La Fraternidad Sacerdotal San Pío X vuelve a desafiar a Roma con unas consagraciones episcopales previstas sin mandato pontificio.

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X vuelve a desafiar a Roma con unas consagraciones episcopales previstas sin mandato pontificio.

Reportajes

León XIV, ante el cisma de los "tradicionalistas" de la Sociedad de San Pío X: dan misa en latín y quieren sus propios obispos

Roma advierte de un "acto cismático": exmiembros, canonistas y sacerdotes explican la rebelión tradicionalista contra el Papa y el Vaticano II.

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En Écône, un pequeño pueblo suizo rodeado de montañas, la ceremonia parecía una misa solemne más. Había ornamentos, latín, silencio, gestos antiguos, manos impuestas sobre cabezas inclinadas. Cuatro sacerdotes estaban a punto de convertirse en obispos.

Pero aquella mañana de 1988 no era una ceremonia normal. Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, estaba haciendo exactamente lo que Roma le había prohibido: consagrar obispos sin mandato pontificio. Para sus seguidores, fue un acto de supervivencia. Para la Iglesia Católica, una desobediencia frontal al Papa.

38 años después, todo indica que la escena puede repetirse. La Fraternidad prevé nuevas consagraciones episcopales el próximo 1 de julio y Roma ya ha advertido de que ese gesto constituiría un "acto cismático".

La Sociedad de San Pío X que puede provocar una nueva escisión en la Iglesia Católica

El desafío llega en los primeros meses del pontificado de León XIV, que hereda una de las carpetas más delicadas que Roma arrastra desde hace décadas: la relación con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

No se trata solo de una discusión sobre sotanas, velos o misa en latín. Tampoco de una pelea estética entre una liturgia antigua y otra moderna.

Detrás hay una disputa mucho más profunda: quién tiene autoridad para interpretar la Tradición, qué lugar ocupa el Concilio Vaticano II y hasta dónde puede llegar una comunidad que dice obedecer a Roma, pero actúa al margen de Roma.

La pregunta que sobrevuela el caso es sencilla y brutal: ¿puede una comunidad decir que sigue dentro de la Iglesia mientras consagra sus propios obispos contra la voluntad del Papa?

Fuentes canónicas consultadas por EL ESPAÑOL explican que una consagración episcopal sin mandato pontificio puede ser válida desde el punto de vista sacramental, pero ilícita desde el punto de vista jurídico. Es decir: puede producir realmente un obispo, pero a través de un acto gravemente prohibido por la Iglesia.

Una fuente que enseña Derecho Canónico en Roma lo resume de forma pedagógica: si un obispo consagra sin permiso del Papa, "lo ha consagrado obispo". No es nulo. Pero ha cometido "una desobediencia de primer orden".

Pascal Schreiber, de nacionalidad suiza; Michael Goldade, estadounidense; Michel Poinsinet de Sivry, francés; y Marc Hanappier, también francés, los cuatro sacerdotes que la Fraternidad San Pío X prevé consagrar obispos el 1 de julio.

Pascal Schreiber, de nacionalidad suiza; Michael Goldade, estadounidense; Michel Poinsinet de Sivry, francés; y Marc Hanappier, también francés, los cuatro sacerdotes que la Fraternidad San Pío X prevé consagrar obispos el 1 de julio. FSSPX

Esa desobediencia, explican las mismas fuentes, acarrea la excomunión automática para quien consagra y para quien es consagrado. No hace falta que haya primero un juicio. La pena se produce por el hecho mismo del acto.

La cuestión no afecta sólo a los obispos. Las mismas fuentes precisan que también podrían incurrir en cisma aquellos fieles que, de forma consciente y formal, se adhieran en la fe y en el culto a una autoridad cismática. No se trata, matizan, de una mera asistencia puntual a una celebración, sino de una adhesión estable a una ruptura con la comunión de la Iglesia.

Teodoro Bahillo Ruiz, profesor de Derecho Canónico y Teología en la Universidad Pontificia Comillas, precisa que la situación de la Fraternidad San Pío X antes del 1 de julio ya era irregular, aunque no formalmente cismática.

"No era ya cismática como fue en su momento, pero tampoco era regular", explica.

Durante años, Roma intentó una vía de acercamiento. Benedicto XVI levantó las excomuniones a los obispos consagrados en 1988. Francisco adoptó una línea más pastoral que jurídica y facilitó ciertos sacramentos celebrados por sacerdotes de la Fraternidad.

Juan Luis Lorda, sacerdote, doctor en Teología y profesor emérito en la Universidad de Navarra apunta que esa dificultad para llegar a un acuerdo estable ha sido una constante: la Fraternidad ha aceptado sentarse a negociar con la Santa Sede, pero los sectores más duros han terminado frustrando cualquier acercamiento cuando la discusión llegaba al núcleo del problema: la aceptación del Concilio Vaticano II y de la autoridad de los Papas posteriores.

Para Bahillo, el 1 de julio supondría "un gran paso atrás" respecto de ese intento de acercamiento. Una forma de profundizar una fractura que nunca terminó de cerrarse.

No era solo la misa

Lorda sostiene que Lefebvre se convirtió en una figura del tradicionalismo precisamente por aquel gesto de 1988.

"Ha hecho un gesto especialmente duro al ordenar obispos sin permiso de la Santa Sede”, explica. "Con eso se ha convertido en una figura más contestataria que muchas otras".

Para Lorda, el problema no empezó por la misa en latín, aunque la misa haya terminado convertida en su bandera más visible. El origen, sostiene, está en el Concilio Vaticano II y, en concreto, en la aceptación de la libertad religiosa.

"El problema original es una dificultad con un punto del Concilio Vaticano II, que es en concreto la libertad religiosa", explica. Es decir: la aceptación de que las personas tienen derecho a su libertad religiosa y que ese derecho debe respetarse también en los Estados.

Antes, recuerda Lorda, los Estados confesionales funcionaban con otra lógica. En un país católico se toleraba que hubiera protestantes, pero no necesariamente que tuvieran los mismos derechos públicos para difundir su culto.

El Concilio Vaticano II cambió el enfoque con la declaración Dignitatis Humanae.

"A nosotros nos parece obvio porque es lo que está establecido", dice Lorda. "Pero no era lo que se decía antes".

Ese punto, añade, es difícil de explicar hoy. Por eso, según el teólogo, la Fraternidad desplazó el foco hacia algo más visible y emocional: la misa.

"El problema de origen no era la misa. Y sigue sin ser la misa", insiste. "Cuando ellos hablan con la Santa Sede, el problema es si aceptan o no el Concilio. Pero cuando hablan con la gente, lo que dicen es que el problema está en la misa. Es falso".

La misa antigua, entonces, funciona como emblema. Pero la disputa real es otra: quién interpreta la Tradición, quién decide qué obliga a los católicos y qué autoridad conserva Roma sobre una comunidad que afirma obedecer al Papa mientras se prepara para actuar contra su mandato.

"La Iglesia tiene una unidad, y parte de la unidad de la Iglesia es esa", explica Lorda. "Los obispos tienen que estar en comunión con la Santa Sede".

Para la Fraternidad, en cambio, los obispos son una cuestión de supervivencia. Sin obispos no puede ordenar sacerdotes. Sin sacerdotes no puede sostener sus misas, sus sacramentos ni sus comunidades.

La vida dentro

Andrew Mioni lo explica desde dentro. Tiene 29 años, vive en Nueva York y pasó años en el entorno de la Fraternidad. Sus abuelos paternos y maternos se unieron a la Fraternidad en los años ochenta.

Sus padres crecieron en esas comunidades. Él llegó a la Academia St. Mary’s, en Kansas, cuando tenía 15 años.

Andrew Mioni, exalumno de la Academia St. Mary’s y antiguo miembro del entorno de la Fraternidad San Pío X.

Andrew Mioni, exalumno de la Academia St. Mary’s y antiguo miembro del entorno de la Fraternidad San Pío X. Cedida

Recuerda paredes antiguas, desconchadas, y piedra ennegrecida por el tiempo. Radiadores cubiertos de pintura, pizarras de un verde oscuro y libros que parecían llevar décadas allí.

"Era como si una escuela católica de los años 50 hubiera sido trasplantada a la actualidad", cuenta.

Los chicos vestían pantalón azul marino, camisa blanca y corbata. Las chicas llevaban vestidos largos de cuadros o chalecos y faldas largas. No se permitía que chicos y chicas confraternizaran entre sí. Los sacerdotes estaban en todas partes: daban clases, dirigían actividades, ejercían autoridad.

La capilla estaba dentro del campus.

Ese mundo, cuentan quienes lo conocieron desde dentro, no se reduce a una misa. Es una cultura completa: una forma de vestir, de educar, de rezar, de relacionarse con Roma y de mirar al resto de los católicos.

Louis Massett, quien hoy tiene 53 años, también creció en ese entorno y acaba de reconstruir aquella experiencia en el libro Traddyland: The Memoir of a Radical Traditional Catholic.

Su familia empezó a asistir a la Sociedad de San Pío X en 1982, cuando él tenía nueve años.

Su padre, Tom Massett, fue central para llevar la Fraternidad al centro de Nueva York: en 1985 invitó al obispo Richard Williamson a celebrar misa una vez al mes en una sede sindical de Syracuse. De esas misas nacería después la capilla local de la Fraternidad.

Louis Massett, junto a otros jóvenes del entorno de la Fraternidad San Pío X en Estados Unidos.

Louis Massett, junto a otros jóvenes del entorno de la Fraternidad San Pío X en Estados Unidos. Cedida

Para Massett, entrar en la Fraternidad fue un "shock cultural".

Las mujeres debían llevar vestido y cubrirse la cabeza en la iglesia. La televisión estaba bajo sospecha. La música rock era desaconsejada. Los domingos se iba a misa en latín. Por la noche se rezaba el rosario frente a una vela. El catecismo, recuerda, se estudiaba "como si fuera lo único que valía la pena estudiar".

Pero lo más revelador de su testimonio es otra cosa: la Fraternidad no era sólo una misa. Era una vida completa.

"La misa en latín era el centro gravitacional, pero todo lo demás se organizaba alrededor de ella: las amistades, los matrimonios, la educación en casa, los campamentos de verano", afirma Massett.

Salir de ahí, dice, no significaba simplemente cambiar de parroquia. Significaba romper con un mundo: los amigos, las rutinas, el cuarto donde se celebró la boda de una hermana, el sacerdote que escuchó la primera confesión.

"No era solo una misa. Era una vida entera", resume.

El miedo a salir

También lo describen así fuentes sacerdotales españolas consultadas por este periódico: sacerdotes que pasaron años en comunidades tradicionalistas vinculadas a la misa antigua y que ahora transitan, con cautela, su incorporación a estructuras diocesanas.

Piden no ser identificados. No quieren nombres ni detalles que permitan ubicarlos. Hablan en plural, como parte de un fenómeno más amplio: el de quienes entraron en ambientes tradicionalistas buscando belleza, disciplina, silencio y claridad, y terminaron descubriendo también una maquinaria de pertenencia difícil de abandonar.

Uno de ellos lo resume con una frase seca: "A estos grupos es muy fácil entrar, pero muy difícil salir".

La dificultad no es solo espiritual. También es material. Hay quienes han pasado años en esos entornos y, al salir, descubren que sus estudios no están reconocidos, que no tienen cotizaciones, que no saben dónde reinsertarse o que temen no ser aceptados por la Iglesia diocesana.

"Muchos tienen miedo de que la Iglesia oficial no los vaya a aceptar, o a querer, como que siempre uno va a tener ese estigma de haber pertenecido a estos grupos ultras", explica una de esas fuentes sacerdotales españolas.

El miedo a salir se mezcla con algo más íntimo: la vergüenza de reconocer que uno se equivocó.

"Está el orgullo propio de decir: si vuelvo al mundo, es como reconocer que me he equivocado", añade.

La palabra "mundo" no es casual. Dentro de estos ambientes, lo de fuera no se percibe simplemente como distinto. Se percibe muchas veces como peligroso, contaminado, espiritualmente sospechoso.

Mioni lo recuerda así: la Fraternidad se veía a sí misma como "la mejor". Sus escuelas, sus comunidades y sus enseñanzas eran presentadas como incontaminadas frente al resto de la Iglesia, considerada plagada de errores o incluso herejías.

"Un innegable complejo de superioridad impregna su entorno", afirma.

En una clase de Religión, Mioni escuchó una frase que todavía conserva en la memoria. Un sacerdote hablaba de la iglesia católica diocesana que estaba cerca. Dijo: "¿Esta gente de enfrente? No son católicos".

No era una anécdota aislada. Según su testimonio, en la escuela se dedicaban partes enteras del programa a explicar la "crisis de la Iglesia", la vida de Lefebvre, el Concilio Vaticano II y la historia de la Fraternidad.

Roma aparecía con nombres cargados de sospecha: "Roma modernista", "la Iglesia conciliar", "la Iglesia del Vaticano II".

Para ellos, dice Mioni, "era un hecho que la jerarquía estaba corrompida y que el Vaticano estaba comprometido".

Desde dentro, la Fraternidad insiste en que forma parte de la Iglesia Católica. Cualquier insinuación de que está fuera de ella provoca indignación. Pero, al mismo tiempo, critica constantemente a Roma, a la jerarquía y a la Iglesia posterior al Concilio.

Mioni lo formula así: han dividido la Iglesia en dos entidades distintas, la "Roma Eterna" y la "Roma Conciliar", y sostienen que ellos permanecen fieles a la primera.

Sus sermones, recuerda, muchas veces no se centraban en las lecturas del día ni en una virtud cristiana, sino en defender su postura y explicar los supuestos errores de Roma.

Gary Campbell, sacerdote católico, que también vivió desde dentro la Fraternidad, describe una atmósfera de pensamiento rígido y muy controlado. Había, dice, una expectativa constante de creer lo mismo y actuar de una determinada manera.

"Pensar por cuenta propia era visto como algo peligroso", sostiene.

Según Campbell, Roma era vista de una manera ambivalente: como autoridad legítima y, a la vez, como amenaza. El Papa y los obispos eran considerados nombrados por Jesucristo, pero, al mismo tiempo, supuestamente contaminados por los errores del Vaticano II.

Para él, la Fraternidad no se percibe como una parte más del mundo católico. "Creen que son el mundo católico, y que la Iglesia institucional sigue una religión diferente".

El Padre Gary Campbell, un sacerdote católico conocido por haber pertenecido y posteriormente abandonado la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

El Padre Gary Campbell, un sacerdote católico conocido por haber pertenecido y posteriormente abandonado la Fraternidad Sacerdotal San Pío X Cedida

Campbell va más lejos. Afirma que, en el ambiente que conoció, circulaban ideas extremas: antisemitismo, teorías sobre una conspiración masónica "encabezada por los judíos" y simpatías por políticas autoritarias de extrema derecha. En una de las casas donde trabajó, dice, llegó a encontrar canciones de marchas nazis entre la colección de CD.

No lo presenta como una anécdota aislada, sino como parte de una atmósfera intelectual cerrada, donde el laicado era visto muchas veces como ignorante, poco fiable y necesitado de guía clerical.

Ahí está una de las claves del conflicto. La Fraternidad no se vive desde dentro como una escisión. Se vive como una resistencia. No como una ruptura con la Iglesia, sino como una fidelidad a lo que consideran la verdadera Iglesia.

Por eso, cuando Roma advierte de una posible excomunión, muchos no lo reciben como una alarma. Lo reciben como una confirmación.

Mioni cree que las advertencias de Roma serán desestimadas e incluso ridiculizadas en los círculos de la Fraternidad. "Consideran que estos juicios son inválidos y carecen de fuerza legal", afirma.

Según él, el clima que rodea las consagraciones no es sombrío. Es casi festivo: "¿Listos para ser excomulgados? ¡Nos vemos en Écône!".

Campbell lo sintetiza con una frase: "Desde dentro, el cisma nunca parece cisma. Parece lealtad a la Iglesia real".

La vida dentro de la Fraternidad, según los testimonios recogidos, tenía también un componente de presión social. Mioni habla de una exigencia social muy alta. Quien no se adaptaba quedaba señalado.

"Si no cumplías con sus estándares, quedabas señalado, apartado", afirma.

El código de vestimenta femenino era especialmente estricto. La gente corregía a otras mujeres o las denunciaba si consideraba que lo infringían. "No existían tales normas de modestia para los hombres", precisa.

También había una fuerte desconfianza hacia las dudas. Según Mioni, la Fraternidad desaconsejaba cualquier cuestionamiento o desacuerdo. Las dudas eran presentadas como tentaciones. Quienes cuestionaban a la comunidad o a sus líderes eran tachados de "rebeldes".

"Quedan marginados socialmente", sostiene.

Recuerda el caso de un profesor que empezó a tener dudas, distribuyó material crítico con la postura de la Fraternidad y terminó perdiendo su trabajo.

Campbell utiliza una palabra más dura: habla de una atmósfera "sectaria". Según él, dentro de los círculos de la Fraternidad existía la idea de que Lefebvre había sido un santo y un profeta enviado por Dios, y que quien lo contradijera debía estar engañado o ser espiritualmente débil.

La dirección, sostiene, asumía "un aura de infalibilidad". La disidencia, dice, "ni siquiera se consideraba posible".

Cuando decidió irse, Campbell no lo hizo por la puerta principal. "Metí mis cosas en una bolsa y salí por una ventana en mitad de la noche", recuerda. Dice que el ambiente era tan tóxico que no sintió que pudiera marcharse libremente a plena luz del día.

En su testimonio, Campbell afirma además haber conocido al menos tres ocasiones en las que se habría violado el secreto de confesión para contener problemas internos. Es una acusación grave, que él sitúa dentro de una cultura de cierre de filas frente a la disidencia.

Massett conserva otra escena familiar extrema. Cuenta que, en 1985, cuando él tenía doce años, su hermana Lisa acudió al obispo Williamson porque su marido había empezado a golpearla. Según Massett, ella había sido educada para confiar en Williamson de forma absoluta.

La respuesta que él atribuye al obispo fue: "¿Qué son unos pocos golpes, cuando está en juego la salvación de tu marido y de tu hijo?". Lisa se quedó, afirma Massett, y las agresiones continuaron de forma intermitente durante años.

"Eso es lo que parecía la presión social dentro de la FSSPX en su día más duro, en mi familia", sostiene.

Para los sacerdotes, esa estructura también tenía un coste. Campbell recuerda una expectativa de actividad constante, viajes largos para llevar sacramentos a los fieles y un cansancio físico y mental que podía terminar en agotamiento.

"Si no podías soportar el ritmo, era culpa tuya", dice.

Pero ninguna de las fuentes niega que hubiera belleza. Mioni recuerda aquellas misas de niño como ceremonias de asombro y solemnidad, especialmente por la música y el rigor ritual.

"Los días festivos me parecían muy bellos", dice.

Massett habla también de una pertenencia intensa. Ser niño dentro de ese mundo, afirma, era sentirse "profundamente amado y profundamente sitiado". Belleza y asedio al mismo tiempo.

Louis Massett junto a Marcel Lefebvre durante su confirmación en Nueva York.

Louis Massett junto a Marcel Lefebvre durante su confirmación en Nueva York. Cedida Cedida

Ese matiz es importante. La Fraternidad no atrae sólo por rechazo. También atrae por lo que ofrece: silencio, rito, comunidad, doctrina clara, familias unidas, una forma de orden en una Iglesia que muchos perciben confusa.

Mioni no desprecia ese deseo. "El anhelo de reverencia, tradición y ortodoxia es sin duda admirable", afirma. "No culpo a nadie por pensar que puede encontrarlos en la Fraternidad".

Pero marca un límite: "Los deseos legítimos jamás pueden justificarse mediante la desobediencia y la separación".

Salir de ahí, para muchos, no es sólo salir de una capilla. Mioni cree que el principal candado es espiritual: "La principal razón por la que la gente duda en irse es porque les han dicho toda la vida que arriesgarían su alma si alguna vez se marcharan".

Incluso quienes ya aceptaron que la Fraternidad está equivocada, dice, sienten miedo de poner un pie en una iglesia diocesana.

"Tienen demasiado miedo de poner un pie en una iglesia diocesana porque les han dicho que allí ocurren todo tipo de sacrilegios", explica.

Casi todos, añade, repiten la misma frase cuando empiezan a hablar con otros que han salido: "Pensaba que era el único".

Aparecen entonces la ansiedad, la escrupulosidad, la culpa, el miedo. La sospecha de haber cedido a una tentación. La dificultad de volver a confiar en una Iglesia de la que durante años escucharon que estaba corrompida.

Massett sitúa el 1 de julio en esa misma lógica. Para él, los nuevos obispos no son figuras aisladas ni excepciones dentro del sistema. Son "los hijos más fieles del sistema".

A su juicio, el sentido profundo de las consagraciones es que un mundo eclesial entero, construido durante décadas fuera de la autoridad de Roma, busca perpetuarse.

La necesidad de obispos, insiste, no es simbólica. "Sin obispos, la Sociedad no puede ordenar sacerdotes. Sin sacerdotes, sus misas, sacramentos y parroquias se apagan".

Con obispos propios, en cambio, la Fraternidad puede continuar. Puede ordenar nuevos sacerdotes. Puede mantener escuelas, seminarios, capillas, familias, comunidades. Puede sobrevivir otros cuarenta años.

Lorda lo dice de otro modo. Si hay un punto fuerte en la tradición de la Iglesia, sostiene, es la unidad con el Papa.

Para el teólogo, la paradoja está en invocar la fidelidad a Roma mientras se actúa contra una orden expresa de Roma: "Quiero ser fiel y, para ser fiel, hago lo que me da la gana".

El 1 de julio, si las consagraciones se consuman, la Fraternidad San Pío X volverá a cruzar una frontera que Roma ya ha señalado. Para sus fieles, puede ser un acto de fidelidad. Para la Iglesia, un acto cismático.

Entre una mirada y otra se abre la grieta.

Y dentro de esa grieta, desde hace casi cuatro décadas, vive una comunidad que dice obedecer a Roma, pero no cuando Roma le dice que no.