Presente político y II República

Daniel Guerra: "Que nuestros políticos no tengan formación histórica es grave"

Este profesor de la Universidad de Sevilla analiza el presente a través de los discursos de la II República.

Daniel Guerra es profesor en la Universidad de Sevilla

Daniel Guerra es profesor en la Universidad de Sevilla El Español

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  2. José Ortega y Gasset
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“Ahí tenemos ahora España, tensa y fija su atención en nosotros. No nos hagamos ilusiones, fija su atención, no su entusiasmo”, dijo Ortega en mayo de 1932 en pleno debate del Estatuto catalán. La unidad de España, fragmentación parlamentaria, segunda transición, plurinacionalidad, federalismo, referéndum y secesión son términos que trufan el discurso político y se hace más necesario que nunca volver la vista atrás.

Nada menos que ochenta años. Porque la historia se repite. En el libro El pensamiento territorial de la Segunda República Española, publicado por la editorial Athenaica, el politólogo y profesor de Derecho Internacional de la Universidad de Sevilla, Daniel Guerra (Barcelona, 1967), destripa la vigencia de los mismos debates que ahora tensan la vida política. Lo hace analizando los discursos de veinte líderes de entonces, desde Azaña a Ortega Gasset, de Sánchez Román a Alcalá-Zamora, pasando por Campalans o Primo de Rivera.

En 1931 y en 1978 se discute la estructura política de España -si es federal o no- y el problema de Cataluña. El problema quedó sin resolver. Estamos en 2016.

Hay propuestas que se repiten, parece que no pasa el tiempo. Es un problema de difícil solución. La idea federalista del PSOE podría ser satisfactoria, pero no para todos los actores políticos. A diferencia de otros países, el conflicto territorial, que ya se planteó en la segunda República, no es sólo de organización del Estado, sino una cuestión de conciliación de diversas identidades colectivas. Los nacionalismos son un elemento diferenciador respecto a otros países que no los tienen y que asumen el federalismo como un mecanismo de organización del Estado. La propuesta del PSOE es, en esta línea, de corrección y mejora del Estado de las autonomías. La conciliación de las identidades colectivas que propone es indefinida y no supone quebrar la soberanía nacional. La propuesta de Granada, que los socialistas ratificaron en su último comité federal, es insuficiente para el nacionalismo.

Esa propuesta federalista llega tarde. Hay un proceso de desconexión en Cataluña.

Para un 48% de los catalanes, los partidarios de la separación -según los resultados de las elecciones del 27-S-, el federalismo ya es algo pasado. Para ellos la propuesta federal llega tarde. Además, el federalismo en España no ha sido ni es una corriente mayoritaria, ni siquiera entre la izquierda. En la cultura política española suena como algo ajeno y necesita de mucha pedagogía. Hace falta más cultura federal. Debemos explicar el federalismo antes que aplicarlo.

¿Hay tiempo ahora para esa pedagogía?

Ahora podría ser el momento porque la propuesta federal va ligada a una reforma constitucional que cada vez más gente ve como algo adecuado. Existe un consenso académico al respecto, pero no político. En los próximos meses o años podría haber más actores y ciudadanos que vean la necesidad de esa reforma constitucional y pensar para qué se quiere.

El nacionalismo catalán podría promover un pacto nacional por la unidad

¿Ve al PP en esa clave?

No lo está aún. Si se pretende una reforma constitucional en la que participen los nacionalistas, el acuerdo va a ser difícil. Pero, ¿hasta qué punto se puede hacer sin ellos? Si los nacionalistas catalanes optan por la vía secesionista, eso puede favorecer, como movimiento de reacción, un pacto entre algunos partidos de ámbito estatal.

Entonces, ¿es un callejón sin salida?

Creo que la única opción viable sería ir avanzando hacia la reforma constitucional y el federalismo sin prisas, con pedagogía y más allá de los avatares políticos.

¿Un imposible?

Exigirá tranquilidad, que se separe la reforma constitucional de la reorganización del Estado de estrategias y tácticas coyunturales. Cuando hablamos de federalismo, no todos dicen lo mismo. Hay dos concepciones fundamentales: el federalismo plurinacional que Podemos plantea como pacto para conciliar las que considera diversas identidades nacionales. La otra visión, que es el federalismo orgánico o cooperativo, de reorganización territorial e institucional del Estado (nuevo reparto de competencias, financiación y la relación entre administraciones, pero manteniendo la soberanía nacional del pueblo español) es lo que defienden PSOE y, con matices, Ciudadanos. A pesar de sus reticencias al término, los nacionalismos periféricos normalmente han admitido el federalismo plurinacional porque encajaba con sus particularismos, así como los federalistas catalanes, incluso el PSC.

¿Un ministerio plurinacional o empezar la casa por el tejado?

Me pregunto si esa propuesta de Podemos es para negociar o no con el PSOE. A la vista de la resolución del Comité Federal de los socialistas, más parece lo segundo. Insisto, en España nos va a costar alcanzar un consenso político para la reforma constitucional, necesitamos tiempo porque nos va a costar asumir el federalismo, incluso limitándonos a uno orgánico -que es moderado, como el alemán- tanto a los actores políticos como a los ciudadanos. Si eso cuesta, más aún lo es pensar en un federalismo plurinacional y dar el salto directo a la quiebra de la soberanía.

En España -en los próximos años- podremos, con tranquilidad y generosidad, plantearnos un Estado federal, pero manteniendo la soberanía nacional del pueblo español reconocida en el artículo 1.2 de la Constitución. Si a lo que se va es a quebrar la soberanía, que haya tres o cuatro naciones concurrentes, no lo veo viable.

PSOE y C's defienden, con matices, un federalismo orgánico

¿La única salida es la generosidad o la condena al día de la marmota?

PSOE y Ciudadanos, que son los que defienden, con matices, un federalismo orgánico, deben hacer más pedagogía sobre sus propuestas de cara al PP, para conseguir su apoyo, que no es fácil, y también ante la propia sociedad. Creo que es la función que deben tener, más allá de las contingencias políticas.

¿Convencerán a los populares?

A ver qué pasa con el PP. Creo que puede estar a las puertas de un proceso de reflexión sobre su propia esencia, dados sus resultados electorales y su corrupción interna. Si se diera ese proceso, podría haber dirigentes que se planteasen la conveniencia de alcanzar con PSOE y C's un acuerdo sobre una reforma constitucional. El PP es necesario para esa reforma y tiene mayoría en el Senado. Los populares no pueden seguir manteniéndose en la negativa. La Constitución hay que modificarla y actualizarla, no lo digo sólo por cuestiones políticas, sino sociales y de técnica jurídica: hay cosas que están en la Constitución que ya no están en la sociedad, y al revés. El Tribunal Constitucional, con su jurisprudencia, está desarrollando en demasía el Estado constituido en 1978, lo que nos hace ver la conveniencia de actualizar la Carta Magna. El PP debería reflexionar sobre ello.

¿Y si se miraran en el espejo de la segunda República?

Creo que para entrar en política sería obligatorio conocer bien los siglos XVIII, XIX y XX españoles. Si se conoce bien el XIX, se conoce el origen de los problemas que nos siguen afectando hoy. En 1918 ya hubo una propuesta de Estatuto catalán. En la Segunda República ya se planteaba -de forma seria- resolver la estructura regional de España y el caso de Cataluña: se rechazó el federalismo y se aprobaron la fórmula intermedia del Estado integral y el Estatuto catalán. Si se conocieran bien esos precedentes históricos, así como los debates de 1978, eso ayudaría. Una de mis conclusiones en este libro es que muchos de los que intervinieron en el debate de la Segunda República y de 1978 tenían formación jurídica. Los actuales políticos adolecen de falta de formación histórica y jurídica, en general, y esto se nota.

En el caso de Cataluña, los discursos de mayo de 1932 de Ortega y Azaña tienen plena vigencia. No es un problema de modelo de Estado sino de sentimientos.

Azaña plantea que el nacionalismo catalán tiene solución política, los catalanes quieren vivir en la República a su manera y ve que el conflicto se puede resolver con un Estatuto de autonomía. Ortega dice que eso es un pacto político, pero no una solución. Considera que el nacionalismo no es un tema político, es un sentimiento colectivo no llamado nacionalismo, sino particularismo. Un Estatuto puede resolver el problema durante un tiempo, pero ese sentimiento es permanente y genera frustración para el que lo tiene y fatiga para los demás. No tiene solución para Ortega, porque ese vivir a su manera no lo aceptan las otras partes del conjunto.

El discurso orteguiano se está renovando

Una pescadilla que se muerde la cola.

Lo exigible a nuestros políticos es que conozcan esta controversia, que marca los parámetros del problema de Cataluña: el reconocimiento de la singularidad de una parte que en el fondo los demás no acaban de aceptar, porque creen que la unidad garantiza la igualdad. En el caso catalán actual, más que un choque entre ley y democracia, se da un choque entre la democracia que ya existe y la democracia catalana que se quiere crear. La ley española es también democrática.

Es el choque de un sentimiento nacional español y un sentimiento nacional catalán.

El discurso orteguiano se renueva porque el sentimiento nacional español identifica el Estado como la nación española, incluyendo a catalanes y vascos. El nacionalista catalán defiende un sentimiento colectivo distinto. Son, en el fondo, dos sentimientos colectivos incompatibles si el sentimiento nacional español no admite, dentro del Estado, la concurrencia de otros sentimientos colectivos distintos con sus respectivas soberanías. Es decir, un estado plurinacional. Pero este planteamiento es minoritario entre los partidos y creo que también entre los ciudadanos. Los votos emitidos y las encuestas así lo indican. Ya lo decía Ortega hace 80 años: el particularismo y el sentimiento general español son incompatibles. La diferencia es que ahora los nacionalistas catalanes se quieren ir.

¿En qué va a acabar todo esto?

El problema es que la tensión va a durar tiempo no sólo por el enfrentamiento del separatismo catalán y el resto de España, sino por la división interna en Cataluña entre las dos identidades nacionales, la catalana y la española, que dividen casi mitad por mitad.

¿Y el reto del referéndum de autodeterminación?

Creo que es una línea roja infranqueable entre PSOE y Podemos. PSOE, PP y Ciudadanos están bastante unidos en el rechazo al referéndum, porque coinciden en la defensa de la soberanía nacional. Podemos plantea un estado plurinacional y lo admite. En mi opinión, habría que cambiar el artículo 92 o la Ley 2/80, sobre modalidades de Referéndum, para poder autorizar una votación en una Comunidad sobre una cuestión de especial trascendencia para todos los ciudadanos, se entiende españoles. A falta de un derecho internacional que contemple la autodeterminación para un caso como el catalán, o de un derecho constitucional comparado que sólo admite la secesión en Etiopía y Liechtenstein, puede que la doctrina de la Corte Suprema canadiense para Quebec contemplara este caso. Pero esa doctrina señala que el referéndum debe ser pactado y respetuoso con los principios constitucionales.

¿Tan difícil es el diálogo?

El diálogo político es difícil. Lo ha sido siempre. Pero en 1978 fue posible y se alcanzaron acuerdos básicos, aunque no satisficieron a todos. Era un momento más complejo: crisis económica, golpismo vivo y terrorismo de ETA. Pero se consiguió. Ahora tenemos dificultad para formar un gobierno, unas posibles nuevas elecciones, el separatismo catalán y la dificultad para una reforma constitucional... Tenemos todo eso en el marco de otra crisis económica, una federalización implícita en Europa -en lo económico- que no sabemos muy bien hacia dónde va, y ahora la negociación con el Reino Unido.

¿Y cuál cree que es de verdad el obstáculo?

Los actores políticos españoles son demasiado sectarios. Ya lo fueron en la Segunda República. En España hay más sectarismo que partidismo. Existe dificultad para que los partidos dialoguen y lleguen a consensos básicos. En Francia ahora están en plena reforma constitucional, que genera mucho debate, pero se aprobará. En 2006, Alemania reformó el Estado federal sin excesivos problemas. El hecho diferencial de España son los partidos nacionalistas y que las agrupaciones nacionales o estatales, además, se han territorializado mucho internamente. Esto hace que incluso el diálogo y los acuerdos internos sean difíciles en PP o PSOE, lo que se aprecia, por ejemplo, en las reformas del sistema de financiación autonómica.

Además del sectarismo, el otro problema es el electoralismo. Sufrimos procesos que interfieren constantemente en cualquier movimiento de negociación. La dificultad para la reforma constitucional o la ausencia de un pacto educativo son muestras de ello, aunque se han podido alcanzar consensos en otras materias.

¿Una segunda transición o un reclamo político?

Si se negocia la reforma constitucional, ahí sí estaremos en una transición, porque se abre un periodo constituyente partiendo del actual. Políticamente, lo que sí ha habido es un cambio importante en el sistema de partidos, que por su fragmentación guarda un paralelismo con 1931 y 1978. Vamos a ver hacia dónde evoluciona, si se consolidan estos cuatro partidos o se vuelve a un bipartidismo, aunque con actores distintos. Llevamos años criticando el bipartidismo y ahora que tenemos cuatripartidismo, no se logra formar gobierno y a lo mejor acabamos en nuevas elecciones. Si eso es así, quizá haya parte del electorado que se replantee su opción de voto y vuelva paulatinamente a lo anterior. Nuestro problema es que estamos acostumbrados al bipartidismo y a que se sepa enseguida quién va a gobernar. En otros países de la UE hay cuatro o cinco partidos, las negociaciones se repiten y son largas, pero logran pactar.