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Juan Esteban lee el futuro en los posos que dejas en la taza del café: ¿qué es lo que descubre de ti?

En qué consiste la cafeomancia y cuáles son las razones por las que algunas personas aún creen en ella pese a su nula entidad científica.

9 enero, 2023 02:41

Rosa tenía una amiga que había acudido a que le leyeran los posos del café para dictaminar qué cosas le iban a pasar o le estaban pasando ya de facto en su vida. Tan maravillada estaba su amiga con el grado de acierto de la persona que interpretaba los restos que dejaba en la taza tras beberlo, que Rosa -nombre ficticio con el que prefiere aparecer en este reportaje- se animó y probó a dejarse caer por la consulta de la vidente cafetista, sita en el madrileño barrio de Tetúan.

"Cuando llegué, vi una primera sala con un montón de sillas. Lo recuerdo como el típico centro médico de un sitio tipo La Habana: había un ventilador, una tele en la pared… Te transportaba a otro lugar del mundo totalmente distinto. Había unos baños, una especie de cocina y un cuartito hiper pequeño donde estaba ella". Rosa dijo tener miedo, pues la "brujita", como la llama, había sido muy específica al acertarle cosas a su amiga. Y le daba pavor pensar que fuera a decirle a ella algo malo que el destino le tuviera reservado: "Me dieron una tacita de café que hacían ellos ahí dentro, me la bebí y luego entré en la sala, donde me encontré a la mujer detrás de una mesita. El espacio era tan pequeño que parecía un baño casi. Empezó a darle vueltas con una mano con una técnica de ¡guau!, súper rápido, y los restos de café, de posos, iban subiendo y haciendo como formas".

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A partir de ese momento, llegaron las revelaciones. Rosa permaneció en silencio mientras aquella mujer le hacía lo que en el argot se conoce como "la tirada", una charla que condensa todo lo que el vidente puede ver en la persona que le consulta.

"Me dijo cosas de mis padres con las que flipé mucho, como que mi madre estaba mal porque no quería estar casada con mi padre, y que mi padre había tenido un problema, un vicio, y es cierto que le había dado a la bebida antiguamente. Me dijo cosas de ese tipo, con las que se la jugaba todo a una, incluso me dijo que había tenido una ex novia, que no ex novio; cosas así demasiado concretas".

Rosa, actriz de profesión, aprovechó también para preguntarle a la vidente por cuestiones prácticas de su oficio. "Cuando dejaba de hablar, tú podías hacerle preguntas concretas. Yo me hice una lista de preguntas y ella iba mirando el poso y te iba contestando. Le pregunté si me iba a salir un proyecto, si me iba a coger tal representante". Sin embargo, la persona que le leyó los posos del café también falló en alguno de sus augurios: "Hay cosas que no llegaron a pasar, me dijo por ejemplo que iba a conocer a una chica extranjera y a iniciar con ella una relación sentimental. Pero no he conocido a ninguna extranjera".

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Lo que sí le dijo a Rosa es que alguien le había echado mal de ojo, y ella estuvo de acuerdo. "Me dijo que tenía un mal de ojo porque, tras beber, los posos se quedaban en la parte de arriba. Y justo es verdad que se me habían roto muchísimas cosas antes de eso, cogía un vaso y se me rompía en la mano, se me rompió el ordenador cuando lo cogí en plan lo estoy usando y de repente se apagó; una suma de hechos que me hicieron pensar que me había mirado un tuerto".

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Para curar la supuesta maldición, la vidente le encargó a Rosa que volviera otro día portando un colgante o un perfume con el que iba a purificarla. La consulta adicional le costó otros 35 euros, que se sumaron a los de la primera. "Al mes o así sí que es verdad que las cosas empezaron a irme mejor", dice con alivio.

El afamado viñetista conocido como El Roto ironizó en una popular viñeta a cuenta de la lectura de los posos del café. En la imagen, dedicada a las librerías, se puede ver una taza de café blanca con unos granitos marrones y negros diseminados en el fondo. El texto reza: "Dejaron de comprar libros y se pasaron a la lectura de los posos del café". Sin embargo, a pesar del escepticismo que esta técnica suscita, mucha gente la sigue demandando, y otra tanta ejerciéndola.

Un cafeomante

EL ESPAÑOL ha contactado con Juan Esteban Arslanian, que lleva 35 años leyendo los posos del café a gente que se lo solicita. "Normalmente este conocimiento se transmite de generación en generación. Yo tenía una abuela a la que veía hacerlo desde que era pequeño. El origen no está claro. Los armenios dicen que es de ellos -mis padres son armenios-, y los árabes también, pero en realidad viene de los persas o incluso de antes". Juan Esteban recibe en su casa a gente que desea que le lea los posos que dejan en el café que toman, aunque también puede acudir a domicilio si se lo piden. Reside en Elche desde hace dos décadas y allí ha forjado su clientela producto del boca a boca.

Sobre la técnica, aclara que esta depende de quién realice la lectura, acogiéndose al popular dicho de que cada maestrillo tiene su librillo. En su caso, divide así cada parte de la taza: "Según si la persona la agarró con la izquierda o derecha, el frente de la misma es el futuro. La parte de atrás el pasado y el presente inmediato queda a la izquierda". Esta taza, aclara, siempre es blanca, y pertenece a todo un kit con el que realiza las sesiones.

"El proceso del café es como ceremonial para algunos, pero para mí es algo normal. Tienes que hacerlo en un recipiente, cezve en armenio, que es de cobre, y entonces se pone en base a la cantidad de personas que haya la misma cantidad de café y agua. El café tiene que ser talco, una molienda ultra hiper mega molida. A la turca, que le dicen. Algunos le ponen azúcar, otros no. Y no tiene que hervir. Lo vas moviendo y cuando está por romper el hervor lo tienes que quitar. Tú después cuando lo sirves vas poniendo un poquito en cada una y después repites el paso, porque si no el último se va a llevar toda la borra del café".

Juan Esteban utiliza una taza blanca y hace el café en un recipiente de cobre.

Juan Esteban utiliza una taza blanca y hace el café en un recipiente de cobre. E.E.

Una vez servido, aclara, pide a la persona o personas que lo están bebiendo que se tomen para ello el tiempo necesario. "Les digo que hablen de cualquier cosa menos de su vida, para no crear suspicacias. Puedes hablar del tiempo, del fútbol, del Barça, de Messi, de lo que quieras". Cuando terminan, el ritual continúa: "Pones el plato sobre la taza, con los dos pulgares sobre el plato, los dos índices por debajo de la taza, y lo giras pensando en lo que quieras saber, lo giras hacia ti. Lo levantas un pelín para que tome aire y pones un papel o algo por fuera y apoyas la taza sobre el borde del plato para que tome aire y se seque. Mi forma es esa, pero hay distintas técnicas", reconoce.

Con el resultado de este proceso, Juan Esteban se lanza a interpretar según lo que encuentre en la taza. "Puedo ver la cara de una persona, que te la puedo describir, si tiene pelo claro, una mancha en la cara, o también puedo ver un león, un elefante, una serpiente, una tortuga… Pero no me rijo por la tabla habitual", explica refiriéndose a una serie de elementos que pueden aparecer en la taza y que en la cafeomancia suelen interpretarse siempre de la misma manera.

"Si veo una serpiente, para mí es cuidado, mientras para otra gente es traición. Para mí la traición puede ser el cocodrilo u otro reptil. O por ejemplo, si veo gotas, para mí simbolizan llanto, amargura, tristeza, dolor, mientras que hay gente que te dice que son alegría. Todo es en base a cómo cada uno lo vivió y fue experimentándolo".

El vidente dice incluso que puede llegar a ver figuras humanas en posturas plenamente reconocibles. "Puedo ver a una persona encima de algo, que puede ser una camita, y tres o cuatro personas alrededor, entonces interpreto que es una cirugía. Si veo muchas caras mirándote o desde el fondo de la taza, u ojos saltones, es envidia pura y dura". Pero reconoce tener topes. "No puedo saber si vas a ganar la lotería, es más bien cuestiones de salud, o presencias negativas en el entorno de la gente que te mueves".

Juan Esteban dice no haber cobrado por sus servicios durante muchos años, pero ahora ha establecido un precio "de 35 o 40 euros por sesión". Aunque esa no es su principal fuente de ingresos, pues trabaja para una gran empresa que se dedica a la instalación y programación de datáfonos para cobro y a la reparación de cajeros automáticos, y en ella lleva veinte años de oficio. Muchos de sus compañeros desconocen esta otra faceta de su vida. "Es un secreto que uno tiene porque a lo mejor ellos no creen y ya te tildan… El que te consulta es porque cree o lo acepta, si no no estaría consultándote".

Por eso mismo le preguntamos.

-¿Qué le diría a quienes consideran que lo que hace es un mero engaño?

-Yo lo respeto, y lo puedo entender, porque claro, te dicen ‘demuéstrame el número que va a salir mañana en la lotería’. Yo me quedo con que a la persona que le he transmitido lo que he visto a veces me ha llamado después y me lo ha agradecido, y eso me demuestra al menos a mí que no es una mentira ni ningún invento.

La inseguridad

Luis Alfonso Gámez es periodista y autor del ensayo 'El peligro de creer' (Léeme Editores, 2015). Tras años de investigación ha llegado a una conclusión que explica por qué todo tipo de adivinos tienen una nutrida clientela, por mucho que eso pueda sorprender a gran parte de la sociedad.

"Es por la inseguridad. A todos o a casi todos nos gustaría saber qué nos va a deparar el futuro. Y la misma gente que abría aves para ver sus vísceras, ha usado luego la bola de cristal, el tarot o los posos del café aprovechando esa inseguridad de los demás. La madre de Silvester Stallone, por ejemplo, leía las líneas del culo. Todas estas técnicas no son más que un macguffin, no sirven para nada más que para hacer avanzar la trola".

Le contamos a Gámez el caso de Rosa, que se mostraba impresionada por el grado de acierto que la "brujita" había demostrado con ella, y considera que "los humanos tenemos fallos de programación, tendemos a olvidar los errores; por eso cuando nos dicen diez cosas, de las que nueve son trolas y la décima es un acierto, nos quedamos con el acierto y olvidamos los nueve errores".

El mecanismo que opera aquí es el mismo por el que los seres humanos "tendemos a recordar" los buenos momentos y a ir enterrando los malos, "por pura supervivencia". Además, el periodista y ensayista considera que la observancia es la materia prima fundamental de todos los que trabajan con la adivinación del futuro. "Si a mi consulta llega una chica muy guapa y bien vestida y con posibles, deduciré que tiene mal de amores. Si llega una chica que luce un aspecto poco sano, deduciré que tiene problemas de salud. Y siempre teniendo en cuenta que todos los humanos, siendo diferentes, somos iguales. Esto es como la canción de Los Stop: nos interesa la salud, el dinero y el amor".

Sobre el perfil de las personas que acuden a las consultas de los videntes, Gámez explica que hay de todo, pero suele predominar un perfil concreto. "Las víctimas del tipo que lee el café o echa el tarot normalmente son gente humilde que hace un esfuerzo económico. La gente más humilde por pura desesperación necesita que le digan que su hijo va a conseguir un trabajo o que su mujer se va a curar de una enfermedad".

-¿Son víctimas quienes contratan los servicios de un adivino?

-Sí, son víctimas. La gente que consulta a videntes es tan víctima como la que va al homeópata.

"Confía en la persona del otro lado porque tiene un aura de credibilidad, en el caso del homeópata es una bata blanca y, en el de los adivinos, toda la parafernalia que les rodea. Y son víctimas porque están pagando por un servicio que no les están dando". Luis Alfonso Gámez abunda en que "si yo compro un litro de leche, me llevo leche. Si alquilo un coche, uso un coche. Si digo que me adivinen el futuro, no me lo van a adivinar. No van a recibir el servicio por el que están pagando, por eso siempre les están timado, es una estafa siempre. Otra cosa es que a veces el estafador no sea consciente de ser un estafador y se crea, entre comillas, sus poderes".