Eduardo Mendoza saluda al llegar al paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.

Eduardo Mendoza saluda al llegar al paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Efe

Premio Cervantes

Eduardo Mendoza reclama la inmortalidad del Quijote y denuncia su ausencia en las aulas

El premiado hace en su discurso un repaso a las cuatro ocasiones en las que leyó la obra de Cervantes, desde su adolescencia a su madurez. No ha faltado el humor, la ironía y las anécdotas. 

Peio H. Riaño Alcalá de Henares

Eduardo Mendoza ha llegado armado con un discurso irónico y mordaz, para reclamar la validez sólo de la palabra pronunciada. Él, un escritor. Uno, además, de los que hacen el humor: “En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así”. Y dio sus razones ante los reyes y el ministro de Educación, Cultura y Deporte. Mariano Rajoy, presidente del Gobierno y confeso lector de Mendoza, no acudió al máximo reconocimiento de las letras en castellano. En su lugar mandó a Soraya (y Cristina Cifuentes tampoco se lo perdió).

Mendoza se ha definido como fiel lector de Cervantes y asiduo del Quijote. Se considera “un buen amigo” de Alonso Quijano, con quien siempre pasa “un rato agradable y enriquecedor”. Es una novela viva, porque “con cada relectura el libro mejora y, de paso, mejora el lector”. Y compartió con los presentes cuatro lecturas del Quijote. La primera, claro, por obligación, en la escuela, en Barcelona. Momento en que aprovechó para dar el primer tirón de orejas a la LOMCE, con Íñigo Méndez de Vigo, su mayor defensor, atendiendo a las palabras del galardonado: “En algún sitio he leído que la presencia obligatoria del Quijote no pasa de ser una leyenda urbana”.

Formación humanística

Recordó que con 18 años, en el curso llamado preuniversitario, “el preu”, se empapó del Quijote. Algo que ha sido aniquilado por la nueva ley educativa, como ha ido contando este periódico durante esta semana. El compromiso de Mendoza con la formación humanística le lleva a reclamar, delante de los responsables, una educación de letras para todos: “Nos tocó leer y comentar el Quijote, tanto a los que habíamos optado por el bachillerato de letras como por el de ciencias. A diferencia de lo que ocurre hoy, en la enseñanza de aquella época prevalecía ella educación humanística, en detrimento del conocimiento científico, de conformidad con el lema entonces vigente: que inventen ellos”.

Fue su maestro el Hermano Anselmo el encargado de dar a conocer a 30 adolescentes sin chicas las aventuras de Quijano. “La verdad es que don Quijote y Sancho no fueron bien recibidos. Nuestra imaginación literaria se nutría de El Coyote y Hazañas Bélicas y las sesiones dobles del cine de barrio eran nuestro Shangri-La. Pero el Siglo de Oro, francamente, no”. Mendoza se justifica: en aquellos años el hidalgo caballero fue secuestrado por la retórica oficial “para convertirla en nuestra raza y adalid de un imperio de fanfarria y cartón piedra”.

Nos tocó leer y comentar el Quijote, tanto a los que habíamos optado por el bachillerato de letras como por el de ciencias

No tardó el escritor en rendirse a los encantos de la obra cervantina. Pero no fue dos Quijote lo que le fascinó, ni sus empresas, ni sus infortunios, sino “el lenguaje cervantino”. “La lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que se podía cualquier cosa: relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia”. En la última década de los mejores autores en lengua castellana ha sido Eduardo Mendoza el que con más empeño se ha referido a los beneficios de la fuente inagotable de la literatura cervantina.

Segunda y tercera lecturas

En la segunda lectura del Quijote, Eduardo Mendoza era un bachiller, un licenciado, un joven cualificado, “lo que en todas las épocas se ha llamado un tonto”. Se recuerda con el pelo revuelto y un bigote fiero, “ignorante, inexperto y pretencioso”. Y llegaron a sus pasos literarios inciertos modelos literarios universales, como Dostoievski, Kafka, Proust y Joyce. “Yo aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos”.

La tercera vez en la que recaló en el Quijote, Mendoza ya era “un buen padre de familia”. “Había conseguido publicar algunos libros que habían recibido un trato benévolo de la crítica y una buena acogida del público”, contó antes de referirse a Pere Gimferrer y Carmen Balcells, como figuras de contribución especial en su carrera literaria. Esta vez descubrió y admiró el humor de la novela.

Yo aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos

“Cuando el Quijote vio la luz sin duda fue recibido y leído como un libro cómico. Pero los tiempos cambian y aunque el humor es el mismo, nuestra percepción de lo cómico ha cambiado. En este sentido, en la actualidad el Quijote ha perdido buena parte de su comicidad. Visto desde mi perspectiva, los episodios jocosos no son muchos ni muy variados. Hay alguno espléndido, como el de los molinos de viento, pero el resto repiten un patrón convencional: confusión y paliza”, explicó. Nada de esto, a sus ojos, rebajaba su admiración por la obra de Cervantes.

Era el humor en la mirada del autor sobre el mundo lo que le llamó la atención entonces. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. “El humor lo impregna todo y todo lo transforma” y así se crea la novela moderna. “Una forma de escritura en la cual el lector no disfruta tanto de la intriga propia del relato como de la compañía de la persona que lo ha transmitido”.

Ficción y sensatez

Y la última: “Me encontré acompañando al caballero en su camino de vuelta a un lugar de la Mancha cuyo nombre nunca hemos olvidado, aunque a menudo lo hayamos intentado”. Entonces llegó a la conclusión de que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos. “Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo”.

“Una novela es lo que es: ni la verdad, ni la mentira. El que lee una obra de ficción y no se cree nada de lo que allí se cuenta, va mal. Pero el que se lo cree todo, va peor”. Mendoza, sumido en su humildad y elegancia habitual, explicó que ocasiones como esta entrañan para el premiado un riesgo inverso al que corrió don Quijote: “Creerse protagonista de un relato más bonito que la realidad. Prometo hacer todo lo posible para que no me ocurra tal cosa. Para los que tratamos de crear algo, el enemigo es la vanidad. La vanidad es una forma de llegar a necio dando un rodeo”.

El ministro Íñigo Méndez de Vigo jugó con las tramas de los grandes éxitos de Mendoza e hiló un discurso entretenido y típicamente campechano para referirse a la vida y obra del homenajeado, y desde luego sin aludir a las deficiencias humanísticas en las aulas españolas que ha denunciado el escritor. “Es posible que su aportación más notable a las letras del momento sea esa lección: que leer a un autor es un ejercicio entretenido en sí, y que nada obliga al lector a catalogar lo que está leyendo según unos parámetros previamente establecidos”, leyó Méndez de Vigo, que también aprovechó para ironizar sobre los intereses de los funcionarios.