La cantante Bonnie Tyler, durante un concierto en el Hipódromo de la Zarzuela, a 30 de julio de 2021, en Madrid (España).
Eran mis primeros guateques, antes incluso de saber lo que era un guateque. Eran mis primeros bailes con Pili, antes de saber bailar, cosa que, por cierto, nunca he terminado de conseguir.
En el tocadiscos sonaba la voz de una mujer rota: rasgada, desesperada, como si pidiera ayuda de forma subliminal. Bonnie Tyler encarnaba ya, tan pronto, el tipo de mujer con el que acabaría tropezando en la vida: fuerte y frágil al mismo tiempo, distinta, con una personalidad que imponía y una vulnerabilidad que acercaba.
Aquella voz entraba en mi inconsciente como un eclipse del corazón, aunque yo entonces apenas supiera lo que era un eclipse, más allá de lo leído en Un yanqui en la corte del rey Arturo.
Era mi primerísima infancia. Todo eran tebeos, amigos y juegos. Bailaba con Pili como se bailaba el pop en la España de los setenta: a golpes, con más entusiasmo que ritmo, jersey de cuello alto y melenilla de Beatle. La voz de Bonnie, sin embargo, ya pertenecía a otro mundo. Sonaba a pub cuando yo ni siquiera intuía lo que era un pub. Bastaba escucharla para viajar.
Con los años comprendí que Bonnie Tyler no era sólo una cantante. Era una atmósfera. Un diseño completo de lo que podía llegar a ser una vida antes incluso de empezar a vivirla.
Y todo eso sucedía en el salón de casa, bailando con Pili.
Era apenas un esbozo de una vida.
Gracias, Bonnie.
DEP.