El cantante español Ramoncín

El cantante español Ramoncín Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

Reportajes

Ramoncín: "Yo no voy a decir 'chiques' ni con una pistola en la cabeza. No voy a usar esa aberración lingüística"

"A esta humanidad le vendría bien un meteorito. Deberíamos desaparecer para hacerle un favor al planeta" // "Hay una izquierda que no puede admitir que Mao, Stalin y Castro fueron seres abominables, como Hitler".

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Ramoncín edificó el reino del rock español, al que añadió un foso punk, y desde entonces no ha dejado caer el estandarte de la provocación ni de renovar sus votos con la sinceridad.

Declara tajante que esta que leen será su última entrevista en mucho tiempo. Así pues, degústenla con paladar agradecido.

Ramoncín, el delfín obrero del desmadre madrileño, como tuvo a bien llamarlo Francisco Umbral, ha sofisticado, con casi medio siglo de batalla, la melodía de sus canciones, pero no ha dulcificado la exquisita pegada de su palabra.

El cantante español Ramoncín

El cantante español Ramoncín Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

En las Bodegas Rosell, del madrileño barrio de Delicias, su segunda casa, donde tiene un rinconcito particular, Ramoncín recibe los eufóricos halagos de los anónimos con encomiable cariño y naturalidad.

¡Fírmame esto, Ramoncín! ¡Vente a esta foto, figura! Y Ramón, como alguien que reconoce el lujo, tan cansino como responsable, de saberse en la imaginación ajena, se presta voluntario y sonriente.

Es ahí donde recibe a EL ESPAÑOL. Sentado firme en su trono de las Bodegas Rosell, sigue pitiminí. Mantiene la fascinación del estilo en buenas nupcias con la edad. Prueba de ello es su cinturita de avispa soldado. Ese perfil de navaja con alas de cuero, al que los placeres no han sabido someter a la fofez.

La muerte, quizás, será dulce en Madrid, como dice la canción, pero la capital todavía no ha tenido bemoles para echarlo de su coche, del que, cabe apostar, Ramoncín se tirará en marcha.

Pregunta.– ¿Dónde está el límite, Ramón, como cantaba en aquella canción? ¿Dónde pone usted los límites?

Respuesta.– ¿El límite de qué? Yo tengo una ventaja sobre mucha gente de mi generación: en mi casa se nos caían los libros. Por mi abuelo, tenía una manera de ver las cosas muy distinta y sabía distinguir lo malo, lo verdadero y lo falso.

Yo creo que el límite, en general, está cuando te miras al espejo. Tú pones el límite. Tienes que tener la capacidad de pensar en ti, pero no en el sentido egoísta, sino de decir: "¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Hasta dónde quiero llegar?".

Y eso es jodido, es duro, porque te tienes que enfrentar a ti mismo. Yo tuve un regalo en ese aspecto: fui padre a los 19 años.

Ramoncín durante la entrevista para EL ESPAÑOL

Ramoncín durante la entrevista para EL ESPAÑOL Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

P.–¿Cómo se gestiona eso de ser padre tan joven en los años de la Movida?

R.– Hubo mucha gente que fue padre pronto y los criaron los abuelos. En mi caso, lo hablamos. No fue que "te han colado uno de penalti". Dijimos: "Oye, cuando tengamos 40, vamos a tener un hijo con 20 años. Hostia, eso me mola".

Y decidí que, entre estar por ahí haciendo el cabra y estar abrazado a una niña, pues... Mi casa se convirtió así en el centro de reunión de todos los amigos porque fui el primero. Todo giraba en torno a la hija, Ainhoa. Ensayábamos allí, venía gente de todas partes.

El límite me lo puse en todo aquello que perjudicara mi vida con mi familia, mis hijos o mis amigos. El límite está en la hipocresía, en la mentira y en no saber decir que no. A mí me encanta decir que no.

P.–¿Cómo era el ambiente aquí en el barrio, en Delicias?

R.– Este no fue un barrio de heroína ni nada. Este es un barrio muy de trabajadores. No un barrio pobre, sino de trabajadores. ¿Qué es lo que no había? Caprichos. Pero todo lo demás, sí.

Los que quisimos ir a la universidad, fuimos. Siempre había comida en casa, nunca hemos llevado zapatos rotos. Aquí la heroína no llegó de forma masiva, se llevó a un par por delante y el resto, pues muy hippies. Éramos muy hippies.

Siempre se ha dicho que los hippies eran "niños de papá" que se podían permitir ese lujo.

Pero eso sería allí, en Estados Unidos, ¿no? Aquí éramos imitadores. Un chaval que iba al Pilar, que paraba en la calle Ayala, pues no iba a ser hippie: iba a llevar zapatos castellanos, Levi’s (porque podían comprarlos) y un Lacoste. Nosotros éramos otra cosa: los Levi’s más gastados, botines y, en vez de un Lacoste, una camiseta de botones.

Y todo eso está muy bien, pero llega un momento en que tienes que decidir qué quieres hacer con tu vida, tío. ¿Dónde me sitúo? Yo prefería entrenar con el Tarci, boxeando en la estación. Prefiero vivir deprisa y tener un cadáver bien parecido, pero morir con un cadáver bien parecido muy viejo.

Me acaba de recordar a William Burroughs, el tío se pinchó hasta el final de sus días y alcanzó los 83 años. (ríe) Yo creo que hay yonquis que llega un momento en que se "acartonan", ¿no? Como Burroughs, que alcanzan a transitar la frontera. El hijo de puta que lo ha hecho todo y ha conseguido subir ese último escalón donde muchos se quedan por el camino...

Ramoncin a sus 70 años de edad.

Ramoncin a sus 70 años de edad. Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

P.– Supongo que, a usted —y no me refiero a la heroína, claro—, se le habrán quedado más de uno por el camino, ¿alguien en quien piense mucho?

R.– En Felisín. Sin duda. Es la persona que más me jode que no esté en mi vida. Éramos primos, pero para mí era mi hermano. Me crié con él, aprendí la calle con él y es con quien más me he reído. Lo añoro mucho más que a cualquier artista o intelectual. Me jode saber que no volveré a sentarme en un bar con él.

P.– De Loquillo dicen que es un tanto animal, pero de usted que es alguien muy leal. ¿Qué es el respeto para alguien como usted?

R.– El respeto es tener con el que está enfrente la misma consideración que te tienes a ti mismo. No puedes faltar al respeto a alguien solo porque piense distinto o sea de otra clase.

Ahora bien, hay gente que no merece ningún respeto: ni Trump, ni Netanyahu, ni Putin, ni el hijo de puta que mata a su mujer y a sus hijos. No hay que respetar a todo el mundo, eso es mentira. Hay que respetar a las personas normales y empáticas.

Es desesperante que hoy no oigas a un político decirle a otro "tienes razón". A mí me encanta ese ejercicio: reconocer que estaba equivocado. Ese es el orgullo difícil, el orgullo de saber asumir el error. Hasta que no oigamos eso en un parlamento, el mundo no respirará oxígeno.

Hablando del Loco, él aseguró que usted fue quien empezó todo en este país. El primero en decir "soy una estrella del rock".

El Loco adora los mitos. Pero es verdad. Eran tiempos sin democracia; la Constitución no se aprobó hasta diciembre de ese año. En Televisión Española me dijeron que iba a cantar 'Rock and Roll Dudúa', que era el single.

Estaba en el camerino y le dije a mi mujer de entonces, Diana: "Píntame un rombo en el ojo, dos rombos como lo prohibido". Y de repente decidí: "No vamos a hacer el de Dudúa, vamos a hacer 'Marica de terciopelo'".

Salí y dije: "Esta canción está dedicada a todos los presos que aún tenéis en la cárcel". Escupí el chicle y canté. Los abuelos dirían "a este había que fusilarlo", los padres "otro maricón en la tele", pero los jóvenes dijeron "yo quiero ser como este".

Esa noche me vieron 18 millones y medio de personas. Les dije a los chicos de la banda: "Esta noche casi seguro que duermo en comisaría".

Todavía estaba la Ley de Peligrosidad Social; mandaban los mismos militares y policías que nos habían pegado. Y llego yo, que soy hetero, y canto eso de "no vais a oler mi aroma/ vais a desfilar sobre mi figura inmóvil/ y yo seguiré siendo mi marica de terciopelo".

P.– Después de aquello, y de apartarle la mano a Mercedes Milá cuando le dijo que se quitara las gafas, pasó un poco a ser un mito. ¿Cómo se siente lo de ser leyenda, viva, por cierto, a estas alturas?

R.– Las leyendas son una construcción mitológica. Si yo me hubiera muerto después de 'Arañando la ciudad', tendría lógica, pero me habría muerto sin que nadie supiera qué persona soy de verdad.

Yo me siento tan normal que ni me lo planteo. Ayer mismo paseaba por la Gran Vía con toda la naturalidad. Me paro cuando alguien me para; si no me conocen, no me importa. Lo de la fama es algo muy pueril. Lo único que de verdad me ha gustado de la fama es conocer a gente a la que yo admiraba.

Ramoncito: A esta humanidad le vendría muy bien un meteorito.

Ramoncito: "A esta humanidad le vendría muy bien un meteorito". Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

P.– ¿Algún encuentro que le marcara especialmente?

R.– Recuerdo una noche en un sitio, cuando vi atravesar la pista a Rocío Dúrcal. Para mi generación, era la niña de las películas que vimos de niños. Cuando vi que venía a verme, me cogió la mano, me dio dos besos... me clavó un anillo que yo tenía de la fuerza que hizo.

Y yo dije: "Hostia, tío... esto sí mola". Eso no te deja de sorprender. He sido amigo de escritores, cineastas, músicos... En la Feria del Libro del 79 yo iba de caseta en caseta viendo a los que había leído: Umbral, Cela...

Todo un personaje, Cela.

Cela, al día siguiente de recoger la medalla del Nobel, que estaba con él, la tiró sobre la mesa y me dijo: "Llévatela si quieres, enséñasela a tu padre, a tus amigos y a tu barrio". Hablo de un premio Nobel diciéndole a un rockero: "¿Te gusta? Llévatela".

Algo tan épico como tener una amistad como la que tuvo con Umbral.

Recuerdo cuando fui a recoger el prólogo que me escribió: llegué a su casa y llamé a la puerta... y se pone España. Le dije: "Mire, soy Ramón, vengo aquí a...", y antes de acabar me dice: "Ah, sí, me ha dicho que le diga que está en la peluquería de abajo, justo en esta calle a la derecha".

Llegué y entré en un salón increíble. Paco estaba allí; era un coqueto de la hostia, con sus guantillas. En ese momento viene el peluquero y le dice a Umbral: "Don Francisco... el punki este no se irá a mear en las flores, ¿no?".

Tenían unos tiestos enormes ahí dentro. Paco debió de pensar que yo era un poco salvaje; me cogió y le dijo al peluquero: "El punky este lee a Balzac". Que no sé si el peluquero sabría quién coño era Balzac, pero con eso le dijo: "Sigue tu camino". Ahí me entregó el prólogo y fuimos amigos hasta el final.

Ramoncito: Yo no voy a decir ‘chiques’ ni con una pistola en la cabeza. No voy a usar esa aberración lingüística.

Ramoncito: "Yo no voy a decir ‘chiques’ ni con una pistola en la cabeza. No voy a usar esa aberración lingüística". Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

P.– ¿Cómo fue su última imagen de él?

R.– La última vez que le vi no sabía que estaba viendo a Umbral caminando hacia la eternidad. Llevaba un pantalón rojo, una camisa... Salíamos de un programa de radio juntos; él iba para un lado, yo para el otro. "Adiós, Paco". "Taxi, vente para acá".

Él decía que los taxis había que cogerlos de frente, aunque vayas al revés. Digo: no me jodas, Paco. Y, en fin, yo me volví con mi libro de 'Políticamente correcto' en la mano, y siempre me queda esa imagen de su pantalón rojo, su pelo y sus botines, caminando hacia la nada. Al final todos vamos hacia la nada.

P.– Una de las cosas que le gustaba a Umbral de usted era eso que podríamos llamar ‘patología sincericida’, ¿no? ¿Cómo lleva lo de ir siempre de frente?

R.– Como te he dicho, intento ser lo contrario de lo que más odio: la hipocresía. Un acto de hipocresía no te convierte en un hipócrita; a veces es defensa o necesidad de no hacer daño. Pero ser un hipócrita es repugnante. Esa mezcla de cobardía y falsedad, de poner la boca en un sitio y la cartera en otro... los cómplices silenciosos.

Mira lo que me ha pasado hoy en la tele con Donald Trump. Se ha reído de un señor por tener las orejas grandes, le ha dado la espalda a la reina de Inglaterra... es como el malo de una película. Yo he dicho que ese señor lo que es, es "feo del corazón".

Aparte de un hortera y un genocida, tiene el corazón feo. Han sacado eso en grande porque el valor de lo que dices tiene importancia y la poesía todavía importa; no hay mejor forma de describir a un malvado. Decir eso es un sincericidio, tal vez, pero es lo contrario a la hipocresía.

P.– La hipocresía va muy ligada a la mentira, ¿cuál es la que más le jode ligada a usted?

R.– La de que me meaba en el escenario. Era absurdo. Y también que no entendieran El Rey del Pollo Frito. No entendían que cantar en primera persona es como interpretar un papel; escribir sobre un asesino no te hace asesino.

Este ha sido un país inherentemente cateto que no entendía el lenguaje. A veces me para alguien por la calle y me dice "¡El Rey del Pollo Frito!", y yo le digo: "Ese es Donald Trump, no yo", y a veces se empecinan y molestan.

Si ese tío que me para no tiene mis libros ni mis discos, no es mi fan, solo ve a un famoso. Yo no soy un "famoso". Esos son los que van a una isla en la tele. Yo soy un escritor y un músico.

P.– Mucha gente le aprecia porque, siguiendo con lo que decíamos, le ven como alguien libre, no domesticado por diagnósticos políticos. ¿Le supone un precio alto esa libertad?

R.– Por una misma opinión, el mismo día, soy un "fascista" y un "bolchevique". Hay una parte de la izquierda que me considera un aburguesado porque digo que Mao Tse-Tung era un asesino. Si Hitler lo era, Mao también. Y Stalin, y Castro. Hay una izquierda que no puede admitir que esos fueron seres abominables.

Ramoncin: El límite está en la hipocresía.

Ramoncin: "El límite está en la hipocresía". Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

Y luego está el problema del lenguaje, lo que llaman woke. Para nosotros, en mi época, estar concienciado era leer, estar comprometido con los desfavorecidos o con la integración. Ahora sirve para censurar. Yo no voy a decir "chiques" ni con una pistola en la cabeza. No voy a usar esa aberración lingüística. Y si por no decir "chiques" me llamas de derechas, que le den.

Tú no eras ni un espermatozoide cuando yo ya estaba defendiendo en el 77 el derecho de un tío a ser un maricón, cantando delante de toda España 'Marica de terciopelo'. Eso no lo tolero. Yo vengo del marxismo, de la justicia social y de la plusvalía. Hablemos de eso, no de "chiques".

Lo dicho, sincericida... No teme ni en una entrevista.

Es muy probable que, en mucho tiempo, esta sea la última entrevista que yo haga. Y te voy a decir por qué. El sentido de la entrevista, de esas grandes entrevistas que hemos leído todos en Rolling Stone, se ha desvirtuado.

Yo estoy hasta la polla. Adoro la radio, pero hasta la radio dejó de ser radio: te sientas y hay una cámara. Al día siguiente, el medio saca unos "totales" y los manda a las redes. Es una mierda.

En el mundo digital pierdes el poder sobre lo que has hecho. Lo sueltas y empieza la gente a decir lo que quiere. Paso de hacer más entrevistas. Lo que yo reclamo es una regulación del insulto y la calumnia en los comentarios.

No es censura, pero si abres un digital para que la gente hable, habrá que poner un límite al desprecio y la mentira. Se ha terminado convirtiendo en un puto chat de gente que no sabes quién coño son. Antes, si alguien no estaba de acuerdo, escribía una carta al director con su DNI, nombre y apellidos. Hoy me puede poner a parir un tío que, a lo mejor, se dedica a follarse a las gallinas.

P.– No me quiero despedir sin preguntarle, siendo usted uno de los padrinos del punk en España, ¿qué opina del premio Princesa de Asturias de las Artes para Patti Smith, madrina del punk?

R.– Bueno, se lo merece, pero tengo una lista de cien por delante. Me pregunto quiénes encuentran las razones. ¿Su legado poético? Cortito. ¿Compromiso social? Te puedo dar una lista que te cagas.

Parece que se sientan y dicen: "¿A quién se lo damos? Que sea mujer... que sea escritora...". Si el premio se da aquí, Ana Belén tiene los mismos méritos o más que Patti Smith. Pero parece que tiene que ser alguien "universal". ¿Y no se lo podemos dar a los de aquí, a los españoles?

Ramoncin: No hay que respetar a todo el mundo, eso es mentira. Hay que respetar a las personas  normales y empáticas.

Ramoncin: "No hay que respetar a todo el mundo, eso es mentira. Hay que respetar a las personas normales y empáticas". Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

La gran pregunta es: ¿cómo han llegado a Patti Smith? ¿A quién han ido desechando? ¿Por qué ella y no una artista española? ¿Por qué no Maruja Torres, Rosa Montero, Elvira Lindo o Luz Casal? Si eliges a Luz Casal, el argumento es impecable: una mujer que ha luchado, que ha aportado a la música y que, encima, es de aquí.

Me alegro por Patti, ella habrá flipado más que nosotros, pero en España parece que no nos quitamos lo de admirar lo de fuera por encima de lo de dentro.

P.– Hablando de universalismos, ¿qué visión tiene del futuro de la humanidad?

R.– A esta humanidad le vendría muy bien un meteorito. Deberíamos desaparecer para hacerle un favor al planeta. Si la Tierra pudiera hablar, diría que el hombre ha sido una mala experiencia, un piojo.

Lo que pasa es que, dentro de esa maldad, hay individuos magníficos: los científicos que pasan horas al microscopio o el padre que se baja a la mina en Asturias para sacar adelante a los suyos. Esos seres hacen que esto no sea tan condenable.

Porque la humanidad como concepto es una puta mierda: extinguimos animales, envenenamos el agua y convertimos la tortura en espectáculo.

P.– Para terminar, ¿qué le falta a la cultura de hoy?

R.– Le falta cultura. Es casi una tautología, pero es la verdad. Falta la cultura de consumir cultura. No hay nada más barato y que satisfaga más que entrar en casa y tener un libro nuevo que leer o un disco que oír.

Tienes a Hamlet por dos euros en una tienda de viejo o gratis en internet. La cultura necesita que la gente entienda que consumirla es lo mejor que pueden hacer. No hay nada más asequible que eso.