas cuestiones importantes que las democracias occidentales no han sabido responder. 

Es cómodo pensar que eso no sucederá en España. Nos permite relajarnos y menospreciar al monstruo, ganar tiempo antes de que llegue la catástrofe. Dicen los expertos que Bolsonaro venció porque supo canalizar la rabia de la gente y dar respuesta masiva a través de las redes sociales, pero hay un factor sin el cual esta victoria no se habría producido: el tiempo. Las ideologías extremas nunca se fueron; si acaso, quedaron latentes esperando el momento para resurgir de nuevo.

¿Qué ha pasado entonces para que Bolsonaro, un político irrelevante durante 30 años con un discurso racista, machista y ultra, gane las elecciones en uno de los países más participativos democráticamente? Lo que ha pasado es el tiempo de los modelos sociales que ponían el parche, pero no curaban la herida.

Por eso, cuando nos preguntamos cómo es posible, hay que regresar a una cuestión básica: la dignidad social. Llegó la crisis y se pidieron esfuerzos, se aprobaron recortes, se redujeron derechos, y no hubo contrapesos. Se destaparon innumerables redes clientelares y escándalos de corrupción, se violentaron los mecanismos de control para garantizar la impunidad, los vimos protegerse a sí mismos y mentir en la cara a los ciudadanos. Se aprovecharon de sus posiciones de privilegio y de la laxitud de unos poderes públicos burdamente manipulados.

Y cuando pensamos que la crisis había acabado, no devolvieron lo perdido, ni empoderaron al ciudadano, ni fueron capaces de dar respuesta a los grandes retos sociales. Y no aprendieron que la corrupción no se amortiza, que la retórica se vacía si no se acompaña de verdades, que debajo del votante existe una persona, y que esa persona quiere soluciones para vivir mejor. 

Pero, y nosotros, ¿fuimos realmente mejores? Hemos vivido cómodos sin exigir nada a nuestros políticos en un sistema que tampoco nos exigió nada como ciudadanos, como si bastara saber que existía una red que nos salvará de la caída porque el sistema es capaz de autocorregirse. Pero esa autocomplacencia nos anestesió. Nos impidió ver lo que se avecinaba. Hemos defendido el discurso de la superioridad moral permitiendo toda clase de injusticias bajo el «mientras a mí no me afecte» y el «se lo tienen merecido». Hemos caído en la necesidad artificial de pertenecer a un bando, de contribuir a una guerra de etiquetas, de cambiar el diálogo por el meme.

Hemos normalizado la corrupción solo de cierta clase política, atacando con saña cuando eran otros los que se enfangaban en escándalos. Hemos criticado el discurso populista, pero no hemos dudado en castigar a nuestro rival con la mentira y la demagogia. Hemos abusado de la protesta, la mayoría de las veces en Facebook, pero nos hemos tapado los ojos y los oídos pensando que así, sin diálogo ni vista, el nacionalismo más beligerante y la la derecha radical desaparecerían.

Por eso cuando triunfan Trump, Bolsonaro, Salvini u Orban, lo que más se echa en falta es la autocrítica. Reducir, como apunta Xavi Peytibi, el triunfo de los antidemócratas en el axioma de “el votante es estúpido”, es condenarnos a repetir la historia, pero eximirnos de toda responsabilidad es igual de insensato. Los defectos de los líderes radicales son los fracasos de las democracias ya consolidadas, pero hasta que la clase política no sea capaz de asumir su cuota de culpa y los ciudadanos no aprendamos que nuestro papel es algo más que votar cada cuatro años, seguiremos dando vueltas alrededor del sumidero.

Quizá ya no estemos a tiempo, pero necesitamos una revisión profunda para que nuestros errores no sean el origen de nuevos fracasos. Hasta que no entendamos que la política no gira sobre «quiénes somos» y que es más importante ser educados que castigados, seguiremos parados ante una verdad sin verla. Y la culpa será nuestra.