Noelia Castillo
Una chica ha decidido quitarse la vida porque no puede más. El sufrimiento —interno y externo— la ha llevado a ver imposible seguir viviendo, y ante eso ha optado por la eutanasia, que será realizada esta semana.
Ante algo así, el debate se organiza rápido. Unos parten de Dios y lo califican como crimen; otros parten de la libertad individual y lo defienden como un derecho. Simplifico, pero el esquema es ese.
Y, sin embargo, tengo la sensación de que ninguno de los dos discursos alcanza a tocar el núcleo de lo que está pasando. Creer en Dios no es algo que se pueda exigir. Es un don, y no todos lo reciben del mismo modo. Invocarlo desde fuera difícilmente puede entrar en el corazón de alguien que está en ese límite, salvo que ocurra algo que no depende de nosotros.
Por otro lado, apelar a la libertad individual tampoco parece suficiente. Porque cuando el dolor desborda, la libertad deja de ser una herramienta clara. No estamos ante una decisión fría, sino ante un límite humano.
Hace tiempo caí en la cuenta —de verdad, no como idea— de que me voy a morir. Y eso, que parece una obviedad, lo cambia todo. Porque introduce una evidencia que no depende de creencias: la vida está atravesada por un final que no podemos evitar.
Desde ahí, muchas de las cosas que perseguimos —felicidad, autorrealización, control— empiezan a mostrar su fragilidad. No desaparecen, pero dejan de sostenerlo todo. Quizá el punto no esté en resolver el dolor —porque a veces no se puede— sino en atravesarlo con algún tipo de sentido. Ese sentido puede ser buscado, construido torpemente, o puede ser recibido si uno cree. Pero en cualquier caso, no es automático ni evidente.
Hay dolores que desbordan. Y precisamente ahí se juega algo decisivo. No en el discurso que los rodea, sino en el misterio de lo que ocurre dentro de la persona.
Yo no tengo una respuesta para esa chica. Sería arrogante decirlo. Pero sí tengo una certeza: la muerte no es solo el final, también es una clave que, si se mira de frente, cambia la forma de estar en la vida.
Rezaré por ella, porque no sé vivir de otra manera. Pero incluso dejando eso a un lado, lo único que me nace es respeto ante un límite que no controlo y que me interpela. Porque, al final, todos caminamos hacia el mismo lugar. Y quizá la cuestión no sea tanto evitar ese destino, sino cómo lo habitamos mientras llega.