Una niña de Daulatdia, de espaldas, mientras otra mujer la peina en una de las habitaciones del burdel.

Una niña de Daulatdia, de espaldas, mientras otra mujer la peina en una de las habitaciones del burdel. Smita Sharma / "We Cry in Silence"

Reportajes

Engordadas para el burdel: la pastilla que convierte a niñas de Bangladés en adultas ante clientes, madames y policías

Oradexon, una marca barata de dexametasona, hincha cuerpos infantiles, facilita fraudes etarios y perpetúa explotación mediante deudas impagables.

Otras historias: Meta, condenada a pagar 375 millones de dólares por facilitar la explotación sexual infantil a través de sus plataformas

Jakob Viñas
Publicada

Rumi tiene edad de escuela primaria. Cada mañana, en una habitación de chapa ondulada de Daulatdia, la mujer que la compró le pone en la mano dos comprimidos blancos y un vaso de agua.

Rumi no sabe que se llaman Oradexon. Sabe que debe tragarlos. Sabe que su cara ha cambiado desde hace semanas, que tiene más hambre, que el cuerpo se le hincha y vuelve extraño. Y sabe que cada día empieza con la misma elección: la pastilla o el castigo.

No es su nombre real. Y es un patrón que organizaciones y reportajes internacionales llevan años documentando: niñas pobres, captadas con promesas de trabajo, vendidas a una madame, endeudadas antes de entender qué significa una deuda y medicadas para que su cuerpo mienta por ellas.

Para entender cómo una niña llega a esa habitación, hay que remontar el río Padma unos meses atrás, hasta una casa de barro en el mismo distrito de Rajbari, en Bangladesh.

La falsa oferta

La familia de Rumi dependía de lo que otros estuvieran dispuestos a pagar por una jornada de trabajo. Cuando había arrozal, carga o barro que mover, comían. Cuando no, comían menos.

Bangladesh ha crecido durante dos décadas y su industria textil viste a medio mundo, pero esa prosperidad no llega de la misma manera a las casas que viven pendientes de una crecida. Una mala temporada no arruina solo una cosecha: puede abrir la puerta a la pobreza extrema… y a un intermediario.

El hombre apareció después. No llegó como un criminal, sino como una solución. Dijo que conocía una casa en la ciudad, que necesitaban una niña para tareas domésticas, que comería bien, que enviaría dinero a la familia.

Y les ofreció un adelanto en efectivo.

Una boca menos que alimentar. Para unos padres sin tierra, sin ahorros y sin margen, la oferta no sonó como una venta, sino como una salida.

El informe de trata de personas de 2025 sobre Bangladesh sigue describiendo esta misma mecánica: falsas ofertas de empleo a mujeres y menores que terminan en explotación sexual o laboral.

Ese es uno de los mecanismos más antiguos de la trata: no empieza siempre con una pistola. A veces empieza con una promesa pronunciada en el momento exacto, ante una familia que ya lo ha perdido casi todo.

Al final del viaje de Rumi no había ninguna casa donde limpiar. Había un laberinto de barro, chapa y humo junto a una de las rutas fluviales más transitadas de Bangladesh. Había hombres esperando. Había habitaciones alineadas.

Había una madame que ya había pagado por ella.

Esclavas por deuda

Daulatdia no parece un burdel si uno se fija solo en la superficie. Parece un pueblo: callejuelas, puestos de comida, niños, saris de colores, gallinas, cables, hombres que van y vienen.

Pero todo está organizado alrededor del mismo negocio.

Situado a unos cien kilómetros al oeste de la capital de Bangladesh, Daca, en el cruce de rutas de río y ferrocarril, Terre des hommes, la conocida organización humanitaria internacional sin ánimo de lucro dedicada a la defensa de los derechos de la infancia y de los jóvenes, describe Daulatdia como el mayor burdel de Bangladesh y uno de los mayores del mundo.

Las estimaciones más citadas hablan de entre 1.300 y 2.000 mujeres y niñas prostituidas y unos 400 niños y niñas viviendo dentro o alrededor del recinto, junto a uno de los puertos de ferry más concurridos del país.

Las cifras varían porque no existe un censo fiable y porque una parte esencial del negocio consiste precisamente en no dejar rastro.

Rumi lo vive de otra manera. Ve pies en el barro. Ve hombres que preguntan precios. Ve mujeres que comen deprisa. Ve niños que juegan al lado de habitaciones donde ningún niño debería estar. Ve un lugar demasiado grande para entenderlo.

La primera noche, todavía espera que alguien venga a buscarla. La tercera, la mujer que la compró le habla de una deuda. La comida cuesta. La cama cuesta. La ropa cuesta. El jabón cuesta. También las pastillas.

El brazo lastimado de una de las niñas de Daulatdia, donde mujeres y menores viven expuestas a la explotación y la violencia.

El brazo lastimado de una de las niñas de Daulatdia, donde mujeres y menores viven expuestas a la explotación y la violencia. Smita Sharma / "We Cry in Silence"

Todo lo que Rumi necesita para seguir viva se suma al precio que deberá devolver con su propio cuerpo. Se denominan chhukri, trabajadoras en deuda, vendidas a cambio de un pago inicial que después deben saldar durante años.

Crece con cada plato, cada noche, cada medicina, cada día sin clientes. Si Rumi no trabaja, debe más. Si enferma, debe más. Si intenta marcharse, debe más. Incluso si obedece, también.

La madame, además, necesita papeles. En Bangladesh, el sexo comercial en burdeles registrados está tolerado para mujeres adultas bajo condiciones de edad y consentimiento.

Sobre el papel, una niña no puede estar allí. Pero los papeles también pueden mentir.

El informe de trata de 2025 afirma que en burdeles registrados algunos policías aceptan sobornos para ignorar abusos, omiten controles de edad o facilitan documentación fraudulenta incluso para niñas de apenas diez años.

El mismo informe señala que los menores sin certificado de nacimiento son especialmente vulnerables: sin ese documento, la infancia puede borrarse con una firma falsa.

Pero, todo esto tiene raíces coloniales.

Durante el Raj británico, la prostitución fue regulada alrededor de las tropas mediante normas como la Cantonment Act de 1864 para regular el trabajo de estas mujeres y la Contagious Diseases Act de 1868: a partir de este momento, las trabajadoras sexuales pasaron de ser percibidas como creadoras de cultura o entretenimiento (como las antiguas baijis) a ser catalogadas por las autoridades como criminales y focos de infección social.

Las mujeres eran registradas e inspeccionadas no para protegerlas, sino para preservar la salud de los soldados. Burdeles admitidos, mujeres fichadas, policías, papeles y cuerpos administrados por otros: la forma cambia; el fondo persiste.

Bangladesh cuenta desde 2012 con una norma de prevención y represión de la trata que incluye cadena perpetua en supuestos de explotación organizada, y en 2019 se adhirió al Protocolo de Palermo. La arquitectura legal está escrita.

El problema es lo que ocurre entre el papel, la comisaría y la puerta detrás de la cual duerme Rumi.

Dexametasona sin control

Y detrás de esa puerta están los comprimidos.

Oradexon. En la farmacia, una tira de diez comprimidos cuesta poco más de diez takas. Su principio activo es la dexametasona, un corticoide incluido en la lista de medicamentos esenciales de la OMS.

En junio de 2020, la organización reconoció los resultados del ensayo RECOVERY: el fármaco fue señalado como el primer tratamiento capaz de reducir la mortalidad en pacientes hospitalizados con COVID-19 grave, cerca de un tercio en los que necesitaban ventilación mecánica y una quinta parte en quienes recibían oxígeno.

Bien administrada, la dexametasona puede salvar una vida. Fuera de control médico, puede deformarla.

Sus efectos sobre un cuerpo en crecimiento son conocidos: puede aumentar el apetito, favorecer la ganancia de peso, redondear la cara, alterar el metabolismo.

Con uso prolongado puede causar osteoporosis, problemas de visión y alteraciones del crecimiento en niños y adolescentes.

Suspenderla abruptamente puede provocar vómitos, fiebre, debilidad y confusión. En Daulatdia, esos efectos secundarios no son un accidente: son el objetivo.

La cara hinchada, el tronco más redondo, el cuerpo que gana volumen. La niña que deja de parecer niña durante unos minutos ante un hombre que prefiere no preguntar.

Rumi no sabe nada de eso.

Lo que nota es más simple: tiene hambre. Su cara se hincha. La ropa le aprieta. Su cuerpo deja de parecerle suyo. La mujer que la compró observa el cambio como se observa una inversión que empieza a rendir. El cliente no pregunta. El policía no mira. La madame cobra.

El sistema completo descansa en esa posibilidad: que todos puedan fingir que Rumi es mayor de lo que es.

La molécula no tiene moral propia. El problema empieza cuando una medicina sale del cuidado y entra en un mercado donde los cuerpos pobres pertenecen a quien paga por ellos. Cuando no la prescribe un médico, sino una madame. Cuando no se administra sobre un paciente, sino sobre una niña que no puede decir que no.

Para Rumi, salir o escapar no significa simplemente abrir una puerta.

¿Adónde iría? Su familia no sabe dónde está, o cree que trabaja en una casa, o recibió un adelanto que ya gastó.

La venta de una niña no rompe solo su presente: rompe también el camino de vuelta.

Los informes sobre trata en Bangladesh señalan que los niños que crecen en distritos de prostitución rara vez logran escapar, y que las víctimas infantiles de explotación sexual sufren más violencia, más enfermedad y peores condiciones que las mujeres adultas que ya la ejercen "voluntariamente".

Si algún día salda la deuda, Rumi saldrá con un cuerpo modificado, sin escuela, sin oficio, sin red, ante la misma economía que la atrapó.

Muchas mujeres se quedan porque no hay otra salida material.

Algunas envejecen dentro. Otras, con los años, compran también una niña. El sistema no necesita guardianes en cada puerta: se reproduce porque convierte a las víctimas de hoy en las administradoras posibles de mañana.

A pocos metros de su habitación viven otros niños: los que nacieron dentro del burdel. Durante décadas, muchos fueron invisibles para el Estado porque no podían inscribir a un padre desconocido. Sin certificado de nacimiento no había escuela fácil, ni pasaporte, ni prueba sólida de edad.

En febrero de 2026, esos niños obtuvieron por primera vez certificados de nacimiento, dentro de una campaña que registró a más de 700 menores en Daulatdia y en otros burdeles del país. El papel no los saca del barro ni cierra las habitaciones.

Pero concede algo elemental: una edad que pueda probarse. La misma que Rumi no tiene.

Terre des hommes trabaja en Daulatdia con niños y adolescentes expuestos a la explotación, con apoyo psicosocial y espacios protegidos en un entorno de drogas, acoso y riesgo permanente.

Rumi podría cruzarse con alguno de esos niños sin saber que representan una grieta: una clase, una pelota, una libreta. En un lugar construido para convertir cuerpos en mercancía, una escuela es algo más que una escuela: es una interrupción al sistema, es esperanza.

En febrero de 2020, Hamida Begum, trabajadora sexual de Daulatdia, recibió un funeral islámico formal con oración pública.

Hasta entonces, las mujeres del burdel habían sido enterradas sin rito, a escondidas, por la noche. Aquel funeral no desmanteló el sistema, pero demostró que incluso allí una costumbre podía llegar a romperse.

Cada certificado de nacimiento, cada aula, cada mujer que se niega a entregar a su hija: grietas pequeñas en este muro antiguo iniciado por el colonialismo.

Un mes después de aquel funeral, la pandemia golpeó también Daulatdia. En los hospitales de todo el mundo, la dexametasona empezaba a ocupar titulares por su capacidad de salvar a pacientes graves de COVID-19.

En los burdeles, la misma molécula ya tenía otra historia: la de cuerpos pobres administrados por otros, la de niñas convertidas en adultas a la fuerza, la de una medicina arrancada del ámbito sanitario y puesta al servicio de la explotación.

El ferry sigue cruzando el Padma. Los hombres siguen llegando.

Y cada mañana, en una habitación de chapa ondulada, la mujer abre el blíster. Dos comprimidos blancos caen en la palma de Rumi. Ella se los lleva a la boca. Bebe. Traga.

Afuera, los niños juegan cerca de puertas que no deberían conocer.

Una escuela abre unas horas. Una ONG registra un nombre.

Una ley dice que una niña no puede estar allí.

Y, aun así, allí está Rumi.

*Jakob Viñas es director de orquesta y autor de la novela de ficción: 'Diosas y Demonios'.