Pedro Sánchez durante un discurso. Europa Press
"No a la guerra", la coartada del autócrata cercado por la corrupción
Cada vez que la situación política se complica en España, Pedro Sánchez recurre al mismo manual: polarización, propaganda y un eslogan emocional capaz de reagrupar a su electorado. Esta vez ha desempolvado uno de los más eficaces de la historia reciente: el "no a la guerra".
El problema es que, en esta ocasión, el lema resulta especialmente difícil de sostener.
Mientras el Gobierno intenta presentarse como el gran abanderado del pacifismo frente al conflicto con Irán, España sigue formando parte del dispositivo militar occidental. Una fragata española ha sido desplegada en el Mediterráneo y las bases de Rota y Morón continúan integradas en la estructura estratégica de OTAN y en los acuerdos militares con Estados Unidos.
Es decir, España participa —como aliado— en el sistema de defensa que sostiene la respuesta occidental en la región. Esa es la realidad.
Nada de esto significa que España esté en guerra con Irán. Pero sí desmonta la escenografía política que intenta construir el Gobierno. No se puede participar en un despliegue militar aliado y, al mismo tiempo, pretender liderar una nueva versión del "no a la guerra". Eso no es política exterior: es propaganda.
El objetivo, sin embargo, es transparente. Sánchez necesita reactivar emocionalmente a la izquierda, dividir a la sociedad española y colocar a sus adversarios en el papel de "belicistas". Es un marco político muy rentable: permite evitar el debate real y sustituirlo por un enfrentamiento moral entre "buenos" y "malos".
El problema es que este recurso llega en el peor momento posible para el Gobierno.
España vive una situación política profundamente deteriorada. El Ejecutivo y el propio Partido Socialista Obrero Español están rodeados por un clima de sospecha permanente, con escándalos de corrupción que afectan a su entorno político, institucional e incluso personal. Cada semana aparecen nuevas revelaciones que erosionan la credibilidad del Gobierno y alimentan la sensación de agotamiento de una etapa política.
En ese contexto, la estrategia es evidente: desplazar el foco. Cuando la presión interna aumenta, el sanchismo busca nuevos frentes ideológicos que permitan reagrupar a los suyos y transformar el debate político en una batalla emocional.
Pero la política exterior de un país serio no puede utilizarse como un instrumento de supervivencia política.
España es miembro de la OTAN, forma parte de la arquitectura de seguridad europea y mantiene compromisos estratégicos con sus aliados. Pretender ocultar esa realidad tras un eslogan diseñado para movilizar a una parte del electorado no solo es irresponsable: también es profundamente deshonesto.
La democracia exige algo más que propaganda.
Cuando un Gobierno intenta tapar sus contradicciones con consignas, cuando utiliza la polarización como herramienta permanente de poder y cuando su partido aparece cada vez más rodeado por escándalos de corrupción, la solución en una democracia es sencilla: devolver la palabra a los ciudadanos.
España necesita claridad, responsabilidad y regeneración institucional. Y eso pasa inevitablemente por abrir una nueva etapa política que permita desalojar democráticamente del poder a un Gobierno agotado y a un partido que ha perdido la autoridad moral para seguir dirigiendo el país.
Porque ningún eslogan —ni siquiera el "no a la guerra"— puede ocultar indefinidamente la realidad.