David Garriga (i.), un español engañado en Suecia, y Nikko Bahamón (c. y d.), el español asesinado en Estocolmo rodeado de imágenes relacionadas con su caso.

David Garriga (i.), un español engañado en Suecia, y Nikko Bahamón (c. y d.), el español asesinado en Estocolmo rodeado de imágenes relacionadas con su caso.

Reportajes

Decenas de españoles terminan en Suecia como "esclavos" tras ser engañados para trabajar 'en negro': uno ha aparecido muerto

El programa 'Efterlyst' reconstruyó las últimas horas de Nikko y pidió colaboración para esclarecer qué ocurrió entre su última aparición y el lugar donde fue hallado muerto, un nodo principal de la droga y las mafias laborales.

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“Yo fui a Estocolmo a trabajar en una cafetería que regentaba un sueco y su pareja venezolana”, dice el barcelonés David Garriga. “Se supone que viajaba a Suecia para ayudar a levantar ese proyecto y, al cabo de 17 meses, me debían el pago de 1.700 horas extras”.

“Digamos que me planté allí con la mentalidad española de 'ya me lo compensarán', pero cuando les reclamé el dinero, descubrí que ni se les había pasado por la cabeza resarcirme”.

Garriga, de 48 años, finalmente consiguió cobrar la deuda. “Fue un problema menor si lo comparas con otras situaciones a las que han hecho frente otros españoles. Me acerqué por un sindicato, me informé, alegué y gané el caso”.

David ya no volvió a Cataluña después de aquello. Se quedó. Y empezó a acompañar a otros en situaciones similares. Españoles, latinoamericanos, ucranianos, trabajadores del este de Europa.

Gente que llegaba sin contrato, que trabajaba durante semanas sin cobrar o que acumulaba horas imposibles en negocios que desaparecían de la noche a la mañana.

David Garriga, un español que se vio envuelto en una trampa laboral y querían escatimarle 1.700 horas extras.

David Garriga, un español que se vio envuelto en una trampa laboral y querían escatimarle 1.700 horas extras. Cedida

“Te das cuenta de que lo tuyo no es nada cuando te empiezan a alcanzar historias de muchachos que lleva meses sin percibir una corona, que viven en habitaciones compartidas de pisos-patera pagados por el propio jefe, que no tiene papeles en regla o que directamente no sabe ni para quién trabaja”, apunta.

A la postre, el barcelonés terminó por involucrarse activamente en una organización de base del sindicato SAC que defiende a empleados de limpieza y otros sectores especialmente expuestos a abusos laborales en Estocolmo.

Garriga es hoy uno de los organizadores a tiempo parcial de Solidariska Städare. Su trabajo consiste en atender a trabajadores migrantes que no cobran, que no entienden qué contrato han firmado o que descubren demasiado tarde que dependen por completo del hombre que los trajo.

Solidariska Städare no es una oficina sindical al uso, sino una de esas estructuras nacidas para operar precisamente allí donde el modelo laboral sueco empieza a perder pie.

Uno de sus primeros casos públicos fue el de una limpiadora ucraniana a la que prometieron pagar por metros cuadrados y que no cobró ni una sola corona. Luego le tocó también ayudar a un buen puñado de españoles.

Nada en Estocolmo delata a simple vista la existencia de ese mercado sumergido de mano de obra. Allí los contratos se vuelven borrosos, los horarios elásticos y la responsabilidad se evapora a medida que cambia de manos.

No hablamos de casos aislados”, asegura el catalán. “Hay empresas que funcionan así de forma sistemática. Subcontratas, intermediarios, gente que te contrata y desaparece. Y trabajadores que no denuncian porque dependen de sus empleadores hasta para respirar”.

Lo que empezó a entender entonces es que no estaba ante una suma de abusos, sino ante una arquitectura.

No hay un centro visible, ni una organización única que lo controle todo. Es más bien una cadena de favores, intermediarios y empresas que se solapan unas a otras, donde cada eslabón se protege en el siguiente.

El caso de Nikko Bahamón

En ese mismo circuito —hecho de promesas, intermediarios y trabajos que no dejan rastro— se movía el español Nikko Bahamón antes de aparecer muerto en una zanja en las afueras de Estocolmo.

Desde el pasado jueves, Suecia entera busca a sus asesinos, fascinada por el misterio que rodea a su desaparición.

Nikko tenía 30 años. Había nacido en Medellín y había llegado a España en diciembre de 2012, siendo aún adolescente, cuando su familia se instaló en Madrid.

Creció en Vallecas y, como tantos otros en su entorno, aprendió pronto a moverse sin demasiadas certezas: trabajos cortos, ingresos irregulares, decisiones rápidas. No tenía un oficio estable ni un arraigo laboral claro.

Su vida se fue organizando alrededor de desplazamientos constantes por EuropaReino Unido, Suiza, Suecia— y de empleos informales que aparecían y desaparecían con la misma facilidad con la que cambiaba de país.

Nikko, fotografiado en Londres, antes de partir para su primer viaje a Suecia.

Nikko, fotografiado en Londres, antes de partir para su primer viaje a Suecia. Cedida

A finales de diciembre de 2025 llegó por primera vez a Suecia desde Londres. Permaneció allí hasta mediados de enero. Durante esas dos semanas trabajó pintando casas y paleando nieve, siempre tareas físicas y contratos en negro.

Fue en ese ecosistema clandestino donde alguien le adeudó dinero. Según su novia Katerine, podría ser en torno a 3.000 euros. Demasiado para ignorarlo, demasiado poco documentado como para reclamarlo por vías formales.

Después se fue a Suiza, donde trabajaba su madre. Podría haber dado por perdido ese dinero. No lo hizo. El 2 de febrero de 2026 regresó a Suecia con la intención expresa de cobrarlo.

Para hacerlo, tuvo que pedir más dinero prestado. Es decir: se endeudó nuevamente para recuperar una deuda anterior cuyo origen exacto ni siquiera su familia ha podido reconstruir con claridad. Ese movimiento —económicamente frágil, casi contradictorio— marca el tono de todo lo que vendrá después.

Se instaló en Botkyrka, al sur de Estocolmo, en una vivienda compartida con varios chilenos a los que conocía de trabajos anteriores.

No era un domicilio en sentido estricto, sino uno de esos pisos de rotación donde conviven trabajadores temporales que comparten empleos sin contrato, ingresos inciertos, contactos difusos y una dependencia casi total del teléfono móvil para orientarse, comunicarse y encontrar el siguiente encargo.

Alby es una complicada barriada de Estocolmo mayoritariamente poblada por inmigrantes que viven y a menudo trabajan en condiciones precarias. Es también uno de los grandes focos de venta de droga.

Alby es una complicada barriada de Estocolmo mayoritariamente poblada por inmigrantes que viven y a menudo trabajan en condiciones precarias. Es también uno de los grandes focos de venta de droga. Wikimedia Commons

“Van a Suecia a currar en negro por desconocimiento del sistema”, explica Garriga. “En España el tema de los albañiles está jodido y alguien les dice: ‘Vente para aquí que se gana muy bien’. Y luego, cuando están en Suecia, como no hablan el idioma, acaban a merced del jefe”.

¿Podría haber caído Nikko en esa ciénaga? Durante los días siguientes a su segundo y último viaje a Suecia, el hispanocolombiano encadenó trabajos esporádicos, trató de generar ingresos y mantuvo un contacto constante con su entorno en España.

Su situación económica era precaria. Había pedido dinero para viajar y necesitaba cobrar lo que se le adeudaba para sostenerse. En las conversaciones con su pareja, Katerine, mostraba preocupación, urgencia, presión.

Él me decía que le debían ese dinero de los trabajos que había hecho en enero, pintando una casa y quitando nieve”, explica la venezolana. “Pero siempre fue todo muy raro. Me decía que no le pagaban hasta terminar el trabajo, y como se tuvo que ir a Suiza, tenía que volver para cobrar”.

En realidad, las explicaciones de su novio nunca terminaron de convencerle. “Yo no entendía nada. Para volver a Suecia tuvo que pedir dinero prestado. No tenía prácticamente nada. Y aun así insistía en regresar solo para cobrar. Yo le decía: ‘¿De verdad te compensa?’”.

No hay ningún documento, ningún contrato ni ningún detalle claro que permita reconstruir cómo se generó exactamente esa deuda. Se infiere que debía ser mayor de unos pocos cientos de euros porque en los días previos a su desaparición, la presión económica era evidente.

“Estaba muy estresado. Me dijo que el jueves —el día en que se esfumó— era cuando supuestamente le pagaban”.

12 de febrero, el día que desapareció

La víspera de su desaparición hablaron durante horas. Ese intercambio, conservado en audios, permite fijar un punto clave: el 12 de febrero era, según el español asesinado, el día en que iba a cobrar la deuda.

Ese mismo día trabajó en la zona de Mörby Centrum, al norte de Estocolmo. Terminó su jornada poco después del mediodía y emprendió el regreso hacia el sur, hacia la vivienda donde se alojaba en Norsborg.

A las 17:49 fue captado por una cámara saliendo de la estación de Hallunda, una de las últimas paradas antes de su destino. Desde ahí, el trayecto lógico era sencillo: caminar hasta casa. No lo hizo.

Tras salir del metro de Hallunda, Nikko es captado caminando por el barrio de Alby.

Tras salir del metro de Hallunda, Nikko es captado caminando por el barrio de Alby. Policía de Suecia

Dieciocho minutos después, a las 18:07, vuelve a aparecer en otra cámara saliendo en Alby, una estación anterior, en sentido contrario al de su casa. Para estar allí tuvo que volver a entrar en el metro y retroceder una parada, alejándose de su domicilio.

Ese movimiento —mínimo en apariencia, pero decisivo— rompe por completo la lógica del trayecto.

Aún hay una última observación en vida. Hasta las 18:34, Nikko es captado por una cámara caminando por las inmediaciones de Albyvägen 14. Después de ese punto, desaparece.

No hay más cámaras. No hay testigos. No hay actividad en sus teléfonos, que ya habían dejado de emitir señal horas antes. No regresa a casa pese a que llevaba las llaves y tenía que abrir la puerta a un compañero.

Tampoco vuelve a contactar con nadie. Es como si se disolviera en un tramo muy concreto del sur de Estocolmo.

Hallado en una zanja

Diecisiete días más tarde, el 1 de marzo de 2026, alguien que paseaba con un perro halló su cuerpo en una zanja de drenaje conectada con el lago Albysjön, en las proximidades de Hågelbyleden, dentro del municipio de Botkyrka.

El lugar no forma parte de ningún trayecto lógico entre Alby y su vivienda. No es un espacio de paso. Es un punto al que hay que ir, lo que sugiere que los criminales que acabaron con su vida son de esa misma zona.

La policía sueca revisa el lugar donde fue hallado el cadáver de Nikko, una zanja junto a un lago en el barrio de Alby, al sur de Estocolmo.

La policía sueca revisa el lugar donde fue hallado el cadáver de Nikko, una zanja junto a un lago en el barrio de Alby, al sur de Estocolmo. Policía de Suecia

Llevaba consigo sus efectos personales, incluidos los teléfonos y las llaves. Según su entorno, también portaba una mochila, aunque no está claro si fue recuperada junto al cuerpo.

Ese detalle introduce una pequeña grieta en la reconstrucción: la hipótesis de un robo no puede descartarse completamente, aunque su hermana, Graciela Bahamón, la considera altamente improbable por el conjunto de los hechos.

La autopsia preliminar no ha determinado una causa de muerte concluyente. Pero el encuadre del caso ha cambiado. Ya no se trata solo de una muerte sin explicación. Hoy, Suecia entera se ha volcado en la búsqueda de los asesinos del español, mientras en España apenas ha transcendido lo ocurrido.

El pasado jueves, el programa Efterlyst dedicó un bloque a reconstruir las últimas horas de Nikko y a pedir colaboración ciudadana para esclarecer qué ocurrió entre su última aparición en Alby y el lugar donde fue hallado muerto.

A día de hoy, la pregunta principal sigue intacta. ¿Qué ocurrió para que acabara tirado en una zanja?

La barriada donde se esfumó no es un lugar cualquiera dentro del mapa de Estocolmo. La policía sueca clasifica el área como “especialmente vulnerable”.

No es un eufemismo. Es una categoría técnica que señala la presencia estable de redes criminales, economías informales arraigadas y una capacidad limitada de intervención institucional en determinados momentos y lugares.

Alby se ha consolidado también en los últimos años como uno de los puntos neurálgicos del pequeño tráfico de drogas en el área metropolitana de Estocolmo: no un mercado abierto y permanente, sino una red móvil, discreta, que se apoya en nodos de tránsito —estaciones de metro, plazas, centros comerciales— y en una circulación constante de personas.

Es un territorio que no es campo ni ciudad, sino algo intermedio, un borde. Y no es la primera vez que ese borde aparece en una investigación.

"Hablamos de esclavitud"

Desde 2021, al menos otros dos cuerpos han sido localizados en entornos similares —lagos o cursos de agua cercanos a Alby— en circunstancias que, como en el caso de Nikko, obligaron a abrir investigaciones complejas, con trayectorias difíciles de reconstruir y escasa trazabilidad de los movimientos previos.

No se trata de una serie ni de un patrón probado. Pero sí de una coincidencia inquietante: el agua como punto final en historias que se rompen antes, en otro lugar. Es ahí donde vuelve la pregunta. ¿Qué ocurrió en Alby?

Todo apunta a que, en efecto, el misterio del asesinato de Nikko Bahamón no empieza en la zanja donde lo hallaron congelado sino en ese mercado invisible de mano de obra donde han quedado varados otros españoles a los que también prometieron trabajo, salario y futuro, y encontraron otra cosa.

“Sucede a menudo que el 25 de febrero les pagan la primera mitad de enero”, apunta el delegado español de Solidariska Städare. “Y de ese modo entran en un círculo vicioso que les obliga a trabajar para no perder lo que llevan trabajado”.

“¿Que si es exagerado hablar de semiesclavitud?”, apostilla el catalán. “Hablamos de semiesclavitud/esclavitud. Hay personas a quienes les han llegado a quitar el pasaporte o que trabajaban haciendo mudanzas 16 horas al día y siete días a la semana. Y luego les pagaban solo siete horas diarias a razón de 8 euros por hora. ¿No es eso acaso esclavitud?”.

Los trabajadores de la construcción esclavizados en Suecia, y entre ellos españoles, se han organizado por su cuenta para defenderse.

Los trabajadores de la construcción esclavizados en Suecia, y entre ellos españoles, se han organizado por su cuenta para defenderse. Solidariska byggare

En un país como Suecia, donde los salarios duplican con frecuencia a los españoles y la transparencia institucional forma parte del relato nacional, estas historias desentonan. No porque ocurran en los márgenes más remotos del sistema, sino precisamente porque prosperan dentro de su normalidad.

No hay mejor diagnóstico de lo que está ocurriendo que las cifras que maneja.

“Solo por dar un dato, durante los tres primeros meses de este año, los compañeros de Solidariska Städare hemos conseguido devolver 10 millones de coronas, que es casi un millón de euros”.

No se trata, de dinero disputado en conflictos laborales normales, sino de salarios retenidos, recortados o directamente no abonados en sectores donde el margen de abuso es estructural.

Y esas partidas recuperadas son solo la parte visible de un sistema que se sostiene, en gran medida, sobre trabajadores que no denuncian o que ni siquiera saben que pueden hacerlo. Una parte importante de ese engranaje la ocupan los recién llegados como Nikko Bahamón.

¿Pudo estar vinculado su asesinato a una colisión violenta con la mafia laboral que le debía pagar esa supuesta deuda? Garriga no lo descarta en absoluto.

“Hay muchas empresas que tienen trabajadores de España, de Colombia o de cualquier país en horarios extremos, en condiciones súper pésimas y cobrando una miseria”, explica.

“Y los amenazan a menudo diciéndoles que si no cumplen esos horarios esclavistas o se quejan, llamarán a Migración y los deportarán. Ese es el pan nuestro de cada día de la gente a la cual yo defiendo en la corte o en las negociaciones. Que actúen de forma violenta no es descabellado”.

No es un caso aislado

En abril de 2024, Sveriges Radio contó el caso de Carlos, un colombiano que consiguió empleo en obras de Estocolmo y que, al exigir su salario y condiciones correctas, fue despedido y amenazado de muerte, hasta el punto de verse obligado a marcharse de Suecia.

No son muertes, pero sí son precedentes directos de violencia física y amenazas letales contra migrantes dentro del circuito laboral.

En junio de 2023, Arbetet publicó el caso de Serhii, un trabajador ucraniano de la construcción en el área de Estocolmo que, al reclamar su salario, fue agredido por su jefe, que le hizo una llave de estrangulamiento y lo amenazó de muerte; la pieza hablaba explícitamente de una paliza grabada en móvil.

Paralelamente, la radio pública y SVT han documentado durante 2024 una secuencia de piezas sobre amenazas sistemáticas, explotación de migrantes y presencia de criminales que fuerzan su entrada en obras mediante extorsión.

La barriada de Alby donde Nikko se evaporó antes de ser hallado asesinado es asimismo, según Garriga, uno de esos espacios urbanos de la periferia de Estocolmo donde se junta la explotación laboral y la droga.

Tras salir del metro de Hallunda, Nikko es captado caminando por el barrio de Alby.

Tras salir del metro de Hallunda, Nikko es captado caminando por el barrio de Alby. Policía de Suecia

“No se trata tanto de que esas empresas de contratación laboral clandestina trafiquen con drogas, sino de que las mismas organizaciones que manejan a los trabajadores están metidas en tráfico de estupefacientes o de armas”, dice.

Según Sveriges Radio, las ganancias del narcotráfico se blanquean mediante salarios negros en la construcción, donde los grupos criminales se introducen con amenazas y extorsión. Además, la imagen conjunta de las autoridades suecas sobre crimen organizado subraya que el delito económico no un apéndice menor de las actividades criminales.

Lo cierto es que en ese intervalo de minutos en el que Nikko sale del metro, se aleja de su ruta lógica y entra en un espacio donde la visibilidad se reduce y las explicaciones empiezan a fallar. A partir de ese momento, lo que hay son hipótesis.

Y cada una de ellas dice algo distinto sobre el mundo en el que se movía. La más sólida es también la más incómoda: la de una intervención de terceros en el marco de una relación económica opaca.

Nikko no se desvía y va hacia Alby, en lugar de dirigirse a casa, por azar. Se desvía porque hay alguien al otro lado de ese movimiento: alguien con quien iba a encontrarse, probablemente en relación con el dinero que debía cobrar ese mismo día, fuera cual fuera la razón de la deuda que habían contraído con él.

Lo que sucedió después nadie lo sabe. “Alby es muy jodido”, dice David Garriga. “Mi mujer estuvo viviendo allí y yo iba a visitarlo sin problema, pero es jodido. Disparos, ajustes de cuentas, muertos... Son barrios jodidos”.

En lugares así, el conflicto no necesita ser grande para volverse irreversible. A veces basta una deuda menor, una cita equivocada o una promesa incumplida para que todo se precipite.