David Arranz, diputado Vox en las Cortes de Aragón.

David Arranz, diputado Vox en las Cortes de Aragón. E.E Zaragoza

Opinión

El robo silencioso

David Arranz, diputado VOX Cortes de Aragón
Zaragoza
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Da igual en qué ciudad vivas. Este penoso fenómeno ya no entiende de fronteras, de regiones españolas ni de países de esta Europa sometida al globalismo. Una Europa que se pretende suicidar a marchas forzadas.

Incluso el CEO de los multimillonarios y todopoderosos fondos de inversión BlackRock, Larry Fink, ha reconocido que el “wokismo” ha sido un experimento fallido, que han usado nuestras naciones y gentes como campo de pruebas de su perversa ingeniería social. Una broma macabra con terribles consecuencias. Que han carcomido los pilares de nuestra cultura y civilización occidental. Atacado el orden natural, la historia, la fe, la tradición, las creencias y valores, la familia, la libertad y la soberanía de las naciones y pueblos… Ahora ya no nos reconocemos.

Nos sentimos extraños, perdidos, extranjeros en nuestras patrias. Barrios y calles donde apenas permanecen compatriotas o población nacional autóctona, y menos por la noche. Ya es complicado ver vecinos charlando sin prisas (“cogiendo un capazo”, que decimos en Aragón), ni ancianos tranquilamente sentados en bancos y parques, ni niños jugando en la calle… Las mujeres cada vez caminan con más miedo, conscientes de las consecuencias de multiculturalismo, y pagando un precio demasiado elevado para seguir siendo libres.

Aquellos comercios de los de siempre, de los que creíamos de toda la vida, han desaparecido, han cerrado la persiana, o tienen en su escaparate el cartel de “se vende” o “se alquila”, como epitafio rotundo.

Se escuchan voces, conversaciones en otros idiomas y con otros acentos, mujeres veladas y anónimas; huele a otras comidas y especias… Los choques culturales con los “nuevos vecinos” que desean imponer sus culturas, aunque llamen “cultura” a denigrar a las mujeres, perjudican gravemente la convivencia, la paz y armonía del barrio. Crece la violencia, los robos, las agresiones sexuales, la ocupación de viviendas y las reyertas con machetes entre pandillas juveniles, generalmente magrebíes o bandas latinas. Hemos importado barbarie y tenemos barbarie en nuestras calles. Y son hechos constatados, como advirtió, por ejemplo, el informe de la Jefatura Superior de Policía Nacional en Aragón el verano pasado: se disparaban los robos con violencia protagonizados por jóvenes magrebíes.

Hubo un tiempo en que contábamos con una inmigración mayoritariamente asimilada, con muchos extranjeros que habían dejado de serlo, pues se integraron perfectamente, aportando y trabajando con nosotros. Eso sí, era un número acorde con nuestra capacidad de asimilación. Había trabajo, vivienda y se compartía y convivía con más o menos paz. Había respeto, intención de adaptarse a la cultura de la nación que les acogía, y los problemas sociales eran comunes.

Por desgracia, ya no es así. Todo se ha desbordado. Se ha rebasado cualquier capacidad de un país receptor de inmigración. Los que fueron inmigrantes integrados y asimilados también se lamentan, y muchos se han terminado viendo acorralados en guetos, otrora barrios acogedores.

Los servicios públicos colapsados, la vivienda escasa y cara, la inseguridad campa a sus anchas y nuestros jóvenes emigran… La convivencia es incómoda y forzada.

El barrio es un lugar hostil, extraño, triste… Y con cierta melancolía uno no puede evitar recordar aquella panadería con pan de leña, esa preciosa tienda de ultramarinos con solera e historia, o esa amable dependienta de la tienda de moda, que tuvo que cerrar ante la dura competencia del comercio “online”.

Hoy vemos las mismas franquicias que en cualquier otro lugar remoto; comida rápida, marcas internacionales, comercios sin alma. Y la barbería marroquí, el bazar y el bar regentado por chinos, la frutería pakistaní, el kebab turco… lo han engullido todo.

¿Cuándo nos hemos dejado robar nuestra identidad? ¿Por qué se señala y criminaliza a quien denuncia lo evidente, la invasión, la sustitución poblacional o el desarraigo programado?

Nos han robado lo que somos, mientras nos entretenían y nos hacían librar batallas con problemas artificiales y causas absurdas de las que la izquierda hacía bandera. Han hipotecado el futuro de nuestros hijos, mientras aletargados seguíamos como si nada con nuestro día a día.

Queremos creer que aún hay esperanza…