Antropología

Por qué éramos caníbales, pero ya no

Razones biológicas y culturales están detrás tanto del origen del canibalismo como del fin de esta práctica, hoy tan repugnante en la realidad como atractiva en la ficción.

Otra imagen de la hambruna rusa de 1921: ciudadanos de Bouzuluk posan con restos humanos devorados.

Otra imagen de la hambruna rusa de 1921: ciudadanos de Bouzuluk posan con restos humanos devorados.

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En 1536, el Adelantado Pedro de Mendoza, al servicio del emperador Carlos V, fundó el primer asentamiento de lo que sería la ciudad de Buenos Aires. La empresa estuvo plagada de complicaciones: terreno insalubre, enfermedades, enfrentamientos con los indígenas y, la más insalvable, el hambre. "Así aconteció que llegaron a tal punto la necesidad y la miseria que por razón de la hambruna ya no quedaban ni ratas, ni ratones, ni culebras, ni sabandija alguna que nos remediase en nuestra gran necesidad e inaudita miseria; llegamos hasta comernos los zapatos y cueros todos", rememoraría años después el mercenario alemán Ulrico Schmidl en su crónica Viaje al Río de la Plata (1534-1554).

Schmidl narró que, movidos por la desesperación, tres españoles robaron un caballo y se lo comieron. Cuando su delito trascendió, fueron torturados hasta la confesión y después ejecutados en la horca. La crónica del alemán se interna en un terreno más truculento: "Esa misma noche otros españoles se arrimaron a los tres colgados en las horcas y les cortaron los muslos y otros pedazos de carne y cargaron con ellos a sus casas para satisfacer el hambre".

El de la fundación de Buenos Aires no es el único episodio de canibalismo documentado en las crónicas históricas españolas, pero tal vez habría sido silenciado de no ser por el relato de Schmidl. Su impacto fue mayor al ir acompañado por una macabra ilustración del grabador flamenco Theodor de Bry, una imagen que quizá nunca se habría publicado si la obra se hubiese editado en España y no en Fráncfort.

El grabado de Theodor de Bry sobre el canibalismo español en Buenos Aires.

El grabado de Theodor de Bry sobre el canibalismo español en Buenos Aires.

Relatos como éste alimentaron la Leyenda Negra de la colonización española para ingleses y franceses, sin reconocer que ellos también tuvieron lo suyo: en 2013 el hallazgo de los huesos de una niña canibalizada en Jamestown, el primer asentamiento permanente de Inglaterra en América, confirmó los sucesos narrados en documentos de la época que algunos expertos habían cuestionado hasta entonces, y que hablaban incluso de un hombre que había matado, "salado" y devorado a su mujer embarazada.

Caníbales de toda la vida

Lo cierto es que el ser humano contempla una larga tradición de antropofagia. Los neandertales fueron caníbales, como también los Homo antecessor de Atapuerca y nuestros antepasados los primeros sapiens, tanto en África como en Europa. "Según mis cálculos, entre el 25% y el 30% de los yacimientos de neandertales y Homo sapiens sugieren que se practicaba el canibalismo", señala a EL ESPAÑOL la investigadora del Museo de Historia Natural de Londres Silvia Bello. "Para mí, éste es un porcentaje alto; creo que era más común de lo que pensamos", añade. Bello ha dirigido el estudio de los restos hallados en la cueva británica de Gough que demuestran el canibalismo de los sapiens hace 15.000 años, en el Paleolítico Superior.

Los investigadores debaten si el canibalismo ha sido algo general en la historia de nuestra especie. Para certificar su existencia en un yacimiento prehistórico, suele requerirse la demostración de que las marcas en los huesos humanos coinciden con las de otras presas, pero en ocasiones no hay restos animales. "El canibalismo no siempre se acepta fácilmente", dice Bello. En 2003, un estudio afirmaba que esta práctica ha dejado huella en nuestro genoma: la proteína prión, causante de una enfermedad humana similar al mal de las vacas locas, tiene una variante muy común que protege contra la infección causada por la ingesta de cerebros afectados. Según los autores, esta resistencia surgió y se extendió a fuerza de cientos de miles de años de canibalismo. Sin embargo, estudios posteriores han cuestionado la validez de los datos.

Y en el fondo, ¿por qué el animal humano iba a ser diferente a otros muchos? Es muy popular el caso de la hembra mantis que devora a su pareja, pero de hecho el canibalismo se ha descrito en al menos unas 2.000 especies. Y en todas sus modalidades, más allá de la sexual: no faltan las madres que devoran a sus crías o viceversa, o incluso los hermanos que se comen entre sí antes de salir del útero materno, como en el tiburón toro.

La obra Festín canibal en la isla de Tanna, de Charles E. Gordon Frazer (1863-1899)

La obra Festín canibal en la isla de Tanna, de Charles E. Gordon Frazer (1863-1899)

Es evidente que la carne de los semejantes es una rica fuente de proteínas para tiempos de vacas flacas: lo llaman el mecanismo del bote salvavidas. "Imagino que lo hacen porque no encuentran otra cosa, de ahí lo del bote", apunta a EL ESPAÑOL el investigador Philipp Getto, del Centro Vasco de Matemáticas Aplicadas de Bilbao. Los modelos matemáticos desarrollados por Getto para los peces muestran que "el canibalismo ofrece ventajas a los individuos y a la población cuando la comida para los adultos es limitada". Así, algunos científicos sugieren que la conducta caníbal es ventajosa y que, por tanto, la evolución la ha mimado.

No obstante, el canibalismo como estrategia de supervivencia es materia de discusión entre los científicos, ya que ni mucho menos ocurre sólo en situaciones de escasez: en muchas especies es parte de la interacción ecológica normal. A veces, como en los peces, el cuidado parental de las crías coexiste en total armonía con la opción alternativa de devorarlas. Sobre el porqué del canibalismo en la naturaleza hay hipótesis variadas, dado que los casos son muy diversos. Algunos científicos opinan que la relación entre los beneficios y los costes favorece una tasa de canibalismo baja, o que es una etapa transitoria en la evolución. Su presencia como algo muy extendido, pero poco común, sugiere que algo lo mantiene a raya; tal vez la elevada posibilidad de transmisión de patógenos, como en el caso de los priones. "Si tienes otra opción, imagino que el canibalismo no parece saludable", insinúa Getto.

¿Antropofagia es cultura?

Claro que en los humanos siempre es todo más complicado. El hecho de que las víctimas de canibalismo en el Homo antecessor fueran sobre todo niños llevó a los investigadores de Atapuerca a equipararlo con el caso de los chimpancés, que matan a los más débiles del grupo rival para triunfar en la competición por los recursos. El del Homo antecessor sería un ejemplo de canibalismo de supervivencia, como también ocurrió con los humanos modernos de Gough. "La ocupación de la cueva se produjo durante un breve período interglacial, así que las condiciones todavía eran muy duras", comenta Bello.

Pero también en la cueva de Gough aparece un factor exclusivo de los humanos: el canibalismo cultural. Aquellos antepasados del Paleolítico se permitían el tétrico refinamiento de utilizar la tapa de los sesos de sus víctimas como copa. "La presencia de estas copas de cráneo indica una conducta más ritual", dice Bello. "Al menos en otros dos enclaves, Le Placard e Isturitz, al suroeste de Francia, también hay pruebas de canibalismo y copas de cráneo, lo que sugiere un comportamiento cultural común en las poblaciones magdalenienses".

Copa-cráneo de la cueva de Gough

Copa-cráneo de la cueva de Gough

Y desde entonces, el ser humano ha flirteado con el canibalismo en torno a estas dos razones, dejando aparte los casos de desviaciones psiquiátricas al estilo Hannibal Lecter. La supervivencia ha sido la motivación en multitud de episodios históricos, desde las Cruzadas -incluyendo, según la literatura, al famoso Ricardo Corazón de León- al sitio de Leningrado o las hambrunas del siglo XX en la URSS y China, pasando por naufragios varios –la "ley del mar"– o el accidente aéreo de los Andes en 1972. Por otro lado, muchas etnias han practicado el canibalismo cultural, incluso como un gesto de respeto al finado: en Papúa Nueva Guinea, "los parientes muertos eran ingeridos, sobre todo por las mujeres", indica a EL ESPAÑOL la profesora emérita de antropología de la Universidad de la Ciudad de Nueva York Shirley Lindenbaum.

Pero si la idea del canibalismo nos trae a la mente la imagen del misionero en la olla, estamos muy equivocados. Curiosamente, y del mismo modo que ingleses y franceses hicieron caldo del canibalismo de los españoles, éstos enarbolaron la presunta antropofagia de los indígenas -quienes, de hecho, pensaban que los caníbales eran los españoles- para defender su labor de cristianización. Según expone a EL ESPAÑOL la profesora de literatura inglesa de la Universidad de Nueva Inglaterra (Australia) Louis Noble, la idea del caníbal "era una parte de un intento más amplio de construir a los habitantes originales del Nuevo Mundo como salvajes primitivos e incivilizados, inferiores a los supuestamente civilizados europeos cristianos, como justificación de la colonización".

Polvo de momia

Lo cual resulta aún más paradójico teniendo en cuenta que en la vieja Europa medieval floreció el comercio de remedios terapéuticos que incluían partes humanas. Esta siniestra medicina comenzó con el polvo de momias egipcias, para después extenderse al consumo de todo tipo de tejidos humanos robados de los cementerios. "El uso del cuerpo humano para fines médicos puede verse como una forma de canibalismo que estaba muy extendida en la cultura europea de los siglos XVI y XVII", explica Noble, autora del libro Medicinal Cannibalism in Early Modern English Literature and Culture (Palgrave Macmillan, 2011). El canibalismo medicinal era mano de santo para todo tipo de dolencias, desde el sangrado de nariz hasta la gota. Según Noble, en 1910 un catálogo farmacéutico alemán todavía incluía momia entre sus productos.

Todo ello revela que los humanos hemos tenido siempre una relación ambigua con el canibalismo. Los expertos coinciden en que los motivos culturales lo han mantenido vivo hasta fechas recientes -y tal vez aún hoy, al menos en los Korowai de Nueva Guinea-, mientras que son también estas razones las que lo convirtieron en tabú. Esta extraña ambigüedad se refleja en la doctrina cristiana de la transubstanciación: "Por la consagración del pan y del vino se opera la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre", dice el catecismo de la Iglesia Católica, citando el Concilio de Trento. Martín Lutero lo calificó como "una idea monstruosa", y para la Iglesia Anglicana es "repugnante".

Canibalismo en Rusia durante la hambruna de 1921.

Canibalismo en Rusia durante la hambruna de 1921.

Hoy, para muchos, el canibalismo es el crimen más execrable; y por insólito que parezca, en muchos países europeos y en EEUU no está expresamente condenado por la ley. En España suele interpretarse como un delito cubierto por el artículo 526 del Código Penal, que establece leves penas de prisión de tres a cinco meses o multas de seis a diez meses para quien "faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos". Ni mención a la ingesta. Tampoco está tipificado en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, la biblia de la psiquiatría.

La otra cara de la moneda es su gran éxito como argumento de ficción: la pasión por el género zombi o los numerosos fansites de Hannibal Lecter en internet revelan el insano morbo que el canibalismo parece suscitar. En el reciente Festival de Cannes 2016, hasta cinco películas han hincado el diente al tema de la antropofagia, tal como se conocía antes de que el mismísimo Cristóbal Colón confundiera el nombre de los indios caribes con canibas o caníbales. Una aportación al léxico global por gentileza de la patria del Homo antecessor.