Vista general de la plaza de Cibeles y la manifestación con motivo del Día de Ceuta en Madrid.

Vista general de la plaza de Cibeles y la manifestación con motivo del Día de Ceuta en Madrid. EFE

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España ha hablado: Sánchez debe dimitir y ser juzgado por traición

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Las imágenes de ayer dejan poco lugar a dudas: España habló alto y claro. Decenas de miles de ciudadanos salieron a la calle en Ceuta y en toda la geografía nacional para mostrar su apoyo a la ciudad autónoma y exigir una respuesta firme ante la crisis migratoria que vive desde finales de julio. Solo en Madrid, la Delegación del Gobierno cifró la asistencia en torno a 50.000 personas, mientras que otras ciudades como Valencia o Elche también registraron movilizaciones multitudinarias.

La movilización no fue aislada. Todos los rincones de España se sumaron a las concentraciones, en una jornada que convirtió el Día de Ceuta en una demostración de unidad nacional sin precedentes recientes. En la propia ciudad autónoma, miles de ceutíes tomaron las calles para reclamar soluciones ante una situación límite provocada por la entrada de decenas de miles de migrantes en apenas días.

El mensaje fue nítido: solidaridad con Ceuta, defensa de la soberanía nacional y exigencia de responsabilidades políticas. Familias enteras, jóvenes y mayores, salieron de manera pacífica a reivindicar algo tan básico como la seguridad, el orden y la unidad de España. No se trató únicamente de una protesta, sino de una reacción cívica ante una crisis que muchos consideran mal gestionada y prolongada en el tiempo.

Frente a esta movilización masiva, el contraste con la respuesta de la izquierda fue evidente.

Las contramanifestaciones convocadas en defensa de la inmigración irregular no lograron una movilización comparable, quedando muy lejos en participación y repercusión. Mientras cientos de miles de ciudadanos se identificaban con el lema de apoyo a Ceuta, las protestas alternativas se diluían en actos minoritarios sin capacidad de marcar el pulso social.

Este contraste refleja algo más profundo que una simple diferencia de cifras: evidencia la desconexión entre una parte significativa de la ciudadanía y el discurso político que minimiza o justifica la gravedad de la situación en Ceuta. La calle, ayer, pareció inclinarse claramente hacia quienes reclaman control, orden y una política migratoria firme.

Además, las protestas no solo se centraron en la situación actual, sino también en lo que representa. Para muchos manifestantes, lo ocurrido en Ceuta no es un episodio aislado, sino un síntoma de una política que consideran débil frente a desafíos externos. De ahí que las concentraciones derivaran también en críticas directas al Gobierno central y en demandas de un cambio de rumbo.

En definitiva, la jornada de ayer marcó un punto de inflexión. España demostró que, cuando percibe que su integridad territorial y su seguridad están en juego, responde de manera contundente y unitaria. Frente a ello, las movilizaciones de signo contrario no lograron articular una respuesta social de la misma magnitud.

La calle ha hablado. Y lo ha hecho con una claridad que difícilmente puede ser ignorada.

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