Julija y Peter, en el año de su secuestro.

Julija y Peter, en el año de su secuestro. Cedida

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Habla el padre de la prima "secuestrada" de Pogacar: "Su madre la adoctrinó con ideas sectarias y la tiene en Canarias"

Las cartas que su madre ha enviado, con matasellos de Negreira, Alicante y Sant Cugat del Vallès, sugieren que la niña se encuentra en territorio español.

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El 1 de noviembre de 2021, seis meses después de que el grueso de Europa levantara la obligación del confinamiento, Peter Pogačar halló sobre el suelo de su casa una hoja arrancada de cuaderno.

En ella, Julija, su hija, se había dibujado a sí misma saludando dentro de un corazón embellecido con todos los colores del arcoíris, como hacen los niños cuando quieren que algo signifique mucho.

En el reverso de la página, escrita con la caligrafía redonda e inclinada de quien acaba de aprender a hacer "letras bonitas", la chiquilla había escrito una nota en esloveno: "Querido papá, te escribo este papelito para alegrarte un día triste. Te quiero".

Peter guardó el hallazgo en un cajón y no le dio más vueltas. Julija tenía diez años y era la clase de niña que hacía ese tipo de cosas.

Dos días después, a las cinco y media de la tarde del 3 de noviembre, la ex pareja de Peter y madre de la niña pasó a recogerla en Radomlje, una pequeña localidad situada a veinte kilómetros al norte de Liubliana, capital de Eslovenia.

Un juez había dispuesto la custodia compartida y se repartían la tutela de Julija, prima del cuatro veces campeón del tour "Tadej Pogačar".

Última foto de Julija con su padre

Última foto de Julija con su padre Cedida

Era una tarde de otoño centroeuropeo, de esas en que oscurece antes de que el día haya terminado de explicarse, como si alguien bajara el interruptor a mitad de una frase.

Ni siquiera la recordaría de no ser porque fue la última vez que volvió a ver a su hija.

Peter Pogačar tiene 51 años y vive en Kamnik, otra localidad próxima a la capital eslovena. Es programador y cuenta con un título universitario.

Se separó de Melisa Smrekar —que hoy tiene 57 años— en 2012, cuando Julija tenía apenas un año, y desde entonces la relación entre ambos quedó limitada al intercambio de la niña

Con el paso del tiempo, pensó en lo sucedido y llegó a la conclusión de que aquel dibujo naive y aquella línea manuscrita eran, en realidad, una despedida.

Aquella había sido la forma en que Julija le había dicho adiós a sabiendas de que se disponía a irse de Eslovenia con su madre sin poder darle un abrazo tan siquiera.

Peter también supone que su ex esposa, Melisa Smrekar, planificó la huida con la pequeña de forma cuidadosa durante más de un año.

Se llevó únicamente los documentos de identidad y dinero en efectivo y dejó atrás todo lo que pudiera delatarlas —teléfonos, tarjetas bancarias, ordenadores—, como si hubiera querido borrar de antemano cualquier huella de su paso por el mundo rastreable.

En los meses previos a su desaparición, su expareja había estrechado sus vínculos con una mujer conocida como Lana Praner, una especie de gurú asociada a círculos de espiritualidad alternativa cuyo entorno —difuso, sin estructura formal reconocible— orbitaba en torno a una mezcla de misticismo, numerología y teorías conspirativas contemporáneas.

De hecho, la madre de la niña, Melisa Smrekar, se llama en realidad Nataša Brumen pero mudó su nombre porque Praner le dijo que el suyo "no vibraba bien".

La madre de la niña, Melisa, a la edad de 53 años.

La madre de la niña, Melisa, a la edad de 53 años. Cedida

El compendio de patrañas que la guía de ese grupo servía y sirve a sus seguidores era una especie de "bestiario" del pensamiento mágico contemporáneo: desconfianza hacia la medicina, alergia a las vacunas y una fe inquebrantable en que el 5G es una amenaza existencial cocinada por una élite global de villanos desalmados.

Parece que Melisa había comenzado a interesarse por las supercherías de esa especie de apóstol de un credo tecnófobo en torno a 2013.

Y a juicio de Peter, fue en ese contexto donde comenzó a gestarse el cambio de su hija debido, entre otras cosas, a que Melisa comenzó a llevar a Julija a algunas de esas sesiones.

Primero, de forma esporádica y luego con una frecuencia que terminó por convertir lo excepcional en casi una rutina.

No era —al menos al principio— nada que llamara la atención: talleres, encuentros, conversaciones que, vistas desde fuera, podían confundirse con cualquiera de las múltiples formas de espiritualidad blanda que menudean en las cunetas de internet.

Pero, según el padre de la niña, algo empezó a desplazarse poco a poco.

Julija comenzó a hablar de los médicos como si fueran una amenaza; de las enfermedades, como si formaran parte de un plan deliberado de entidades diabólicas, y de peligros invisibles incrustados en lo cotidiano.

Peter intentaba responder con argumentos, con datos, con una pedagogía paciente que evitara desacreditar a la madre.

Pero la lógica tiene poco recorrido cuando compite con un sistema de creencias que se presenta como una arrogante colección de epifanías.

"Mire, esta secta está en contra de la escolarización porque el sistema convierte a nuestros hijos en robots", explica Peter a EL ESPAÑOL en el transcurso de una larga conversación.

"Cuando todavía estaban aquí, en Eslovenia, era muy difícil lidiar con todo aquello. Melisa me dijo en cierta ocasión que todos los médicos son unos asesinos de modo que le pregunté: '¿Entonces, si te rompieras una pierna, no irías al médico?' Y ella respondió: '¡De ninguna manera!'. Créanme, fue profundamente perturbador".

Y el padre de la prima del ciclista esloveno más reconocido de la historia continúa: "Mi expareja enviaba correos electrónicos al colegio de Julija advirtiendo de que el gobierno se disponía a instalar un sistema de ventilación en todas las escuelas para matar a los chiquillos. ¿Se imaginan?"

"Melisa persuadió a mi hija de que los científicos habían trasladado la Tierra a otra galaxia y que el Sol ya no es nuestra estrella, sino una especie de luz cercana a nosotros. Estoy bastante seguro de que sigue todavía adoctrinando a Julija diciéndole a diario cosas como que, si regresan, les asesinarán obligándoles a vacunarse”.

Cuatro años y medio después de aquella tarde de noviembre en que vio por última vez a su chiquilla, Peter Pogačar sigue sin saber dónde están su hija y su ex pareja.

No hay una localización confirmada, ni una pista sólida, ni un rastro verificable más allá de una serie de indicios fragmentarios que, como piezas de un puzle incompleto, apuntan en distintas direcciones.

Aun así, el 11 de junio de 2026 planea viajar a las Islas Canarias con la esperanza de encontrarlas.

No es una intuición completamente arbitraria. Es, más bien, el resultado de una acumulación de señales débiles que, tomadas en conjunto, dibujan un mapa posible.

Y está dispuesto a pagar 10.000 euros a cualquiera que le ayude a encontrar a su niña.

"Lo único verificable que tenemos en los últimos meses son las cartas", apunta. "Entre diez y quince, enviadas a distintas direcciones: mi casa, amigos, la policía, medios de comunicación… Todas con sellos españoles".

Una de las cartas manuscritas enviadas por la madre con matasello español.

Una de las cartas manuscritas enviadas por la madre con matasello español. Cedida

Se trata, añade, "de misivas remitidas por Melisa —en algunos casos firmadas también por Julija— dirigidas tanto a su entorno personal como a instituciones y periodistas", en un intento aparente de fijar un relato alternativo de lo ocurrido.

En ellas, niega cualquier vínculo con entornos sectarios, rechaza las acusaciones que pesan sobre ella y sitúa la responsabilidad de la ruptura en su ex pareja, a quien acusa de comportamiento manipulador y de abusar psicológicamente de ella.

"Es todo inventado", replica él. "Nos separamos hace muchos años y solo teníamos contacto cuando hacíamos el intercambio de Julija".

"Además, es muy extraño", apostilla.

"Melisa intenta desesperadamente en esas cartas limpiar el nombre de Lana y pedirle disculpas por todo el sufrimiento que le está causando. ¿Por qué querría disculparse con alguien con quien afirma no tener ningún vínculo?".

Las cartas, de tono irregular —a ratos justificativo, a ratos combativo—, no incluyen datos verificables sobre su paradero, pero sí contienen referencias indirectas que, según Peter, apuntan a desplazamientos dentro de España.

Elementos mínimos, pero tangibles, que permiten acotar —aunque sea de forma muy imperfecta— un espacio geográfico.

La primera señal llegó en mayo de 2025 desde la población coruñesa de Negreira, en el noroeste de España. Meses después, en octubre, otra carta partió de Alicante, en la costa mediterránea.

Y en noviembre, una tercera apareció con origen en Sant Cugat del Vallès, en el área metropolitana de Barcelona.

Son tres puntos distantes entre sí que dibujan más un patrón de dispersión que una ruta coherente."Las localidades están bastante alejadas entre sí", explica Peter.

"Así que tengo dudas de que ella misma depositara las cartas en el buzón. Estoy bastante seguro de que tiene cómplices, aunque lo niega en las cartas".

Algunas de esas misivas siguieron un recorrido inverso: fueron enviadas desde España a contactos en Eslovenia, y desde allí reexpedidas localmente.

"Los sellos son españoles, pero los matasellos —que indican fecha y localidad— son eslovenos", dice el padre de la niña secuestrada. "Eso significa que alguien está ayudando a moverlas, a fragmentar el rastro".

En las citadas cartas, Melisa Smrekar presenta la huida como una respuesta al maltrato que, según dice, sufría. Del que, por otro lado, no hay más prueba que sus afirmaciones.

"Nuestro abandono no fue planeado estratégicamente", escribió en una de sus misivas manuscritas.

"Se lo dije a Julija y ella aceptó de inmediato. Solo queríamos retirarnos a algún lugar. Ni siquiera sabíamos exactamente a dónde íbamos, solo sabíamos que nos íbamos".

Sobre el ciclista más famoso del mundo, al que acusa de participar involuntariamente en la campaña contra ella, escribe: "Tadej Pogačar personalmente ni siquiera me conoce para poder juzgar quién soy, ni conoce personalmente a Julija".

Y sobre Peter se despacha a gusto: "A mis ojos es un mentiroso, un estafador, un psicópata, en definitiva, una persona peligrosa que juega y manipula bien".

Melisa Smrekar figura en el sistema de la Policía eslovena con una orden de detención activa desde el 25 de febrero de 2025, y entre junio y finales de 2025 apareció en la lista pública de fugitivos más buscados de Europol.

Tres son los cargos en su contra: secuestro de menor, privación ilegal de libertad y toma de rehenes.

El caso cuenta además con una notificación amarilla de Interpol, el mecanismo internacional diseñado para localizar a personas desaparecidas, especialmente menores.

La orden sigue vigente, aunque, tal y como aclara Peter, su perfil fue retirado de la página pública de Europol sin explicación oficial.

"Les pregunté por qué", afirma. "Pero se negaron a decírmelo".

"Es posible que se pregunten por qué se dedica ahora a mandar cartas. Porque está desesperada desde que las autoridades eslovenas la incluyeron, el 20 de junio de 2025, en esa lista", prosigue.

"Está intentando limpiar su nombre".

Plan de búsqueda

Su plan de búsqueda en Canarias es sencillo, casi rudimentario. Volará acompañado de su hermana, que habla español, y durante una semana recorrerá mercados, tiendas pequeñas y espacios donde, según su intuición, se mueve la gente que vive al margen del sistema.

No pretende hacer ruido ni activar mecanismos formales. "No tengo intención de remover cada piedra: eso es contraproducente", dice.

Gran Canaria —dice— le parece un lugar “probable” porque posee un clima benigno, comunidades alternativas dispersas y ofrece ciertas facilidades para pasar desapercibido si uno sabe cómo hacerlo.

¿Cómo se supone que logró escapar Melisa de Eslovenia sin dejar ni rastro? La respuesta, a día de hoy, sigue siendo incompleta. Pero hay un elemento que los investigadores y el propio Peter Pogačar consideran clave: no lo hizo sola.

Peter cree, por cierto, que junto a ellas viajaba un matrimonio esloveno, Anka y Luka Ule, cuya participación resultó tan decisiva como enigmática.

Anka y Luka Ule, la pareja con quien Peter supone que se fueron Melisa y Julija.

Anka y Luka Ule, la pareja con quien Peter supone que se fueron Melisa y Julija. Cedida

De acuerdo a su relato, fue la propia Lana Praner —la figura central del entorno espiritual en el que se movía Melisa— quien puso en contacto a su ex pareja con los Ule en el verano de 2021, después de que Melisa preguntara explícitamente si alguien podía ayudarla a salir del país con la chiquita.

Los Ule no eran unos cualquiera. Hablaban español con fluidez, un detalle logístico crucial para moverse por territorio español sin levantar sospechas.

Y tenían, además, un historial previo que refuerza la hipótesis de que estaban familiarizados con dinámicas de aislamiento y ruptura.

Entre 2013 y 2017 vivieron en República Dominicana integrados en otra organización de corte sectario o piramidal —"Happy happy", en palabras de Peter— de la que regresaron completamente arruinados.

Su desaparición es, de hecho, tan extraña e inesperada como la de Melisa. "Querían simplemente empezar una nueva vida en España. Pero algo cambió en el último momento", refiere Peter.

El 14 de noviembre de 2021, once días después de la fuga, el hermano de Anka logró hablar con ella por teléfono. Durante la conversación, al ser confrontada directamente sobre el paradero de Julija, Anka se quedó en silencio, colgó y desapareció.

Ese último contacto sitúa a los cuatro —Melisa, Julija y el matrimonio Ule— en algún punto indeterminado de España, probablemente en zonas rurales o de difícil acceso, donde, según dijeron, pretendían instalarse "en una cabaña en la montaña, sin cobertura".

A partir de ahí, su pista se diluye. Existen evidencias indirectas de su paso por Aragón y Asturias en los días inmediatamente posteriores a la desaparición —registros de alojamiento a nombre de Anka Ule.

Desde entonces, no ha vuelto a haber rastro alguno de la pareja.

Ni movimientos bancarios, ni actividad digital, ni registros administrativos. Nada.

En ese contexto, el papel de Lana Praner sigue siendo controvertido.

El padre de Julija sospecha que no solo adoctrinó a Melisa, sino que facilitó los contactos necesarios para ejecutar la fuga.

Sin embargo, no existe prueba documental que acredite su implicación directa en la desaparición, y la propia madre de la niña lo desmiente en las cartas que ha enviado desde España.

"Todo lo que se llevó fueron 5.000 euros en efectivo, eso es todo. Y eso fue hace cuatro años y medio. Entonces, ¿cómo sobreviven con Julija?", se pregunta Peter.

"Quizá en algún lugar fuera del sistema —por eso Gran Canaria es muy adecuada— o quizá trabajando de forma irregular, como limpiando casas o algo así".

Nada de lo que ha hecho Peter en estos cuatro años y medio ha contado con el respaldo de las autoridades españolas. Ni una llamada, ni un acuse de recibo.

Hace unos días envió un correo a la Guardia Civil en el que explicaba el caso con una precisión casi burocrática, preguntaba si las autoridades españolas conocían siquiera la existencia de Julija, y pedía orientación para su viaje a Gran Canaria en junio. La respuesta, hasta el cierre de este reportaje, no ha llegado.

La policía eslovena tampoco ha dado mucho más. La única ayuda mediática relevante llegó en julio de 2022, cuando el rey del ciclismo Tadej Pogačar publicó una historia en Instagram pidiendo colaboración ciudadana, el día antes de que arrancara la gran ronda francesa.

La historia generó una oleada de cobertura internacional. Pero no proporcionó ninguna pista.

"Después no quise molestarle más", dice Peter. "No le conozco directamente. Sé que ayudaría enormemente si usara su influencia, pero no soy de las personas que fuerzan a otros a hacer algo".

Lo que nadie ha podido probar judicialmente —y lo que Praner niega con amenazas de demanda incluidas— es hasta qué punto la gurú ayudó a organizar su huida.

La Gurú

Desde febrero de 2020, la líder de ese grupo Nueva Era vive en la isla portuguesa de São Miguel, en las Azores, adonde huyó cuando comenzó a sentir sobre ella la presión de las familias que había destruido.

Al menos cincuenta personas lo dejaron todo para seguirla hasta allí. El modelo de negocio es tan antiguo como la credulidad humana: talleres a novecientos euros por asistente —sin alojamiento ni transporte—, canalizados a través de una cuenta operativa en Bélgica.

Peter no cree, sin embargo, que Melisa siga bajo sus órdenes directas. Es más bien de la opinión que plantó la semilla y dejó que germinara sola.

"No es el primer caso ni el segundo que conozco de un menor arrebatado por un padre o una madre de un grupo sectario del tipo New Age", aclara Luis Santamaría.

Este experto español en cultos destructivos lleva años estudiando grupos como el de Lana Praner desde la Red Iberoamericana de Estudio de Sectas.

"A pesar de su carácter desestructurado y poco institucional —formados muchas veces por personas que siguen a distancia a un gurú, sin vida comunitaria y hasta sin reuniones—, su potencial manipulador es enorme, de manera que, a menudo, logran el aislamiento personal y la ruptura familiar".

Praner, explica Santamaría, es un ejemplo clásico de lo que los especialistas llaman "canalización": una líder que se presenta como depositaria de un conocimiento único e inaccesible para el común de los mortales, en este caso como "conexión con los mundos físicos de las constelaciones planetarias exteriores".

Su doctrina, tal como aparece en su propia web, promete que la líder "con su propia frecuencia eleva la conciencia colectiva de las personas" y se presenta como "vínculo con los mundos físicos de las constelaciones planetarias extraterrestres".

Según Peter, esto se traduce en un ideario que incluye la convicción de que los ricos quieren esclavizar a la humanidad, que la señal 5G es peligrosa, que las vacunas contra el covid llevan microchips y que los aviones liberan venenos a través de las estelas químicas.

"Mediante sus enseñanzas y meditaciones, y utilizando técnicas de persuasión coercitiva, ha conseguido manipular a personas que ven en ella un ser especial por quien vale la pena dejarlo todo", apostilla Luis Santamaría.

"Piensan que el resto del mundo está equivocado, y que el contacto con otras personas —sobre todo si son críticas con la secta— puede ser dañino para la evolución espiritual propia. Por eso es mejor romper relaciones.

El resultado es siempre el mismo: "Acaban encerrando a muchos adeptos en un elitismo fanático que los hace sentirse superiores, seres de luz".

Seres de luz que, en este caso, podrían llevar más de 1600 días ocultos en algún lugar de España con una adolescente a punto de cumplir los 15 años que un día dibujó un corazón de colores y escribió: "Querido papá, te escribo este papelito para alegrarte un día triste".