Coches siniestrados tras el paso de la dana. Efe /Jorge Zapata

Coches siniestrados tras el paso de la dana. Efe /Jorge Zapata

No se olviden de las víctimas

Juan José Vijuesca
Publicada

Jenófanes afirmó, a partir del hallazgo de fósiles de peces encontrados en la montaña, que la Tierra debió estar toda cubierta de agua o, mejor dicho, de algún tipo de mezcla de la tierra y el agua como el barro o el fango. Lo que este filósofo griego no cayó en la cuenta es que aquello se trataba de patéticos políticos fosilizados.

Desconozco si el bueno de Jenófanes anduvo por la Iberia de los 500 a. C. porque sus apuntes sobre el barro o el fango eran, por desgracia, la teoría más turbadora que ha sobrevenido por culpa de una mortífera dana.

Y he aquí que, después de 2.500 años de aquel hallazgo, se desvela que la clase política yacía dormida en su propio tremedal. Por lo tanto, no es casualidad que los fuertes pulsos de los humanos sean echados por el pueblo hacia su clase política cuando esta se comporta falta de juicio. Si de quienes depende la salvaguarda hacia su pueblo practica la omisión de socorro, ya de por sí es grave su falta, más si ello redunda en vidas humanas de por medio, la cosa se torna en firme demanda para la expiación de culpas como es debido.

Es hora de la pacífica sensatez, pero también de atajar la malicia que, bajo el escudo de la política, desfilan los advenedizos faltos de honra y sobrados de vicios. No vale el discurso cuando este se convierte en pésame; ni siquiera el destino puede atemperar las negligencias de los actores. No conviene ser ajeno ni buscar excusas cuando la responsabilidad de los cargos públicos lleva aparejada la guarda y custodia de los ciudadanos. A fin de cuentas, quizás por simple arbitraje emocional, otorgamos franquicia a quienes prometen poco menos que el edén. Es el engaño de lo ufano frente a la idolatría de seres espumosos que se ciscan de miedo cuando las espigas se yerguen a modo de lanzas.

Por no tener, ni arrepentimiento de sus inmorales desafectos. Los que no piden perdón se refugian en su tosca falsedad, gozosos de sus conquistas, y de ahí se desprende el desdén, los minutos de silencio e incluso vestir de engañoso respeto. Todo es un cuento, un incestuoso gesto y, si te he visto, no me acuerdo. No todos, por igual, pero sí aquellos que se guardan entre el poder y su mejor gloria.

Que no se olviden de las víctimas, otra vez no. Más de doscientos en medio del caos como lengua de barro hambriento. Otra vez la muerte. El delirio de los pobres. La deriva y el silencio. Nadie acude al suceso, ni las campanas tocan a muerto. Huir, ¿hacia dónde? —se pregunta el miedo.

Escaleras hacia el cielo, mientras cadáveres velan su propio entierro. Hasta la muerte se extraña por llevarse así a los nuestros. Una vez más, justos por pecadores. De nuevo la codicia de políticos: unos huyen, otros no acuden; las ayudas llegan tarde. El barro se vuelve fango, y el lodo, calvario. El caos se mezcla entre sombras chinescas. No hay control. Hay sed y hambre. Hay miseria y acciones siniestras.

Los voluntarios sin nombre son seres neutros, los nuestros y los de todos. Los únicos a pico y pala, de corazón y alma. Gobiernos que no gobiernan. El pueblo que se enerva pidiendo dimisión, a modo de perdón. Cárcel, mejor sería, señorías. ¡Qué falta de vergüenza! Y nos sobra razón, por cobardía e indecencia.

Tañen las campanas, ahora sí lo hacen. Es luto, de negro, de muertos, de funeral, de catedral. De cuentos, de rechinar de cuerpos. Una vez más, ya es tarde, como siempre. El pueblo paga; huyen los políticos por la puerta de atrás. Ni los ves, ni los verás. Las mentiras se instalan, haciendo peor el desastre. Dolor sobre el estambre, sudario del pobre.

— ¿Quiénes cuidan de nosotros? —vociferan a modo de pregón.

— ¡Dicen que el Estado!

— ¿Los mismos que nos hunden?

— ¡Los mismos son!

Gracias, Jenófanes. Gracias por descubrir lo que el lodo guardaba en sus adentros. No eran peces, eran políticos y sus gobiernos.