Paloma Anca

Paloma Anca

Opinión

Quedarse

Porque no siempre se puede pasar de canción, por Paloma Anca

Publicada

Estas Navidades, los Reyes Magos me trajeron un tocadiscos.

Yo no lo había pedido. De hecho, si me hubiesen preguntado por mi lista de deseos wishlist, probablemente habría pedido algo muy adulto y razonable como unas otras zapatillas de correr, un tratamiento de belleza para volver a tener dientes de leche no parecer adulta o comer donuts sin engordar.

El tocadiscos no aparecía en mi lista de caprichos. Pero ahí está la magia de los Reyes Magos. Ellos analizan si te has portado bien, piensan en lo que te gusta y al final descubren cosas que ni nosotros mismos sabíamos.

Cuando abrí mi regalo lo miré agradecida e ilusionada. Pero también sorprendida y confusa. En mi cabeza, con relación a la música ya teníamos todo resuelto: Spotify. Alexa. Mi voz. Mi móvil. Una playlist para correr, otra para escribir, otra para cuando creo que voy a ordenar y al final solo muevo un montón de papeles de un sitio a otro. Todo muy cómodo, apto para perezosos porque basta con pulsar un botón o dar una orden para cambiar de canción.

El tocadiscos, en cambio, introducía en mi casa un concepto que la vida moderna está intentando eliminar: el movimiento la incomodidad. Porque escuchar un vinilo requiere:

levantarse,

sacar el disco de la funda con cuidado,

Ponerlo en el tocadiscos con cuidado,

bajar la aguja con cuidado,

darle la vuelta al cabo de un rato con cuidado.

Es decir, hacer cosas. Con cuidado.

Al principio pensé que ese tocadiscos sería un objeto decorativo muy bonito. Igual que la máquina de escribir antigua que no utilizamos, y que queda fenomenal en la librería, entre tres libros colocados estratégicamente y una planta que se acabará muriendo.

Pero al cabo de unos días, me compré mi primer vinilo y empezaron a pasar cosas. No fue una compra planificada. Fue más bien un impulso. Ahí descubrí el placer de escoger música, algo que Spotify nunca me había dado. Escogerla de verdad, concentrada, prestando atención. Sin algoritmos.

Me recordó a cuando entro en una librería “solo a mirar”. Mirar portadas, desordenar sacarlos de las estanterías, leer la contraportada. De repente estaba allí, pasando discos como quien hojea libros.

Me he dado cuenta de que durante años, he estado escuchando música como si fuese agua del grifo. Abro la app, sale música. Le digo a Alexa que me ponga rock, salen canciones. No hay misterio.

El vinilo, sin embargo, ha introducido una nueva variable; no todo está disponible en cinco segundos. A veces no encuentras lo que buscas. A veces compras algo que no conocías. A veces descubres que te gusta algo que jamás habrías escuchado, porque el algoritmo solo te recomienda el estilo que ya sabe que te gusta.

En un mundo donde queremos las cosas de inmediato para ayer y donde en cuanto algo no nos gusta, lo cambiamos, los vinilos se han quedado obsoletos. No hacen tu vida más eficiente. Ni más cómoda. Pero para mí, la hacen más humana. Porque no te dejan escapar. No puedes saltar de canción. No puedes ir directamente a tu preferida. No puedes fingir que el resto no existe. Te tienes que quedar. Incluso cuando la canción no es la mejor del disco.

Y ahora, si me disculpáis, voy a hacer algo que en 2026 se considera extravagante: levantarme de la silla para darle la vuelta al vinilo. Con cuidado.