Momento en el que la chica, sentada en un banco (A), cuenta a una pareja que acaba de ser violada.

Momento en el que la chica, sentada en un banco (A), cuenta a una pareja que acaba de ser violada. Andros Lozano

La tribuna

Querida chica de San Fermín: no te culpes, yo sí te creo

No hagas caso a quienes te cuestionan. No escuches a quienes dudan de tu relato. No prestes atención a los que asumen como voluntario aquello que tú has dicho una y otra vez que sucedió sin tu consentimiento. La mayoría de la sociedad española cree en ti. Yo me incluyo. Y más habiendo leído varias veces tu declaración ante la fiscal. Salgan condenados o no tus agresores, seguiré creyendo en ti. Es imposible no hacerlo. Por ti y por conocer la trayectoria de los cinco miembros de la Manada.

No se lo tengas demasiado en cuenta. Era su estrategia, la siguió al milímetro hasta el último segundo del juicio y le dio réditos. Se quitaba la toga, abandonaba la sala de vistas 102 de la Audiencia de Navarra y esperaba a que los periodistas se arremolinasen en torno a él para lanzar mensajes que han acabado contaminando a la opinión pública y, quizás, al tribunal. El objetivo: desacreditarte, manchar tu imagen. En el fondo, arrebatarte las ganas de vivir.

“Se trata de una relación sexual consentida y placentera”. “Quiero poner de manifiesto cada una de las falsedades, de las incorrecciones y de las no verdades que se han vertido en este juicio". “No agredieron sexualmente, no vulneraron la intimidad y no robaron el teléfono móvil”. “(De los vídeos) No se puede extraer la existencia de una agresión sexual, es una película porno y en ningún caso es una película de ciencia ficción”. “El relato de la chica ante el juez desmiente lo que la sociedad ha pensado de los acusados hasta ahora. La denunciante no accedió por la fuerza a aquel portal”.

La autoría de las frases anteriores es de Agustín Martínez Becerra. Le viste la cara el día que fuiste a declarar a la Audiencia. Luego él se atrevió a cuestionar, incluso, tu forma de sentarte. Es el abogado de tres de los cinco hombres de Sevilla a los que tú, cuando aún tenías 18 años, denunciaste que te agredieron sexualmente en Pamplona. Fue el 7 de julio de 2016, hace ya año y medio.

La semana pasada finalizó el juicio que ha de dirimir si los acusados, que desde entonces están en prisión, son culpables de una violación o quedan absueltos. Durante dos semanas y media la gente se enteró de qué ocurría en el interior de los juzgados de Pamplona gracias a las informaciones publicadas por los medios y, en parte, por las declaraciones interesadas de este abogado.

Ese batiburrillo de filtraciones con eco mediático y las palabras diarias del letrado Martínez Becerra han provocado una distorsión para el lector, el espectador o el oyente. Y la peor parada no podía ser otra: tú, la víctima, sobre la que se puso el foco. Durante alguna jornada del juicio llegué a pensar que eras tú la acusada, que debías demostrar que no mentías, que a ojos de personas como Martínez Becerra te hubiera venido mejor acurrucarte en una esquina y dejar que te viesen llorar. Tu vida normalizada, con tus padres, con tus amigos, le hacía pensar que estabas bien, que todo te lo investaste, que tu denuncia, en definitiva, era falsa.

Con la sala de vistas bunkerizada y sin opción a que nadie ajeno al caso pudiera ser testigo de lo que allí dentro sucedía, en buena medida la opinión pública pudo llegar a creer que, con tu testimonio, te desdijiste en el relato o que quedaba demostrado que denunciaste por despecho.

Pero este martes varios medios de comunicación, entre ellos EL ESPAÑOL, publicamos las respuestas que el 14 de noviembre ofreciste a las preguntas de la fiscal Elena Sarasate o a las del abogado de otro de los acusados.

Ayer leí varias veces tu testimonio. En ningún momento entras en contradicciones, no te muestras dubitativa, no admites que conociste a cinco chicos y al cuarto de hora ya estabas teniendo sexo con todos ellos sin pedirles que usaran condón y aceptando voluntariamente que te sometieran. La única puntualización que hiciste, y la cual te honra y aún da más fuerza a tu testimonio, es que no te metieron por la fuerza en el rellano donde se produjo la agresión. "No fue con mucha fuerza, fue con la suficiente para meter a alguien, no fue para dejar marca (en las muñecas)", dijiste.

Contaste que en ningún momento supiste el nombre de los jóvenes que te agredieron, que no hablaste de sexo con ellos, que no les pediste que te acompañaran al coche en el que dormía un amigo y que no fuiste en grupo, sino acompañada de uno de los miembros de la Manada, hasta el portal número cinco de la calle Paulino Caballero.

En tu relato ante el tribunal dijiste que te sentiste incómoda cuando uno de los acusados, con el que ibas caminando sola, te agarró del hombro y de la cadera. Aseguraste que no pediste “auxilio ni nada" porque no pensabas que "iba a pasar lo que pasó”. Explicaste que si te dejaste hacer fue debido a que entraste en estado de shock.

“Me dijeron que me callara y me hicieron así (se lleva la mano a la boca) (...) Llegamos al cubículo ese, y fue cuando empecé a sentir más miedo. Me vi rodeada por aquellos cuatro, noté que me quitaban la riñonera, sujetador y me desabrochaban el jersey atado a la cintura. Empecé a sentir más miedo cuando me agarraron de la mandíbula y me acercaron para hacer una felación, y otro me agarraba de la cadera y me bajaba leggins (...) No sabía qué hacer, quería que todo pasara rápido y cerré los ojos para no enterarme de nada (...) Estuve todo el rato de rodillas o semiagachada, no recuerdo estar de pie. Me tiraban del pelo, de la coleta”.

Ante los tres magistrados que componen el tribunal que juzga a la Manada negaste que supieras que te estaban grabando, dijiste que te dejaron desnuda dentro del portal y que tras la agresión sexual te sometiste a terapia psicológica que aún hoy no has abandonado. “Tenía pesadillas, insomnio, problemas de concentración”.

Quizás, el pasaje más doloroso de tu relato es cuando, a preguntas de la fiscal, reconoces que hubo un momento en el que notaste sentimiento de culpa por haber puesto la denuncia, que tenías remordimientos por haberlo hecho. En tus palabras denotas la candidez e ingenuidad propias de una chica de tu edad, buena hija, buena estudiante...

“Pensaba que podía haber hecho más, que les estaba jodiendo la vida a cuatro personas, que era mi culpa lo ocurrido... Porque me podía haber ido, porque no tenía que haberme puesto a hablar con gente que no conozco, porque me separé de mi amigo, porque me quedé sola en una ciudad que no conozco (...) Se me quitaron las ganas de hacer cualquier cosa y necesitaba respirar”.

No te martirices, por favor. Tú eres la víctima y ellos no merecen que te sientas culpable por nada. La Manada ni siquiera te ha pedido disculpas ni perdón hasta el momento. Y son ellos quienes se sientan en el banquillo de los acusados. Pronto dejarás de soportar las miradas inquisitorias de quienes dudan de tu palabra. Son pocos, muy pocos. Te lo garantizo, aunque hagan mucho ruido. Yo me pregunto si pensarían lo mismo si, en vez de tú, hubiera sido su hija, su hermana, su madre la que entró en aquel portal.

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