Pedro Sánchez, en el Vaticano.
España padece unos tiempos tenebrosos —los más oscuros— que han puesto en duda, por primera vez en nuestra historia democrática, la funcionalidad y credibilidad de las instituciones.
Con el gobierno de Mariano Rajoy esta desconfianza ya se podía apreciar en la sociedad española. Sánchez prometió restaurarla; empero, ha hecho todo lo contrario: controlar las instituciones y, cuando no ha podido, ha activado sus cloacas para controlarlas por la fuerza del chantaje y la amenaza, al más puro estilo chavista.
El siguiente gobierno —si es que es posible una alternativa pacífica y, por ende, democrática del poder— lo va a tener muy difícil para cambiar la espiral de corrupción administrativa e institucional sanchista. Será el momento más determinante desde la Transición española.
Friedrich A. Hayek decía que "el Estado de derecho implica un límite al alcance de la legislación". Y es cierto, pues más leyes no garantizan el orden social. Basta con que la ley sea "formal"; es decir, que no vaya dirigida a favorecer a un determinado grupo social, sino que nos englobe a todos, en especial al poder, para limitar su capacidad coercitiva.
La restauración de la normalidad va a exigir el refuerzo de nuestro Estado de derecho: con menos leyes, pero claras, precisas y rápidas en su aplicación. De esta manera podrá volver a haber ley y orden. Esto exigirá la colaboración del Rey, que, dentro de su mandato legal, deberá refrendar la legislación aprobada por el nuevo Parlamento.
Sin duda alguna, el primer paso para recuperar España de sus enemigos nacionales e internacionales es la convocatoria inminente e imperiosa de elecciones generales: la sociedad anhela un cambio en la representación de todas las instituciones.
El economista austriaco sabía de lo que hablaba —él mismo lo vivió en la Austria que estaba bajo el dominio de los nazis— porque ahora los españoles lo estamos viviendo en primera persona con Pedro Sánchez, cuya naturaleza es el delito como única forma de lograr su impunidad. Si hay elecciones, el futuro de Sánchez no será la Presidencia del Gobierno, sino el banquillo, ya sea como acusado o como testigo.
Pedro, dimite ya.