Algunos habitantes de 'La madriguera de conejo' de Tenerife.
La vida 'troglodita' de una comunidad de húngaros en Tenerife: habitan cuevas y son nómadas del siglo XXI
EL ESPAÑOL pasa dos días recorriendo la isla canaria en busca de las historias de los húngaros que viven en las cavernas tinerfeñas.
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Tenerife es el nuevo sueño húngaro. Los habitantes de Hungría, un país donde los inviernos son helados, tristes y oscuros, empiezan a ver a las Canarias como un remanso de paz donde el sol y la alegría deshiela sus venas.
Allí, en el corazón de la citada isla, habita una comunidad húngara que ha querido cambiar su vida del siglo XXI por otra más primitiva, en cuevas, como trogloditas, pero siempre adaptada a las comodidades de la actualidad.
Hasta allí se ha trasladado EL ESPAÑOL para conocer en primera persona los asentamientos nómadas de la comunidad húngara en la isla. Buscamos conocer los motivos de su llegada, su vida diaria y sus planes de futuro.
El líder del grupo más numeroso, el Maestro Pál, tiene 46 años y doble grado en Ingeniería. Sin embargo, lleva 13 años viviendo en una cueva al lado del aeropuerto. Nos invita a acceder a la telaraña de cuevas llamada 'La madriguera de conejo'.
Él es uno de los integrantes de esta comunidad de ciudadanos húngaros que ha decidido vivir alejado de la modernidad en la isla de la eterna primavera.
El Maestro Pál, en la entrada del sistema de cuevas denominado 'La madriguera de conejo'.
En un país donde los inviernos son duros, esta frase tiene una fuerza de seducción aún mayor. Con vuelos directos desde la capital, Budapest, muchos húngaros visitan Tenerife durante todo el año.
Hay otros que vienen a quedarse. El número de personas de la comunidad húngara cambia constantemente. Se estima que puede haber unos 6.000 que viven permanentemente en Canarias y alrededor de 30.000 en toda España.
Dos días 'trogloditas'
Para conocer mejor la vida de estos trogloditas modernos, hemos pasado dos días con varias personas de diferentes perfiles.
Hemos oído historias desgarradoras de tragedias familiares, desamores... Hemos conocido a personas al borde de la sobredosis que renacieron aquí o que, simplemente, huyen de los fríos inviernos, alternando trabajos de verano en Hungría con seis meses de relax en la isla.
Durante estos dos días, recorrimos desde la mañana hasta la noche los escenarios variopintos de la naturaleza tinerfeña, siendo cada uno el hogar de nuestros protagonistas.
Una tienda de campaña que parece una fortaleza en medio de la nada, donde cada mañana se aprecia un amanecer pintoresco.
El interior de las cuevas.
Cuevas individuales con sus dueños, y luego el sistema de cavernas donde vive la comunidad más numerosa. Es el equivalente perfecto a un piso compartido de gran tamaño: cada uno tiene su cueva y lo decora como quiere.
Hay espacios comunitarios, sala de estar, cocina, baño, despensa.
'La madriguera de conejo'
En este sistema de cuevas vive un núcleo de entre 20 y 30 húngaros. Con el tiempo se han unido personas de otras nacionalidades, de España y de otros países.
Durante toda la visita suena música tecno. Algunos chicos están cavando su nuevo hogar, llenan las carretillas y descargan los escombros fuera de las cuevas.
Nuestro primer personaje es el más veterano de la comunidad troglodita. El Maestro Pál llegó desde Hungría en 2013. Tiene 46 años, es ingeniero Eléctrico y de Sonido. Por tanto, le resultó bastante fácil instalar los paneles solares que abastecen de energía a toda la comunidad.
En 'La madriguera de conejo' cada uno tiene que cavar su 'casa'.
Hace workshops de manualidades para gente que le gusta pintar. También hace reparaciones y arreglos de equipos de sonido. Eso es una de sus fuentes de ingreso.
Habla bien inglés y el español lo domina a nivel de comunicación básica. "Me hago entender y entiendo lo que otros quieren", explica a este diario.
"Aquí me siento en casa, siento que he encontrado mi hogar y me quiero quedar aquí. En nuestra comunidad nos ayudamos mutuamente. Los que generan problemas, roban o algo así, los expulsamos", añade.
Tanto la comida como el resto de las cosas necesarias para la vida diaria lo sacan, mayormente, de los cubos de basura.
La entrada al taller y la 'oficina'.
"Los principales supermercados al final del día tiran comida que aún no está caducada y es totalmente apta para el consumo. A lo mejor le faltan dos días para caducar. Por ello, nosotros la recogemos y así apenas tenemos que gastar dinero", sostiene.
"Todo lo que les sobra en pescadería al final del día lo tiran a la basura. Los dos portátiles que utilizo, también los encontré en la basura. Tuve que hacer unos pequeños arreglos y ahora funcionan perfectamente. La gente tira muchas cosas que están bien", dice.
No tienen agua corriente, pero en la comunidad los que tienen coche traen agua potable. Para cocinar utilizan la leña que recogen en el barranco, pero también tienen bombonas de butano.
El Maestro Pál cuenta a este diario que la pared de las cuevas es de un material ligero, como tierra en polvo. Tienen que darle una capa de pintura una vez al año porque se va cayendo, en cambio el techo es como si fuera de hormigón armado.
Algunos espacios comunes.
Las cuevas eran el hogar de los indígenas canarios. Por tanto, el lugar tiene mucha historia, varios centenares de años.
"Las paredes son fáciles de cavar y hasta ahora las autoridades no nos han dicho nada de que no se pueda hacer. En la prensa local a veces sale que estamos en una zona de reserva natural pero esto no es verdad", añade.
Dos chicos de 26 años cuentan que ellos tienen un trabajo estable en Hungría en la época estival. Uno de ellos trabaja en la hostelería, el otro es constructor de parques de paneles solares.
Pasan el invierno en Tenerife y en marzo regresan a Hungría. De esta forma, ahorran los costes de alquiler, comida y transporte en su país durante medio año porque aquí no tienen apenas gastos para vivir.
'La madriguera de conejo' se encuentra al lado del aeropuerto.
El joven fotógrafo
Dejamos la comunidad y nos reunimos con un chico de 30 años que prefiere conservar el anonimato. Su historia es la de una desilusión romántica. De esas que literalmente te cambian la vida.
Nos cuenta que llegó el 11 de noviembre de 2024. Ese viaje iba a ser su luna de miel con la mujer de su vida. Al menos eso pensaba él, porque ella le dejó poco antes de venir.
"Decidí volar a Tenerife y no volver jamás". En Hungría tenía un trabajo de responsabilidad: era el jefe de una empresa de seguridad con más de 100 personas bajo su mando.
"Mucho estrés, dos teléfonos que no paraban de sonar, 60 ubicaciones… Fuimos la empresa de subcontratación de una de las más grandes del país. Me harté", esgrime.
Él es fotógrafo, y quería trabajar como tal en la isla. "Desgraciadamente, el pasado febrero me robaron todo mi equipo, que en total valía unos 4.000 euros. Se me vino el mundo encima", dice.
Una parte de la 'Ciudad de los palets'.
"Vivía en un hostal mientras tenía dinero, luego me fui a una tienda de campaña y después a 'La madriguera'. Salí de allí cuando conocí a un chico húngaro de Eslovaquia que se dedica a organizar fiestas 'espirituales', es decir, sin droga y sin alcohol".
"Yo le ayudo en el montaje y los trabajos accesorios. Tenemos un pequeño huerto, cultivamos de todo, y en cambio me dan alojamiento, una pequeña yurta (tienda de campaña de forma circular)".
El asentamiento del que habla se ubica en un lugar llamado 'Ciudad de los palets' en medio de un territorio vacío. Al otro lado de la carretera, un resort de lujo.
"Éste es un lugar ocupado", confiesa. "Nadie sabe quién es el propietario, aquí nadie paga nada. Vivimos en total unas 200 personas. Hay mucha gente que trabaja, españoles que tienen que vivir de esta forma porque no pueden pagar un alquiler decente con su sueldo".
"Nosotros hacemos trabajos de pintura, jardinería, ayudamos en la construcción. Es es nuestra fuente de ingresos". Afirma que por ahora está contento.
Ha dejado atrás una historia de amor destrozado, un trabajo estresante y una familia que le había jugado una mala pasada. No quiere volver a Hungría.
De drogadicto a 'YouTuber'
Continuamos la experiencia inmersiva en el mundo de los nómadas modernos. Nuestro próximo escenario es otro sistema de cuevas donde habita una pareja. Enfrente, a una distancia de algunos cientos de metros, hay un colegio.
Tamás y Niki, con sus perros.
Tamás tiene 51 años y llegó en 2019 con 10 euros en el bolsillo. Va descalzo por la tierra y las piedras para estar en contacto directo con la naturaleza. Mientras avanzamos hacia su cueva, nos cuenta un poco de su vida:
"Yo estaba enganchadísimo a las drogas, mayormente a la heroína. Mi situación era muy grave, lo mío era el consumo por vía intravenosa, y decidí dejarlo todo".
"Empecé mi rehabilitación con el espíritu de Krisna durante los 5 primeros años. Ahora me dedico mayormente a la salud mental, hago vídeos, doy consejos para la gente sobre herencias transgeneracionales y demás".
Tiene un canal de YouTube, donde intenta motivar a otros.
“Si he podido cambiar yo, que era un drogadicto de lo peor, todos pueden. Con eso no quiero decir que todos tengan que venir a Tenerife para cambiar su vida. A mí me salió así. Mi destino era llegar aquí”, añade con una sonrisa tranquila y espiritual.
"En Hungría tenía una red social extendida que me impedía desengancharme, eran malas compañías. Cuando perdí a mis padres, los dos en el mismo año, toqué fondo".
"Mi padre era policía y cuando murió yo estaba en la cárcel. Me sentí avergonzado y me puse a pensar cómo había llegado tan bajo y qué quería hacer con mi vida?".
"En el fondo, la creación de todo esto aquí es una demostración para mis padres en el cielo. Al final sí que he hecho algo útil en mi vida. Seguramente ante sus ojos esto no es gran cosa, pero cuando recibo dos o tres mensajes semanales sobre cuánto le ayudan mis vídeos, me pongo contento".
"Tengo unos 2.000 videos, todos espirituales, largos, que te hacen meditar. Es como una propiedad intelectual".
Su canal tiene actualmente unos 6500 suscriptores.
La puerta de entrada del hogar de la pareja.
Dice que cuando él llegó, el paisaje era totalmente diferente, todo lleno de basura. "La primera noche dormí con el saco de dormir encima del cadáver de un gato que llevaba muerto mucho tiempo porque estaba ya seco. Me di cuenta la mañana siguiente al despertar. Una experiencia única", se ríe.
"Me dedico a recoger desechos y reciclarlos. Todo depende del objetivo que tú tengas. Yo me he esforzado a construir un hogar aquí solo. No me convence lo de vivir en comunidad"
Su casa tiene de todo. Sofás de hoteles de lujo con apenas unos pequeños defectos, accesorios de marca, paneles solares, aire acondicionado, una pequeña planta eléctrica, varias terrazas amuebladas, cada una con un ambiente diferente.
De izquierda a derecha, la terraza Garuda, el salón principal y el rincón perfecto para descansar.
Niki, la novia de Tamás
Niki tiene 30 años. Aterrizó aquí huyendo de una relación tóxica y violenta. Conoció a Tamás por sus vídeos y le pidió que la escondiera. Terminaron enamorándose y ahora comparten su vida en este hogar que él construyó a lo largo de todos estos años.
Niki, en su cocina. Tiene electricidad, gas butano y todo lo necesario para llevar una vida normal.
"Este territorio es propiedad privada, de una familia de venezolanos. Son 23 personas pero no sabemos quiénes son ni dónde están", continua Tamás.
"Yo estoy empadronado en la cueva, porque durante la Covid hubo un periodo en el que se permitían empadronarse. Aun así, no puedo tener agua corriente porque para eso hay que ser propietario o tener un contrato de arrendamiento".
El baño y el dormitorio principal.
"Nosotros usamos entre 800 y 1.000 litros de agua al mes. Niki se asea aquí, yo me baño en el océano, no importa qué tiempo hace. Yo tengo seguro médico y estamos gestionando el de ella, pero yo nunca voy al médico".
"Tampoco me enfermo nunca. A los animales, sí los llevamos a los controles de veterinarios. Nosotros no comemos carne ni ningún alimento manchado de sangre. Hay unas mantras también que purifican los alimentos".
Tienen de todo: nevera, lavadora, hasta una máquina de gimnasio, todo procedente de los cubos de basura. Ellos cargaron a pie todo esto.
Desde donde termina la última calle asfaltada de la ciudad hasta su lugar hay una caminata que no parece larga, pero cuando tienes que cargar con una máquina de 70 kilos en la espalda, la realidad se hace pesada.
Tienen un coche pequeño y a veces hacen servicios de transporte.
Cero estrés y comodidades modernas. Todos los objetos son reciclados.
Él nos cuenta que recoge metales, máquinas, cables, accesorios de metal y chatarra en la calle, y lo lleva a la planta de desechos donde le pagan una pequeña cantidad de dinero y así obtiene algunos ingresos esenciales.
También acepta donaciones que le entran por el canal de YouTube, donde tiene material didáctico y varios libros de audio.
La pareja tiene dos perros y un gato, todos adoptados. Conviven en paz, se respira un ambiente de calma total, espiritual, libre, en plena armonía con la naturaleza, con toda su belleza y sus adversidades.
La pareja en sus momentos de descanso en el salón al aire libre.
La triste historia de Erzsike
Dejamos a Tamás y Niki y unos kilómetros más adelante nos encontramos con nuestra siguiente protagonista, Erzsike (Isabelita). Es una verdadera superviviente. Tiene 60 años y es pura energía.
Nos recibe con una hospitalidad cálida y nos ofrece una taza de café recién hecho. "Soy miembro de una comunidad internacional cristiana. Vivo sola aquí pero ahora mismo he acogido a dos chicos que no tenían a dónde ir", explica.
"Hace un tiempo mi tienda de campaña se inundó y se me dañó casi todo. Entonces vinieron mis amigos de la comunidad y levantamos la tienda encima de una estructura de madera para que no volviera a inundarse".
Todas sus cosas de uso diario proceden del reciclaje (de los cubos de basura).
Tiene un pequeño panel solar que le suministra energía para cargar el móvil y la tableta. Para cocinar utiliza un horno de camping.
Fragmentos de la vida cotidiana de Erzsike y su propio panel solar.
"Mi pareja y yo llegamos aquí en marzo de 2023. Él tenía una enfermedad incurable de páncreas que le habían detectado en Hungría tiempo atrás. Dijeron que no se podía operar".
"Yo trabajaba pero como tenía que cuidarle, tuve que dejar de trabajar. Perdimos nuestra casa en Hungría, perdí mi trabajo”.
El médico aconsejaba que su pareja cambiara de aires para tener menos estrés y empezaron a buscar opciones viables. Encontraron este lugar.
"Al principio empezaba a recuperarse poco a poco, pero el destino era implacable. Murió el año pasado. Pasé toda la navidad llorando", se emociona y al rato sigue contándonos.
"No sé qué habría sido de mí sin mi comunidad. Ellos me ayudaron, me quieren mucho. Estoy en el lugar adecuado. Hubo una vez que los jóvenes de aquí tuvieron un arrebato de xenofobia y me lanzaron objetos a la tienda, pero pasó una vez y no más".
Habla inglés y está aprendiendo español. Por la mañana, después de levantarse, hace sus ejercicios, reza, se toma el café, se pone a contemplar el amanecer y hace una sesión de Duolingo. Lleva la ropa a lavar a la ciudad, visita a su comunidad, vuelve para hacer la comida.
"Aquí, el problema más grande es la tierra. Todo se llena de tierra. Tengo que barrer varias veces al día. No tengo nevera, pero debajo de la estructura de madera las cosas se mantienen bastante frescas".
Erzsike, en los espacios de su casa.
"Iré a Hungría de visita, pero yo quiero vivir aquí. Allí tengo a mi madre, de 83 años, mis hijos y mis nietos. Con mis hijos no tengo mucho contacto. Es a través de mi madre que puedo ver las fotos de mis nietos".
Nos cuenta que su madre también es una luchadora, de allí salió esa fuerza que ella representa.
"Yo quería ser arqueóloga, pero mi madre no podía pagarme esa carrera. Mi padre fue alcohólico y tuve que ponerme a trabajar pronto", lamenta. Erzsike es administrativa del estado y tiene formación en gestión de documentación.
"Toda mi vida he trabajado para mí o para los demás, estoy acostumbrada. Tengo muy buenos contactos con Cáritas, la iglesia me da algo, Cáritas me da un bono de comida al mes. Tengo una página donde vendo mis dibujos".
"La verdad es que uno no necesita mucho dinero para vivir aquí. Yo tengo aquí un panorama por el que otros pagarían millones. No hay nada mejor que contemplar un amanecer con tu café recién hecho en la mano".
El lugar donde ella reza y disfruta de la vista del amanecer cada mañana.
La pareja multada
Nuestra última visita nos lleva a lo alto de unos montes, a 500 metros de altura sobre el nivel del mar. Allí vive una pareja de mediana edad. Llevan ocho años en Tenerife. "Nos encanta la naturaleza", dicen.
La finca tiene unos 10.000 metros cuadrados, es suelo rústico. Tienen una caravana aquí.
"Tenemos dos embalses de agua, de 100 y de 35 metros cúbicos. Tenemos un huerto, lo que necesitamos, podemos cultivarlo aquí. Tenemos permiso para todo lo que hemos construido aquí, para los embalses, los paneles solares, todo", añade.
El embalse de agua de 100 metros cúbicos.
“Nosotros tenemos trabajo estable ambos. Siempre hemos vivido en un piso, hasta que un día el dueño nos dijo que teníamos dos opciones: o nos sube el alquiler al doble (1.400 euros), o compramos el piso por 180.000 euros".
"No pudimos pagar esa cifra y compramos esta finca. No es lo que me imaginaba para cuando tuviera 60 años, pero esto es lo que hay. Creo que ya nos quedaremos aquí".
Dicen que las autoridades habitualmente mandan patrullas de policía y drones para vigilar y supervisar las fincas para asegurarse de que nadie se instale permanentemente.
"Nosotros recibimos una multa de 80.000 euros del ayuntamiento porque supuestamente hemos construido instalaciones para las cuales, según ellos, no teníamos permiso".
"Puedo asegurar que nosotros tenemos todos los permisos necesarios para todo lo que hemos construido o instalado aquí. Se los podemos enseñar, tengo una carpeta entera con todos los papeles oficiales. Nosotros no podemos pagar esa multa. La hemos recurrido y vamos a ver qué pasa".
El puente entre dos realidades
Este recorrido increíble de mundos inimaginables para cualquier ciudadano urbano moderno ha sido posible gracias a la ayuda de la persona que representa la autoridad. Una persona que conoce muy bien a esta comunidad y la realidad isleña.
Ella es Nóra Henrietta Hermann-Boér, cónsul general honoraria de Hungría en Canarias. Nóra lleva 25 años trabajando por y para los ciudadanos húngaros que viven en el archipiélago.
Durante la crisis del a Covid-19, gestionó la repatriación de 400 personas, por lo cual recibió la condecoración oficial de la Medalla de la Cruz de Caballero de Hungría.
Nóra Henrietta Hermann-Boér, cónsul general honoraria de Hungría, en su oficina.
Nos acompañó durante dos días intensos, y su teléfono no paró de sonar. El trabajo consular es muy estresante, sobre todo cuando se trata de fallecimientos, situaciones de peligro, violencia doméstica, enfermedades graves o, simplemente unos documentos que no llegan a tiempo.
Requiere una presencia constante y el trato diario con presos, condenados, visitas a los tribunales, policía y demás autoridades. Sin embargo, ella siempre está sonriente, tranquila, empática y muy paciente.
Kitty Udvaros es alumna del Máster de Periodismo Multimedia con IA de El Español en su tercera edición. El reportaje se basa en una investigación para hacer el Trabajo Fin de Máster (TFM)