María Jesús y su acordeón.

María Jesús y su acordeón.

Reportajes

María Jesús y su acordeón: "Adoro España; España es una, grande y fuerte. España es España. ¡Viva España!"

"Los políticos deberían gobernar pensando en el pueblo: en los taxistas, panaderos, médicos o los obreros bajo el sol".

"Que no permitan que España se vaya al garete; la política debe ser para que el pueblo viva bien, no para llenarse los bolsillos".

Más información: Quién es María Jesús y su Acordeón, la cantante que va como invitada a ‘Pasapalabra’

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De Ava Gadner se decía que era el animal más hermoso del mundo. En España, si hubiéramos de señalar al animal más tierno y entrañable, María Jesús y su acordeón sería firme candidata.

Es una folclórica del afecto. Un ser inasequible al desaliento que no lo ha tenido nada fácil a lo largo de su extensísima carrera, pero que ha sabido responder a los dolores y baquetazos con el corte de mangas de su sonrisa. Una filosofía existencial esquiva, tan seductores como son el rencor y la tirria.

María Jesús Grados es un fuego fatuo benidormense (si bien es de nacimiento cacereña). Lleva iluminando la capital del turismo nacional una vida y agradece a Dios sin descanso, persignándose con palabras y gestos, cada vez que menciona su suerte de poder seguir allí: en su casa, desde donde concede esta entrevista.

Es extraño y curiosamente sanador charlar con María Jesús porque esquiva hablar mal de nadie. Es como si la bilis le resbalara. Lleva un chubasquero vital contra la mala sangre.

Y uno duda si vino antes la jovialidad de la polka, el risueño flow de Princesa de acordeón y el chute de inocencia de Los Pajaritos, o un genoma que la empuja sin descanso a la vitalidad.

Practica así el elogio desmedido, siendo lo más, lo sumo, sus referentes: "Antonio Molina, Manolo Escobar, Joselito..." y huyendo de afirmaciones irreversibles sobre lo ínfimo o los desastres de la música actual, siempre lejos de flagelaciones: "Yo sobre el reguetón no digo nada porque no lo comprendo", asegura.

"Escucho la letra y digo, Dios mío, ¿qué está diciendo? No la entiendo. Entonces, no lo sé. Es como si me hablan en inglés y no sé inglés. Pues digo, uy, ¿qué estará diciendo? Pero le llega al corazón a los jóvenes. Por eso lo apruebo. Lo reconozco. Y los jóvenes tienen que estar en su era, este es su momento, su tiempo y hay que respetarlo".

Así toda la conversación. Con lo que, inevitablemente, a María Jesús la ayudarías con las bolsas de la compra, le pedirías, frente a un cafelito, que te contara chascarrillos de los viejos tiempos y la achucharías. Dan unas insoportables ganas de abrazarla hasta ver sus ojos saltar como un muñeco antiestrés. Acordeón inclusive.

María Jesús y su acordeón tocando en una residencia.

María Jesús y su acordeón tocando en una residencia. Cedida

Recién acaba de culminar María Jesús su última gira. Un proyecto impulsado por la compañía Aramark, con el que la artista ha recorrido 22 residencias de Navarra y Madrid, llevando su música a cerca de 3.000 residentes.

Es la Amaia de la tercera edad. La Dua Lipa de la canción popular. O la San Miguel de los yayos. Allí donde va La Niña de la Malvarrosa: triunfa.

P.— ¿Cómo se le ocurrió hacer la gira?

R.— Yo eso de las residencias lo he hecho toda la vida. Desde muy pequeñita he ido a residencias a tocar para las personas mayores, o a hospitales, o a colegios con niños con dificultades. Ahora, cuando los de Aramark me ofrecieron hacer esto de la gira la primera vez, me pareció una idea genial.

Y disfruté tanto, que este año me he lanzado a repetir. Yo, si te soy sincera, pensaba que no iba a ser tan impresionante... pero, ¡madre mía!, ha sido el mismo éxito o más que la primera vez.

P.— Aunque hablamos de residencias, se diría que está usted recordando la última gira de Bad Bunny.

Esto hay que vivirlo para poder decir lo que se siente, lo que te enriquece el corazón, lo que vives viendo a las personas volviendo a su juventud. Y después la suerte que tengo de que no había nadie que no me conociera, claro.

Pero lo más bonito era ver a ancianos que ya tenían demencia, o su cabecita ya no respondía a lo que es el día a día, y, sin embargo, escuchaban España cañí y se arrancaban. ¡Revivían!

P.— La situación de los mayores en las residencias es compleja. A veces se habla de gerontofobia, y tras la pandemia del COVID dio la sensación de que se tiene poco en cuenta a nuestros mayores. ¿Le da la sensación de que cada vez se les tiene menos respeto o se les arrincona más?

Sobre todo, les pediría a los hijos y a los familiares que no los olviden. Esas personas se lo merecen todo. Hace poco en Pamplona, una chica de 18 años me pidió un abrazo y me dijo: "He venido muchas veces a ver a mi abuelita, pero nunca la había visto sonreír y cantar como hoy con tus canciones". Eso es un chute de vida.

Se me saltan las lágrimas al ver a personas que no pueden hablar por su enfermedad, pero que con los ojos cantan mis temas. La música en las residencias es milagrosa. También quiero mandar todo mi cariño a los profesionales que los atienden allí; es un trabajo muy duro y se necesita dar mucho amor para estar día a día.

P.— Y, en el plano personal, ¿cómo anda? Sé que perdió a su madre y tuvo un accidente de coche hará poco más de dos años. Las desgracias nunca vienen solas...

La verdad es que, gracias a Dios, súper bien. En estos momentos ya más tranquilita de cosas como la pérdida de mi madre. Y eso que parece que te vas a recuperar enseguida, pero no, cuesta, cuesta.

Pero son cosas que se llevan en el corazón y, por lo demás, tengo salud y muchas ganas de seguir intentando mover esa colita de mi vida artística, disfrutarla y hacerla con todo el amor del mundo.

Público con carteles durante la actuación.

Público con carteles durante la actuación. Cedida

P.- Para alguien como yo, que tiene una clara tendencia al pesimismo, ¿qué me recomendaría para lograr esa actitud tan jovial y positiva que mantiene?

Toda la vida he sido una persona optimista, pero estoy segura de que cuando tengas mi edad lo vas a entender mejor; te saldrá de forma natural. Cuando tenía tus años veía esta etapa lejísimos, pero el tiempo pasa sin que te des cuenta y ya estoy aquí.

Ahora soy consciente de que me queda menos por vivir de lo que ya he dejado atrás, así que elijo disfrutar cada día como un regalo de Dios. Mi positividad consiste en eso: en dar las gracias siempre, vivir el presente y agradecer que el público me siga guardando un hueco en su corazón.

P.— De hecho, escuchando sus álbumes, como el mítico Pasodobles, se nota que esa forma tan luminosa de ver las cosas siempre ha estado volcada en su música.

Fíjate que cuando grabé aquel disco con doce pasodobles ni siquiera había cumplido los 14 años. Era muy jovencita y ya actuaba en los hoteles de Benidorm. Mucha gente asoció mi inicio con el éxito de Los Pajaritos, pero la realidad es que para cuando grabé ese tema yo ya tenía 38 LPs en el mercado con pasodobles, tangos, zarzuelas y valses.

Hubo una época en la que grababa cuatro o cinco discos al año. Con el bum de los cassettes, aquello se vendía como churros en las gasolineras.

P.— Es una barbaridad de producción musical. Viendo esa trayectoria, ¿en algún momento se planteó buscar un mayor virtuosismo técnico o hacer composiciones más complejas? ¿O siempre tuvo claro su camino en la música popular?

Desde que empecé con el acordeón a los siete u ocho años, me di cuenta de que la música que de verdad conmovía a las personas era la popular. Mi forma de tocar nunca ha buscado el concierto de conservatorio; yo interpreto lo que me sale de dentro.

Grandes acordeonistas han venido a escucharme y me dicen: "Es tu toque, María Jesús, eres tú". Es como cuando escuchas cantar a Manolo Escobar: todo el mundo sabe quién es en la primera nota. Me hubiera gustado estudiar más formalmente, pero me siento feliz porque, al ser mi público el popular, sé conectar con sus sentimientos.

P.— Es curioso el cambio generacional. Me da que a gente nacida en el siglo XXI le hablas de Antonio Molina, o Manolo Escobar, y no saben de quien se trata.

Totalmente. Yo hago pequeños homenajes en mis actuaciones a grandes artistas que tuve el honor de conocer y querer muchísimo, como el gran Antonio Molina. Canto Soy minero, un tema que ha marcado a varias generaciones, y cuando les pregunto a los jóvenes si saben quién es, se me quedan mirando en blanco. No lo conocen. Es una pena que se empiece a perder el recuerdo de estas personas.

Ahí está la responsabilidad de los padres. Deberían mostrarles a figuras como Antonio Molina o Juanito Valderrama —aunque luego no les encanten— porque es parte de la historia musical de nuestro país.

Los medios influyen mucho. Yo vivo pegada a la radio, la tengo encendida desde que me levanto a lavarme los dientes, y hoy en día se escucha muy poca música de antes. En las emisoras actuales solo suena lo que está de moda. Ves a niños de seis añitos haciendo los gestos del reggaetón con las manos y disfrutan, pero yo esa música urbana no la entiendo.

María Jesús actuando con su acordeón.

María Jesús actuando con su acordeón. Cedida

P.— Hablando de zagales, usted fue un gran referente de la música infantil con melodías muy alegres. ¿Se ha encontrado actualmente con canciones infantiles que le transmitan lo mismo que usted lograba?

Yo trabajé mucho en programas infantiles semanales e interpretábamos los éxitos del momento. Me encantan los temas de antes: las canciones de Xuxa o el Veo veo de Teresa Rabal.

Son temas preciosos, pero hoy pasa lo mismo: los niños no los conocen porque ya no están en la televisión ni en las nuevas tecnologías. Por suerte, tengo la gran fortuna de que Los Pajaritos se sigue poniendo en las guarderías 45 años después.

P.— Eso es un hecho, no hay nadie en este país que no tenga esa canción en su imaginario cultural. Con más de 50 álbumes a sus espaldas, ¿se ha sentido alguna vez atrapada por el éxito de Los Pajaritos o predomina el agradecimiento?

Súper agradecida, siempre daré gracias a Dios por haber tenido la suerte de que esa melodía llegara a mis manos. Curiosamente, yo no la iba a grabar. Me la dio su autor en Bélgica mientras grabábamos un programa de televisión. Al principio no tenía letra ni baile.

Cuando regresé a Benidorm y empecé a tocarla en los hoteles, como no podía bailar por llevar el acordeón a cuestas, animaba a la gente diciéndoles: "¡Venga, las manos arriba!".

La letra la escribimos mi padre y yo durante un viaje en coche. Al final, la gente se llevaba las cintas de cuatro en cuatro para regalárselas a sus vecinos. Es maravilloso terminar una actuación de dos horas y que todo el mundo se despida bailándola con las manos arriba.

María Jesús tocando su acordeón.

María Jesús tocando su acordeón. Cedida

P.— Aquella música tenía una inocencia que lograba conectar de forma transversal con jóvenes, adultos y mayores por igual. ¿Sientes que la música actual ha perdido esa ternura o esa capacidad de unir a la gente?

Sí. Canciones como Los Pajaritos, la Macarena o el Porompompero unían a las familias. En las fiestas populares o en las plazas del pueblo bailaban juntos el abuelo, el tío y el niño más pequeño.

En cambio, los ritmos de ahora yo misma no los sé bailar. Es difícil ver a una persona de 80 años bailando reggaetón, pero con aquellos temas populares bailaba igual un señor de 90 que un niño de tres.

P.— Volviendo a Benidorm, ¿qué opina de las críticas sobre la masificación y turistificación? ¿No le molesta?

No me molesta para nada. Todo el mundo vive gracias al turismo. Benidorm tiene playas maravillosas y una luz única. Si aragoneses, vascos o extremeños vienen en masa, será por algo; algo tiene el agua cuando la bendicen.

Benidorm transmite alegría y, aunque haya mucha gente, de eso se trata. Vienen de pueblos donde pasan el año solos y aquí encuentran ambiente, música y paseos nocturnos.

P.— ¿Hay algo del mundo actual que te saque de tus casillas?

Un poco todo esto que hacen con la movilidad: no poder entrar en coche a las ciudades, las restricciones a no residentes o volverse loco para aparcar. Venir de vacaciones y tener que cambiar el parquímetro cada dos horas es un suplicio. Además, hay calles donde no puedes ir a más de 10 km/h; a esa velocidad el coche se cala.

Quienes gobiernan deben hacernos la vida agradable, no complicárnosla. Lo mismo digo de mi Extremadura, de Aragón o del País Vasco. Con mi acordeón he sido una hormiguita adaptada a todos: les tocaba Maitechu mía, Desde Santurce a Bilbao, jotas o lo que hiciera falta. Adoro a España; España es una, grande y fuerte. España es España.

P.— Hablando de eso, ¿cómo ves la situación política actual en España?

Salta a la vista. Todos opinamos lo mismo. Los políticos deberían gobernar pensando en el pueblo: en los taxistas, panaderos, médicos o los obreros bajo el sol. Que no permitan que España se vaya al garete; la política debe ser para que el pueblo viva bien, no para llenarse los bolsillos.

María Jesús y su acordeón durante su gira por residencias.

María Jesús y su acordeón durante su gira por residencias. Cedida

P.— Hay un hondo malestar por el partidismo de los políticos. ¿Habías vivido antes este hartazgo?

Sí, se palpa en el ambiente. Sin embargo, en el escenario tengo claro que no se puede dar ni una miquita que huela a política. El público viene a evadirse. Lo que sí me encanta es tocar canciones regionales y terminar con un ¡Viva España!, porque ahí entramos todos.

Yo fui concejal en mi pueblo y mi labor consistía en estar con los mayores y ayudar a las mujeres. Era una política cercana, de pueblo. Hoy los mayores lo recuerdan con cariño porque yo buscaba hacerlos felices. Ojalá los políticos nacionales recapaciten y gobiernen para ayudar.

P.— Te convertiste en el símbolo de una mujer independiente, hecha a sí misma. ¿Cómo ves las corrientes feministas actuales?

El respeto y los valores de la mujer van por delante, estoy al cien por cien con eso. Pero la igualdad de derechos ya existe; un hombre y una mujer tienen los mismos derechos y debemos tratarnos como seres humanos.

No soy una feminista radical; defiendo el respeto mutuo. Luego, si un hombre maltrata a una mujer, debería pensar que ha nacido de una de ellas. Eso es algo intolerable.

P.- Se nos acaba el tiempo. ¿Algún mensaje final?

Se me ha hecho cortísimo, estoy súper agradecida. Antes de actuar siempre me persigno, miro al cielo y recuerdo a mi padre diciéndome: "¡Venga, hija, a por todas!". La vida no fue fácil en mi niñez ni juventud, pero ahora vivo una madurez estupenda.

Gracias a Dios, al sacrificio y al trabajo. Solo pido salud para seguir disfrutando del aplauso. Cuando me encuentre a alguien en la calle y me sonría porque ha bailado Los Pajaritos, eso me hace inmensamente feliz. Cuando yo me vaya, solo quiero que recuerden que era una buena persona.