Corridas toros

Épica de Curro Díaz y José Garrido con la violenta y abrupta corrida del Puerto

Ambos matadores se la jugaron en una tarde heroica, sufriendo dos volteretas cada uno. Torería del andaluz y raza del extremeño, que resultó herido en la mano y el glúteo, para encajar la dureza morucha de los toros, sobre todo del tercero y el cuarto.

Trincherazo de Curro Díaz.

Trincherazo de Curro Díaz. EFE

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El Domingo de Ramos, Curro Díaz salió a hombros de Las Ventas. Hasta bien entrado el verano no materializó el triunfo de la primera plaza del mundo. El periplo por las provincias, debutó este año en Bilbao, lo devolvía a Madrid en otoño, la resaca de la ola surfeada veinte años de alternativa después. Lo esperaba la afición. Saludó una ovación con ecos de aquella Puerta Grande. Se desmonteró Garrido, que llegaba lanzado, fuera del burladero observando la escena. Ambos no imaginaban el terror que se agazapaba en chiqueros. Madre mía la corrida de Puerto de San Lorenzo: dura, morucha, mansa, a la espera y agarrada, ácida y violenta. Abrupta.

Devolvió el cariño Curro Díaz brindando el primer toro. No tenía mucha cara: se alargaba por detrás y a lo ancho. Se lo sacó a la segunda raya esquivando el aire, encajado, con derechazos y pases de pecho. El toro embestía a golpes. Iba de largo para quedarse. Curro tiraba de él con la mosca detrás de la oreja. Lo citó a pies juntos con la derecha. El galope tendido lo aguantó el torero. La imagen congelada en el instante de la unión. Ahí va un toro. Por la mano izquierda encajó un pechazo. El bicho se embrutecía cada vez más, orientándose. Resultó duro. Dos ráfagas descubrieron al torero y casi se convierte en carnaza. Se deshizo de él con una estocada contraria, se diluyó el toro en el derrame, abiertas las compuertas de la sangre. Murió maldiciendo.

La calma chicha la rompió Garrido con estatuarios. Soltó el desprecio relajado. El pase de pecho se emborronó. Soplaba el viento. El mechón se le levantaba por detrás al torero. Agarrado, lo arrastraba literalmente Garrido con la muleta. En la segunda tanda se rajó. Volvería a la muleta sin regalar nada. Abajo la mano, para dentro ganaba el muletazo, rompiendo la embestida. Aguantó parones. De uno en uno con la mano izquierda. Lo buscó Garrido, siempre por encima de esa condición.

Cogida de José Garrido en la lidia de su segundo.

Cogida de José Garrido en la lidia de su segundo. EFE

Con tres verónicas con cierto runrún, se abrió Curro Díaz en el tercero. 'Langosto' abría la cara, enorme. Se fijó en un subalterno hasta sacarlo del ruedo y acudió al capote del matador agarradísimo, debajo. Quitó Garrido por chicuelinas, arrebujado, aunque el toro iba para otro lado.

Tuvo sabor el inicio de faena de Curro Díaz, genuflexo primero, estirado después. Madrid calentaba la garganta. En la distancia lo llamó. El derechazo fue tocado, componiendo la figura. En el segundo, el toro giró como un tiburón blanco. Encontró hombre. El pitonazo directo al bajo vientre lo hundió, y así, arqueado sobre los pitones, volvió a engancharlo 'Langosto'. Cabezazos, empujones, la violencia envolvió al matador. Salió indemne.

La paliza la devolvió con una tanda nueva, como si no hubiera pasado nada, de derechazos manufacturados, bellos, prensados. El trincherazo enlazó todo ligado. La plaza en el bolsillo. Otra tanda igual. El remate subterráneo con sabor. Y se relajó en el cambio de mano. No perdonó 'Langosto', que lo buscó en el suelo para atravesarlo después de girarlo en el aire en una ruleta mortal. Falló.

Se levanto Curro desarmado y los tres naturales del final fueron joyas de naturalidad, levitando el matador. Electricidad para los tendidos. Rugía Madrid. Se perfiló sobre la emoción, palpitaba el trofeo. El pinchazo lo arruinó. A la segunda, el toro se lanzó a por él: recorrió el matador vendido algunos metros con el misil detrás, qué gatos el toro. El descabello abrió una rotunda ovación.

Lo intentó Garrido a la verónica. El tercero no se quedó en su jurisdicción. Cuando pasaba, lanzaba el capote. Intermitencias con sentido del gusto. Una esquirla de pitón se desprendía. Otro torazo, por cierto. El Algabeño cuajó un buen tercio. Brindó José Garrido al respetable la lidia de 'Montesino II'. Interior el viaje, el tren sin raíles. La esquina del cuerpo de Garrido barrida por el lomo. Mucho viento, la ayuda montada por fuera y agua en la muleta. La cal esparcida.

Varias banderillas en el suelo. Ese tono gris blanquecino. Esperaba el toro. El escenario de guerra dispuesto. Se movieron las fichas. Lanzó la embestida descompuesto. Apenas rozaba la muleta se soliviantaba. Seiscientos y pico kilos de carne zarandeados por la condición. Garrido amarró así la primera tanda, esquivando balazos. Le podía y avanzaba un paso; soltaba la cara el toro y recorrían dos para atrás. Al natural más relajado, en comparación al resto. La tensión igual. El toro se lo pensaba siempre. Aguantándose. Una ventana era la muerte.

Se coló por el resquicio 'Montesino' y lo encontró. Al suelo. Detrás del joven se fue la fiera. Otra vez por los aires Garrido, en los pitones cargas explosivas. No hirió. El extremeño tiró de raza, el toro huía. Dentro de las tablas, una tanda de naturales elevó definitivamente al matador sobre la alimaña. Las manoletinas llegaron con el aviso. Buscaba el toro, deslizando las dagas en la chaquetilla. Casi lo enganchó en una. Tirarse a matar fue sentarse en la silla eléctrica. Lo prendió del pecho desde la ingle, violentísima la acción. En el suelo lo pisoteó. Había que entrar otra vez.

La plaza hervía de miedo. Garrido se jugaba la vida en ese segundo. Su rival tapó la salida, echándose al hombre detrás para coger el rebote. Le dio campo para rematarlo. La escena de 'Apocalypto': 'Montesino' fue tirador y flecha. Cinco metros corrió Garrido perseguido y echó el cuerpo a tierra para salvarse. Encontró refugio bajo la tronera en el último momento, cuando la alimaña apretaba el gatillo. No se libró de un pisotón terrible en la mano, la cabeza giró en la tierra, y hecho una bola llegaron las asistencias. Entró a la enfermería pálido y ausente. Curro Díaz lo derribó al fin.

'Macetero' tenía aire jurásico. Salió chuleándose. Cagaba, incluso. Curro Díaz se hizo presente. Olisqueaba el toro bajo el capote. Montoliú lo majó, lo metió en el tercio y lo sacó a los medios con el capote poderoso. Oficio para cinco escalafones. Al fin galopó 'Macetero'. La fría puya no le gustó. Manso perdido. A la segunda recibió de lo lindo, agarrado bien el picador tras salvar la caída.

Curro Díaz se sentó en el estribo. Lo pasó. De pie, la plaza enloqueció. Trincherazo acompañado, hundido el mentón. Derechazo quieto, pasando por dentro el toro. Belleza para sujetar la animalidad. Recolectó pepitas de oro por cada muletazo. A la gente la tenía rota. El toro salía suelto de cada instante. No quería embestir. Había torería por dosis, dilapidada sin continuidad por 'Macetero'. La faja tan oscura de habérselo pasado por la barriga. Ay, no funcionó la espada. Fortísima la ovación de despedida.

Cogida de Curro Díaz en su segundo.

Cogida de Curro Díaz en su segundo. EFE

Le dieron tiempo a Garrido, que estaba en la enfermería, para salir al sexto. Sonaron los clarines. Los chiqueros no se abrían. Nadie sabía nada. Mucho desorden. A alguien se le ocurrió que había que anunciar lo que pasaba por megafonía. ¡Eureka! Salió José Garrido del quirófano recorriendo el callejón por dentro, claro. La gente aplaudía. Vendada una mano, remendada la otra y cosido en el glúteo, cogió el capote. Cuánta raza. La emoción se desbordaba. Dos puntas el sexto, bizco del derecho. Bastorrón. Alto desde los zancos.

No decía nada el toro. La alzada le obligaba a subir la cara al final del muletazo. Al natural mejor, más suelto el toro, yendo hacia delante. Armó dos o tres muletazos buenos Garrido. Bandera blanca, al menos. El toro fue perdiendo fuelle, se iba sin querer volver. Una nueva tanda se alumbró tensa, algo más descompuesto ya el último de Puerto de San Lorenzo, empeorando sin alcanzar la maldad. Poco más había ya que hacer. Se alargó Garrido. La gente estaba ya desinflada, consumida la adrenalina. La suerte suprema se convirtió en un suplicio. Pesaba demasiado el acero en la mano lastimada. Pinchó, no podía sujetar la espada. Una tortura topar con el hueso. Silbaron dos avisos. Sobre la bocina acertó con el descabello. 

Vaya tarde. Los toreros son la leche.

PUERTO DE SAN LORENZO/ Curro Díaz y José Garrido

Monumental de las Ventas. Sábado, 1 de octubre de 2016. Tercera de feria. Tres cuartos de entrada. Toros de Puerto de San Lorenzo, 1º bruto que se orientó, 2º basto, rajado y agarrado, 3º violento, complicado y duro el 4º, mansurrón el 5º, sin nada el 6º.

Curro Díaz, de grana y oro. En el primero, espadazo contrario (silencio). En el tercero, pinchazo hondo, pinchazo caído, pinchazo, pinchazo. Un descabello (saludos). En el quinto, pinchazo hondo y estocada casi entera algo contraria. Varios descabellos (ovación).

José Garrido, de obispo y oro. En el segundo, espadazo tendido algo caído (silencio). En el cuarto, pinchazo, pinchazo arriba. Los descabelló Curro Díaz. En el sexto, pinchazo bajo, pinchazo lateral. Dos avisos (ovación de despedida).

Parte médico José Garrido

Herida por asta de toro en región glútea izquierda de 10 cm que afecta a tejido celular subcutáneo. Erosiones y contusiones múltiples. Pronóstico reservado que no le impide continuar la lidia.

Parte médico Curro Díaz

Contusiones múltiples pendientes de estudio radiográfico. Pronóstico reservado.