CARTA DEL DIRECTOR

El último 12 de Octubre de Miguel de Unamuno

Estoy muy a favor de que el ayuntamiento podemita de Carmena cambie el nombre de la calle General Millán Astray por el de Avenida de la Inteligencia pero no puedo quedarme ahí, como si se tratara de una mera serendipia o de una chiripa feliz que dirían los castizos. No sólo por lo que sucedió en Salamanca aquel 12 de octubre de 1936, del que acaban de cumplirse ochenta años, sino por todo lo que aconteció inmediatamente después en los dos meses y diecinueve días que le quedaban de vida a Miguel de Unamuno.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

La primera parte de la historia es relativamente conocida pero de la segunda se ha hablado muy poco. Para entender esta tragedia tan española es fundamental tener en cuenta que a aquellas alturas del 36 el Unamuno republicano que tanto había contribuido al cambio de régimen estaba ya profundamente decepcionado con la deriva "bolchevique" que había tomado la República tras la victoria del Frente Popular y veía ingenuamente a Franco como un salvador de la civilización occidental, tradición liberal cristiana incluida.

Por eso había aceptado permanecer como concejal en el Ayuntamiento de su ciudad adoptiva y por eso acumulaba, en aquel acto del Día de la Hispanidad en el Paraninfo, a la condición de sempiterno rector la representación personal del recién proclamado Jefe del Gobierno del Estado. Pero también llevaba en el bolsillo la carta de la esposa del pastor protestante Atilano Coco, condenado a muerte por masón; y ese fue probablemente el percutor de su indignación rebelde cuando escuchó al orador que le precedió denostar a vascos y catalanes como "dos pueblos industriales, disidentes e imperialistas que han estado viviendo a costa de los demás españoles".

La adrenalina del inconformismo terminó de inyectar sus ojos de búho insomne a medida que ese mensaje fue coreado por los gritos de rigor de la "Una", "Grande" y "Libre", lanzados por el general Millán Astray, fundador de la Legión, y entreverados con algún "¡Viva la muerte!". Durante décadas Unamuno se había burlado de Barcelona como de "una ciudad de buenas fachadas y mal alcantarillado", sólo veía en la senyera "una bandera española duplicada", despreciaba el "conservadurismo eclesiástico" de los bizcaitarras y consideraba una "mentecatada" hablar de "nacionalidades oprimidas". Pero admiraba como pocos la literatura catalana, se sentía español en tanto que vasco y, sobre todo, no podía soportar la chulería maniquea del totalitarismo falangista.

Fue entonces cuando, erguido e indomable, Unamuno dijo aquello de "A veces quedarse callado equivale a mentir porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia... Vencer no es convencer... y no puede vencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, más no de inquisición... Dejaré de lado la ofensa personal que supone la repentina explosión contra vascos y catalanes llamándoles la anti-España..."

Poco más pudo decir porque lo que se impuso en la sala fue la interrupción de Millán Astray golpeando primero la mesa con su única mano de caballero mutilado y gritando luego su ostentóreo "¡Mueran los intelectuales!". Las fuerzas vivas se pusieron de su parte con alaridos de "¡Abajo la inteligencia!" y el anciano rector fue acallado cuando exclamó: "Os falta razón y derecho en la lucha. Es inútil pediros que penséis en España". Tuvo que abandonar el Paraninfo entre en bosque de brazos en alto y una lluvia de imprecaciones, acompañado hasta el coche por Carmen Polo de Franco que lo asió del brazo para evitar males mayores.

Os falta razón y derecho en la lucha. Es inútil pediros que penséis en España

Pero lo verdaderamente triste es lo que sucedió después. Fue minuciosamente reconstruido hace ya 30 años por Luciano González Egido en su emocionante libro Agonizar en Salamanca. Esa misma tarde cuando acudió al casino, como si nada hubiera ocurrido, Unamuno descubrió que la misma burguesía que tantas veces le había respetado y admirado le acogía primero con hostilidad y luego con desatada ira. Se escucharon gritos de "¡Traidor!", "¡Rojo!", "¡Que lo echen!", "¡Fuera!" e incluso sus mejores amigos le reconvinieron mientras abandonaba el recinto: "No debió haber venido usted esta tarde, don Miguel".

A los pocos días Franco firmó su destitución como rector, tal y como había hecho pocos meses antes el gobierno de la República, y el ayuntamiento lo expulsó del gobierno municipal. Pidió permiso para viajar a Inglaterra y le pusieron un soldado en la puerta con orden de disparar si intentaba huir de la ciudad. Taciturno y ensimismado en su desgracia, Unamuno envió a su sucesor las llaves de la casa rectoral en la que estaban depositados los miles de volúmenes de su biblioteca, cedida a la universidad. Perder esos libros con los que mantenía una relación física, similar a la de Montaigne, suponía para él quedarse desnudo, empezar a morir.

El 1 de noviembre recibió al periodista francés Sodoul y le hizo partícipe de sus peores presagios sobre la interacción entre los que él llamaba "los hunos y los otros": "Qué triste cosa sería si se intentara sustituir un régimen bolchevique, bárbaro, antisocial e inhumano por otro régimen tan bárbaro, antisocial e inhumano de total servidumbre... En el fondo son la misma cosa".

Encerrado en su modesta vivienda de la calle de Bordadores a modo de última trinchera de la dignidad humana, Unamuno iba recibiendo las noticias de la barbarie de uno y otro bando como si fueran hachazos procedentes del inframundo del espanto. Un día un amigo le escribía que los "rojos" habían cortado las manos y sacado los ojos a unos jóvenes prisioneros. Al siguiente se enteraba de que su discípulo predilecto, el rector de la universidad de Granada Salvador Vila Hernández, había sido fusilado por los "azules". Algo se desbordó en su alma cuando supo que también se había consumado la ejecución de Atilano Coco.

Quien durante medio siglo había agitado todas las aguas del debate como el más recio y fiero de los polemistas -hasta el punto de merecer ese título de Excitator Hispaniae que le asignó el hispanista Curtius- tuvo la sensación de que todos sus esfuerzos por transformar la irracionalidad congénita en un sistema de civilización habían sido estériles. Que los hechos no sólo le habían dado la razón a su amigo y antagonista Antonio Machado cuando le decía que "dictaba lecciones de caballería a un pueblo de arrieros, lechuzos, tahures y logreros", sino que, como ante el cuadro de Goya, ya no quedaba sino el miserable destino de ver a los españoles molerse a zurriagazos hasta reventarse los cráneos.

Los hechos no sólo le habían dado la razón a su amigo y antagonista Antonio Machado cuando le decía que "dictaba lecciones de caballería a un pueblo de arrieros, lechuzos, tahures y logreros"

El 13 de diciembre escribió a su amigo bilbaíno Quintín de Torre la última de sus cartas conocidas. Le explicaba que en Salamanca se vivía "una bestial persecución" plagada de "asesinatos sin justificación". Presentaba a Franco como "un caudillo que no acaudilla nada" pero "deja hacer" y a Mola como un "monstruo de perversidad", "vesánico" y "ponzoñoso". Aclaraba cáusticamente que "a mi no me han asesinado todavía" pero advertía que "andan a vueltas con la Liga de los Derechos del Hombre, con la masonería y hasta con los judíos".

Unamuno no soportaba la estupidez y la ignorancia que afloraban por doquier: "Los mastines y hienas de esta tropa no saben lo que es la masonería, ni lo que es lo otro... El grosero catolicismo tradicionalista español apenas tiene nada de cristiano. Eso es militarización africano-pagana-imperialista... Esta es una campaña contra el liberalismo, no contra el bolchevismo". Concluía con un consejo a su amigo: "¡Pobre España! No vuelva usted a decir "Arriba España", que esto se ha hecho ya santo y seña de arribistas".

Unamuno rindió su espada el 31 de diciembre intoxicado por el brasero de la mesa camilla. La sirvienta le encontró con la cabeza abatida como si se tratara de ese Cristo de Velázquez al que había dedicado sus mejores versos y junto al que anhelaba ya yacer: "Blanco tu cuerpo al modo de la luna/ que muerta ronda en torno de su madre/ nuestra cansada vagabunda tierra". Corrieron rumores de que había sido envenenado y su nieto, asustado por la tensión palpable entre algunos claustrales y un grupo de falangistas que se disputaban el control del féretro, salió a la calle gritando despavorido: "¡Que se llevan al abuelo a tirarlo al río!".

Como en el caso de Melquiades Álvarez, a Unamuno pudieron haberle matado "los hunos o los otros". El fundador del Partido Reformista fue asesinado por los milicianos que controlaban la Modelo. El viejo paladín de la generación del 98 murió de pena y ostracismo en la capital del bando nacional. Con poco más de cuatro meses de intervalo había vuelto a cumplirse el diagnóstico de Baroja: lo que más odiaban los sicarios, "las hienas y los mastines" de ambos personajes era su inteligencia.

Por eso atronó aquel grito el último 12 de octubre que vivió Unamuno. Por eso felicito hoy a los miembros de la comisión asesora del callejero de Madrid por sustituir la denominación de Millán Astray por la de Avenida de la Inteligencia. Por eso les encomiendo encarecidamente que, a la vez, transmitan a la alcaldesa Carmena que haga saber a su, le guste o no, jefe político Pablo Iglesias, el título del manuscrito en el que trabajaba Unamuno en la hora de su muerte. Era una enmienda a la más conocida de sus obras. Se titulaba El resentimiento trágico de la vida.

Ese fue su último legado, especialmente dedicado a quienes sólo se sienten realizados cuando dan miedo al vecino. La advertencia histórica de que esa amalgama de rencor, envidia y ansia telúrica de revancha que llamamos "resentimiento" ha sido siempre la madre de todas nuestras tragedias.