Basta de hacerse el chulito. Mi primer viaje a Art Basel ha sido un rosario de novatadas. Escribirlas aquí devuelve mi rolliza vanidad a la casilla de salida y espero sirva al lector para animarse a ir a la feria de arte más importante del mundo en el 2018 (la edición de Miami tendrá sus propios códigos).

Suena la campana y el primer gancho directo al mentón. A Art Basel no hay que ir cuando te dicen que hay que ir. Te preguntarás que si están locos estos romanos, como decía Asterix, pero algo de eso hay. De que iba tarde me di cuenta muy pronto. Aún compresurizado por Easy Jet (¿Es Easy Jet una línea aérea fácil?. Creo que esto me daría para escribir otra columna), adivino mi primer error. Desde la ventanilla (fila 1D) de estribor, según desciende el tren de aterrizaje (menos mal), veo una cola de jets privados esperando para darse el piro. No tardo en enterarme que a Art Basel no hay que ir cuando lo anuncia su página web. A la feria, que se inaugura un miércoles hay que ir el domingo anterior por la noche. Sí, como lo estás leyendo. Aunque no esté abierta. El miércoles es para los mirones, no para los compradores. Y mucho menos para los compradores vip. En Art Basel la palabra vip no se refiere a un drugstore de color rojo que vende Hägeen Dazs y libros de arte con tres años de antigüedad. En Art Basel la palabra vip significa este pollo tiene pasta para comprar y los dólares le están quemando el bolsillo. En el diccionario Rodríguez, Art Basel es igual a gafapasta con pasta.

El arquitecto Carlos Manzano, amigo y socio en el Club Matador, me cuenta la leyenda urbana oficial que cuenta que a Bernad Arnault hace unos años lo colaron durante los días de montaje con un chaleco verde fosforito para que viese las piezas antes que nadie y regatease a gusto. La anécdota acaba con la expulsión de la galería que se hizo la listilla. Me da por pensar que el chaleco de operario si cae en manos de Larry Gagosian valdría una pasta. Si piensas ir a Basel pero no tienes un chelín que gastar en arte entonces apunta estas recomendaciones. Llévate bañador o cómprate uno. Yo no me atreví porque este año fui solo pero el deporte local es el Wickelfish: dejarse arrastrar por la fortísima corriente del Rin en pareja, con tu mejor amigo, con la mujer con la que te gustaría dejar de usar el whastapp y pasar a mayores, con el que te está ayudando en la renta o con tu confesor.

Mientras los veo bajar tomándome una lager de medio litro en los bancos del río, entre la fauna local con sus altavoces Marshall portátiles, imagino enormes posibilidades. Será por el efecto euforizante del lúpulo pero imagino las conversaciones del presidente del gobierno y al de la oposición debatiendo pactos a remojo, a dos que se están divorciando acordando el régimen de visitas de los niños, o, qué sé yo, a María Teresa Campos y a Edmundo Arrocet Von Lohse en su reencuentro vendido para Hola!.

La bolsa que guarda la ropa seca recomiendan que sea de color rojo (30 euros la de 33 litros) para que te sirva de boya, de baliza, de salvavidas por sí te cruzas con alguna de las lanchas que surcan un río de 1.233 km de largo. El Rin desemboca en el Mar del Norte, así que el viaje podría ser infinito. Y tiene la ventaja de que si quieres hacer pis no tienes que buscar donde.

Basel es una ciudad bellísima. Y si para ti, como para mí, la belleza es tener personalidad y enseñarla, la fauna de la Art Basel, artistas, galeristas, marchantes, banqueros, asesores, periodistas y fotógrafos es realmente guapa. Para disfrutar de una inmersión social en profundidad te recomiendo las copas nocturnas en el bar de Le Tres Rois, el hotel legendario de la ciudad o la Summer Party que Vitra organiza cada año en su campus, a la sombra del museo de la silla construido por los suizos Herzog y de Meuron con ladrillos rotos. Ver caminar entre los miles de invitados a Rolf Felhbaum, siempre vestido de negro, el dueño de Vitra, jurado del Pritzker, te hace sentir que todo es posible.

Apunta en el Evernote de tu teléfono estas pistas prácticas. Suiza es un país tranquilo. Demasiado tranquilo a veces. Si echas de menos el riesgo coge un Uber, aquí son ilegales. Yo pille alguno y el conductor te obliga a sentarte en el asiento del copiloto para evitar linchamientos. Me pregunto si en el linchamiento el conductor se inmola por ti o si sale por piernas y te deja solo ante los atacantes. Los taxistas suizos nada más subirte en un taxi “legal” lo primero que te preguntan es si has cogido algún Uber. “No, claro que no”, es la respuesta que te recomiendo.

La feria abre a las 11 porque el arte no madruga. En información el banco UBS, patrocinador principal de la feria, te deja una batería extra (con su logo claro) para que tu móvil no se te muera y pueda fotografiar todo lo que no te vas a poder comprar. Merece la pena descargarse el informe anual sobre el mercado del arte en la página web del banco.

En Basel solo se come italiano, el mejor es Chez Donati. Conviene reservar, todos los feriantes lo saben. Y para recurrir al jazz como sanador de tus pies cansados el club de referencia es el Bird´s Eye.

Cuando la feria te canse, tienes dos visitas obligadas. Imprescindible visitar la colección de Picasso del Kunsthalle, que este verano acoge una pequeña expo del Prado -¡Hola Prado!. Tuve la fortuna de verla en soledad, solo por ir a la contra del horario de Art Basel. Y absolutamente imprescindible del Museo Tinguely, el “chatarrero” suizo autor de las fuentes más divertidas del mundo. Seguro que recuerdas la fuente que está en el lateral del Pompidou de París. Cuando se le ocurrió instalar en 1970 delante del Duomo un pene gigante la imagen dio la vuelta al mundo. El Museo es lo que Disney debería hacer en Disneylandia si el viejo Walt no fuera un moñas.

Una crónica de Basel quedaría incompleta sin escribir del poder. Hasta un chiquillo sabe que el arte no es solo emoción, sino también dinero y poder. Me soplan que los galeristas que manejan el cotarro en Basilea son Marc Blonda (Blondeau & Cie, Ginebra); Lucy Mitchell-Innes ( Mitchell-Innes & Nash, NY); Jochen Meyer ( Meyer Riegger, Berlín); Tim Neuger (Neuggeriemschneider, Berlín); Franco Noero (Franco Noero, Turín); Eva Presenhuber (Presenhuber, Zurich). Alguno se me habrá quedado fuera pero es que a Art Basel hay que volver a revolver. Así que, querido lector, ve preguntándote: ¿Llevas gafas de pasta? ¿Tienes pasta?