El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez interviene en la inauguración de la primera Cumbre Internacional contra el Odio.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez interviene en la inauguración de la primera Cumbre Internacional contra el Odio. Chema Moya Efe

HODIO

Publicada
Actualizada

Hace tiempo que en Europa no hay grandes guerras, y eso nos ha adormecido de tal forma que, entre la dejadez de la buena vida y un nihilismo sordo, la gente se molesta más porque no le dejen hacer lo que uno quiera que por la parte moral de sus acciones como individuos de la sociedad.

A alguien ("demasiados") se le ha olvidado la definición del ser humano como individuo de "la rama evolutiva de los monos más evolucionados" o, simplemente, si se les recuerda, lo negarían tan vehementemente que el propio Darwin vería peligrar su propia identidad física ("Nada nuevo, ¿verdad?").

Aparte de ser monos físicamente más guapos que nuestros congéneres (lo que habría que preguntárselo también a ellos, para ser justos, pero eso aumentaría el gasto en psicólogos, que ya tienen bastante con cargar con los therian, otherkin, furries y demás especies invasoras alternativas), Darwin nos recuerda que la moral no es un adorno intelectual ni una cuestión de capricho: es una necesidad biológica, un mecanismo que permite a los grupos humanos sobrevivir y adaptarse. La cooperación, la empatía y el respeto a ciertas reglas no son opciones: son pegamento evolutivo.

Frente a esto, los fundamentalismos (de cualquier tipo, incluyendo a los nihilistas sociales con los que abro el artículo, claro) actúan como fuerza contraria: imponen obediencia ciega, dogma rígido y violencia, ignorando la lógica de la vida social y debilitando la cohesión natural que sostiene a la especie.

En pocas palabras, un lado construye fuerza colectiva real; el otro destruye la base misma de la supervivencia.

Cuando, desde estructuras globales como la ONU a simples ONG tipificadas como de "ayuda a los desfavorecidos", olvidan la posición moral y terminan fabricando entre todos un wokismo basado en ocultar problemas bajo la alfombra para que nadie se sienta "ofendidito", y —últimamente, de forma ostensible y autodefensiva— atacando al que ya ve demasiada "mierda" bajo ella (y no precisamente la asociada al éxito de una obra teatral...), se les rompe el chiringuito montado y hacen lo único que cualquier ente consciente quiere: sobrevivir (léase: más marketing, más dinero…).

Actualmente, Oxfam Intermón, en un anuncio en Facebook, difunde un "panfleto autodefensivo" de ese calibre, asimilando a los críticos con el wokismo —imperante según dónde— con los "buleros", o sea, "cuñaos" que no saben realmente lo que critican y a los que hay que reconducir a las "buenas maneras"; eso sí, marcándolos previamente como los nazis hicieron con los judíos, con su estrella antes del pogromo definitivo. Aunque hoy es mediático solo, o casi siempre, gracias a Dios, sigue siendo una técnica "muy profundamente fascista", muy usada por quienes dicen odiar al fascismo.

El Gobierno español también está por esas: ante la proliferación sin éxito de tanta "fábrica antibulo", ha sacado una app llamada "HODIO". Por lo visto, no se sabe bien que en español, si la "H" inicial se aspira un poco, "eso" suena a "JODÍO", en un claro ejemplo de que ya no saben qué hacer para que la ciudadanía se trague tanto cuento como meten.

Pues sí. Los antibuleros son los primeros fabricantes de bulos, y los bulos rotos es justo lo que quieren evitar. Aquí, muchos necesitan un espejito mágico, como la madrastra de Blancanieves… para mirarse y convencerse de que todo lo que hacen es perfecto, mientras la realidad se les escapa de las manos. Porque a los demás, solo convencen a los convencidos.

Se van a extinguir, vaya. Y ya iba siendo hora.

De creacionismo y cienciología hablaremos otro día.