Vosotros sois muy jóvenes, pero hace no tantos años había algo que hoy suena a ciencia ficción: tolerancia. Convivencia. Pluralismo. Respeto por la opinión del otro. No eran palabras de cartón piedra ni consignas de pancarta. Eran normas no escritas para no comportarse como un imbécil.

La tolerancia no consistía en aplaudir al que pensaba como tú, sino en aguantar al que no. En aceptar que el otro existía, hablaba, votaba y opinaba sin que hubiera que arrancarle la cabeza por ello. Nadie se creía moralmente superior por defecto. Nadie iba repartiendo carnés de decencia como si fuese el portero de un burdel ideológico.

La convivencia no era postureo. Era tragar saliva, discutir fuerte, mandar a alguien a paseo y, aun así, volver a sentarte con él al día siguiente. Se podía discutir de política, de religión o de fútbol sin acabar pidiendo la hoguera. Las sobremesas no eran campos de exterminio moral. La discrepancia no se confundía con la traición.

El pluralismo significaba algo muy simple: que el mundo no era tuyo. Que no giraba alrededor de tu ombligo ni de tu última indignación. Que había ideas que te parecían detestables, sí, pero que tenían derecho a existir. Y tú, obligación de escucharlas si querías llamarte adulto.

Y el respeto… el respeto no era este chantaje emocional actual. No era “respétame o te destruyo”. Era callarte cuando no sabías, escuchar cuando no entendías y discutir sin convertir al otro en un monstruo. Se atacaban las ideas, no se ejecutaba a las personas.

Hoy todo eso ha saltado por los aires. Vivimos en la era del cretino convencido. Del analfabeto moral con megáfono. Del imbécil que confunde gritar con tener razón. Aquí ya no se debate: se lincha. No se discrepa: se cancela. No se piensa: se obedece al bando propio como ganado dócil.

La tolerancia ha sido sustituida por la amenaza. La convivencia, por la trinchera. El pluralismo, por el pensamiento único con sonrisa hipócrita. Y el respeto… el respeto ha muerto ahogado entre insultos, consignas y una cobardía intelectual que da vergüenza ajena.

Vosotros sois muy jóvenes, sí. Habéis heredado este lodazal y os han dicho que es progreso. No lo es. Es una regresión cutre, ruidosa y profundamente estúpida. Un mundo lleno de gente incapaz de escuchar, incapaz de dudar, incapaz de aceptar que quizá —solo quizá— no lo sabe todo.

Antes había menos pureza moral y más cabeza. Menos banderas y más sentido común. No era un paraíso, pero no era este manicomio.

Y no, no estamos avanzando. Estamos retrocediendo a toda velocidad, con una sonrisa en la cara y el dedo acusador siempre listo.