Pasamos media vida evitando quedarnos embarazadas y la otra media intentando tener hijos.

Condicionamos la maternidad a un montón de hitos que nos han metido en la cabeza que debemos cumplir: edad, salud, estado civil, vida laboral, presión social y familiar, sentirte realizada con tu vida, casarte, tener un piso en propiedad… posponiéndolo a un momento idílico que parece no llegar nunca.

Cuando te conviertes en madre cambia tu identidad, tu cuerpo, tus hormonas, tus valores, tus relaciones, tus prioridades… te cuestionas quién eras y en qué te has convertido.

Es una etapa de transformación y crecimiento, de evolución personal, de introspección y explosión incontrolable.

Un proceso difícil, del que no hablamos demasiado hasta que lo vivimos, del que falta información y la que recibimos a lo largo de nuestra vida suele ser edulcorada nivel hiperglucemia.

Ser madre es vivir en un estado permanente de no llegar, de querer dejarlo todo, de un cansancio desconocido, de pensamientos intrusivos, de feroz autocrítica y de volver a vivir la sensación de hacerlo todo mal de la que creías haberte librado tras la batalla final contra el síndrome de la impostora como una guerrera k-pop. Sientes que no puedes… pero sí puedes.

Porque solo es un proceso y solo es un tiempo.

Ese proceso psicológico, emocional, físico y social, esa transición de identidad por la que pasamos las mujeres al convertirnos en madres tiene un nombre: Matrescencia.

Algo así como ‘Madrescencia’ y te quiere sonar porque se inspira en la palabra Adolescencia. Y en verdad son procesos bastante similares.

Uno de los puntos clave de la Matrescencia es el duelo por la vida anterior. Cuando nació mi hijo tuve un sueño en el que me veía tumbada en una camilla que se dirigía a la sala de parto. En la puerta, apoyada, estaba yo también, despidiéndome de mí misma.

Llegamos tarde a la maternidad y como, además, nos han hecho creer que es lo que debemos hacer, asumimos que es fácil, que no es para tanto, que “solo” somos mamás. Cuando la maternidad es algo poderoso.

Es fortaleza, resiliencia, crianza, amor, valor, paciencia, constancia, inspiración, superación, valentía. Es el trabajo más complejo del mundo y el más agradecido. Es estar ahí siempre mientras sostienes un trabajo, una familia, una comunidad. Cada día, estés exhausta, enferma o triste, no puedes fallar.

La maternidad es, sin duda, una forma increíble de sentirte realizada.

Puedes ser madre sin cumplir esa lista inabarcable de hitos.

Puedes ser madre si quieres ser madre.

Y puedes ser madre si puedes.

Porque lo más difícil de ser madre es no poder serlo.

Sufrir un aborto, por ejemplo, sigue siendo un tabú e implica, casi siempre, tener que seguir con tu vida como si nada porque, ¿quién lo cuenta?

Y eso que es muy común.

Entre un 10%-15% de embarazos en España terminan en aborto espontáneo.

A partir de los 35 años las mujeres tenemos un 20% de riesgo de aborto,

A partir de los 40 años, el riesgo es entre 33% y 40%.

A partir de los 45 asciende al 50%.

Casi siempre nos lo hemos callado.

Es una decisión muy personal.

Y está bien.

Aunque afortunadamente, cada vez más mujeres lo contamos.

He tenido un aborto.

Y está bien.

Muchos psicólogos recomiendan hacerlo porque, dicen, es una herramienta para validar el duelo y procesar tu dolor.

Pero no todas lo gestionamos igual.

Tras haber sido mamá por segunda vez, pienso en lo lejos que estamos de entender el valor la maternidad y por lo que tenemos que pasar: la lucha contra el reloj biológico, los problemas de fertilidad, los abortos, las pruebas médicas, las citas ginecológicas, el juicio destructivo de los demás… qué solas nos sentimos y qué frustrante puede ser.

Y a pesar de todo, en la transición a la maternidad aparecen en tu vida personas increíbles: profesoras, doctoras, psicólogas, cuidadoras y, sobre todo, nuevas mamás con quienes, aunque no tengas nada en común, os entendéis a la perfección. Tejer una red de mujeres que estén en tu misma pantalla te cambia la vida.

Llegamos a la maternidad con sobrecarga mental, la de todos los consejos y sabiduría acumulada de la generación anterior. En pleno siglo XXI todavía se espera que seamos madre, supergirl y wonderwoman al mismo tiempo.

Spoiler: es imposible.

Sobre todo, teniendo en cuenta nuestro nivel de conciliación.

‘480 días y 80% de sueldo’ podría ser el título de una canción de Sabina, pero es lo que dura la baja por maternidad en Suecia. A mí más que a música me suena a ciencia ficción, para llegar a ese nivel ¿cuántos siglos faltan?

Para promover la natalidad hace falta más que regalar un paquete de pañales.

Me pongo reivindicativa, pero para que este país crezca en número de niños, debe hacerlo también en comprensión, en convivencia, en educación, en madurez, en civismo y en respeto, aprendiendo a priorizar el bienestar de los niños y las niñas para que puedan pasar más tiempo de calidad con su papá y su mamá.

Otra cosa de la Matrescencia, que te pones tan rebelde como a los 15.