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El avión se acerca a la pista de aterrizaje y el espectáculo comienza. Al otro lado de la ventanilla, disfrutamos del primer contacto visual con la isla de fuego y hielo. Aquí, en el confín del Atlántico Norte, entre glaciares milenarios y campos de lava, Islandia se ha consolidado como uno de los destinos más fascinantes de Europa, y con razón.

Con menos de medio millón de habitantes y una naturaleza prácticamente intacta, el país concentra en un territorio relativamente pequeño algunos de los paisajes más extremos del planeta: volcanes activos, géiseres, cascadas monumentales y la mayor masa glaciar de Europa fuera del Ártico nos esperan.

Utilizamos Reikiavik, su capital, como campo base. La pequeña urbe funciona como puerta de entrada a un destino donde las distancias engañan y el clima, siempre cambiante y caprichoso, forma parte esencial de la experiencia.

Erupción del géiser Strokkur por la noche con auroras boreales de fondo.

Erupción del géiser Strokkur por la noche con auroras boreales de fondo. iStock

Desde aquí, y en una excursión de un día, partimos hacia el llamado Golden Circle o Círculo Dorado, la ruta más popular del país y la mejor carta de presentación para el viajero primerizo.

Un itinerario circular de unos 230 kilómetros que, accesible durante todo el año y perfectamente señalizado, concentra tres iconos naturales: el Parque Nacional de Thingvellir, el área geotérmica de Géiser y la cascada Gullfoss. Entendamos por qué Islandia es uno de los destinos imprescindibles para los amantes de la naturaleza y la aventura.

Entre dos continentes

El parlamento más antiguo del mundo se creó en el año 930 aquí en Islandia. Y su fundación tuvo lugar en la que es la primera parada en la ruta que nos ocupa.

Thingvellir es un auténtico símbolo nacional, un espectacular escenario declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco cuyo paisaje deja sin palabras a quienes lo visitan por vez primera. Para entender su importancia, hay que tirar de imaginación, recrear mentalmente aquellos veranos en los que los clanes islandeses acampaban en torno a este lugar para dictar leyes y resolver disputas al aire libre.

Se puede bucear en mitad de la falla entre América y Europa.

Se puede bucear en mitad de la falla entre América y Europa. iStock

Aquellas asambleas se desarrollaban en este anfiteatro natural, entre paredones de lava y llanuras cubiertas de musgo. No podían haber elegido un lugar más especial.

Sin embargo, su importancia va mucho más allá de la memoria política. Y es que Thingvellir se asienta justo sobre la dorsal mesoatlántica, el punto donde las placas tectónicas de América del Norte y Eurasia se separan lentamente, apenas unos centímetros al año.

Por eso caminar por la falla de Almannagjá es, literalmente, pasear entre dos continentes. A su alrededor, lagos de agua cristalina como Þingvallavatn, el mayor del país, pero también cascadas como Öxarárfoss y una iglesia, Þingvallakirkja, una de las primeras de Islandia.

¿Un dato para los más atrevidos? Es posible practicar buceo entre ambas placas tectónicas.

El Gran Geysir en Islandia.

El Gran Geysir en Islandia. iStock

El padre de los géiseres

Unos 47 kilómetros al este de Thingvellir, tras avanzar por una carretera flanqueada de paisajes imposibles en las que las montañas y valles, el cielo y la tierra, adquieren un aspecto único, como si el planeta se acabara de crear, alcanzamos la segunda parada.

Nos adentramos entonces en el área geotérmica de Haukadalur, el lugar donde la tierra respira. Y es entonces cuando nos topamos con el géiser genuino, el original. El que dio nombre a todos los géiseres del mundo. El Gran Geysir, documentado desde el siglo XIII y capaz, en sus momentos de mayor actividad, de lanzar columnas de agua hirviendo a más de 60 metros de altura, hoy está mucho más relajado.

¿La razón? Los turistas, creyendo que podían despertarlo lanzando piedras sobre el orificio desde el que estallaba, acabaron por taponarlo... poniendo fin a un fenómeno único de la naturaleza.

Sí sigue activo, sin embargo, Strokkur, que estalla cada pocos minutos con una precisión casi perfecta. Hay que observar con atención: el agua azulada tiembla y se abomba, acaba por escupir un cañón blanco que arranca exclamaciones de propios y extraños.

Géiser de Strokkur, en Islandia.

Géiser de Strokkur, en Islandia. iStock

Alrededor, las sorpresas siguen: fumarolas y pozas minerales que tiñen el suelo de ocres y azufres nos recuerdan que Islandia se asienta sobre uno de los sistemas volcánicos más activos del mundo.

El poder del agua

Y cuando creemos que hemos visto las mayores maravillas en la ruta, cuando pensamos que ya nada nos va a sorprender, llega Gullfoss y nos deja con la boca abierta —y la memoria del móvil colapsada–.

Un fascinante paisaje que ya se intuye mucho antes de llegar a él: el sonido atronador de esta inmensa cascada, y el vapor de agua que provoca la caída de 32 metros de su caudal, impresionan desde lejos.

"La cascada dorada", llamada así por el tono ámbar que adquiere el agua cuando el sol la atraviesa, se precipita en dos saltos sobre el río Hvitá antes de continuar hacia un
profundo cañón de piedra basáltica.

La cascada de Gullfoss en Islandia.

La cascada de Gullfoss en Islandia. iStock

Una larga escalinata permite bajar, con mucho cuidado, hasta la zona de rocas cercana al corazón de la cascada, desde donde sentir con mayor fuerza el poder de la naturaleza.

Pero, más allá de su espectacularidad, Gullfoss simboliza también la temprana conciencia medioambiental del país: a comienzos del siglo XX estuvo a punto de ser explotada para generar energía hidroeléctrica, pero la oposición local encabezada por Sigríður Tómasdóttir, hija del propietario de las tierras donde se halla, logró frenar el proyecto y preservar, por suerte, el salto de agua tal y como hoy lo conocemos, regalándonos esta última parada en nuestra ruta por el Círculo Dorado.

Tras el mágico colofón de Gullfoss, será el momento de regresar a Reikiavik.