La tienda de Santiago que sigue trabajando "como a la antigua usanza" tras más de 100 años
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La tienda de Santiago que sigue trabajando "como a la antigua usanza" tras más de 100 años
Cristina es la tercera generación de Comercial Julio Tojo, tienda que fundó su abuelo en 1913. Comenzó siendo una zapatería, fue la primera tienda de deportes de la ciudad y ahora es el lugar idóneo para comprar un paraguas en una urbe donde la lluvia es un habitante más
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1.937,1 litros por metro cuadrado de lluvias, ese fue el dato que registró Santiago de Compostela el año pasado y que vivió 182 días de 2025 con precipitaciones. Si algo está claro es que en la capital gallega llueve bastante, no pasó desapercibido para García Lorca que le dedicó un poema a la lluvia compostelana en su libro Seis poemas galegos, ni tampoco para Los Tamara que venían, "ligerito caminando", a Santiago pero con un "paragüitas" por si la lluvia los alcanzaba.
Si alguien en la ciudad sabe de paraguas es Cristina Tojo, gerente de la tienda Comercial Tojo, en el número 43 de la rúa Caldeirería. "Los mejores paraguas son los que las varillas son de acero inoxidable", explica, pero le pone una pega: "pesan mucho". "¿Irrompible? Ninguno", dice.
"La gente joven prefiere el paraguas plegable porque lo metes en una bolsa", comenta Cristina, aunque ella aconseja tener los dos, "el plegable y el largo, porque el largo suele resistir mejor, en un día de temporal te puede aguantar".
Los paraguas grandes, los llamados popularmente "de siete parroquias", lo suelen llevar los hombres, "porque pesa", mientras que las mujeres piden un "paraguas amplio, pero no tanto". "Lo que se pide siempre es el de varillas de fibra, porque es ligero y aguanta", señala la dueña.
Más de 100 años de historia y tres generaciones
Pero hablar de Comercial Tojo no es hablar de una tienda como otra cualquiera en Santiago. Se trata de una parte de la historia de la ciudad, un comercio que resiste en pleno casco histórico tras más de 100 años desde que abrió sus puertas.
Cristina es la tercera generación que se hace cargo de la tienda, después de su padre y su abuelo. Su abuelo, Julio, abrió la tienda en 1913, el día no está claro, "mi padre siempre dijo que había guardado una libretita con la fecha exacta de apertura pero no la he encontrado", explica Cristina.
El año lo sabe a ciencia exacta gracias a una foto que la acompaña en el fondo de la tienda y que su abuelo le dedicó a un hermano y la fechó acompañada de la frase "Aquí estamos en la nueva tienda recién abierta". Por lo que Cristina decidió que el aniversario de la tienda es el 12 de abril, "es el día de San Julio; mi abuelo se llamaba Julio, mi padre se llamaba Julio y yo, la tercera generación, nací el 12 de abril".
Julio Tojo, el señor de bigote y de pie, el primer día de la tienda
Julio Tojo, abuelo, vino desde Touro para Santiago a estudiar Medicina, como su padre, "se dio cuenta de que era el tercero, pero había por debajo como 10 más y había que sacarlos adelante", señala Cristina. Su abuelo comenzó de niño en Almacenes Mosquera, "como ayudante, como aprendiz, como repartidor, lo que fuera" en la sección de calzado.
Terminó dejando la carrera de Medicina porque "ya estaba metido" de lleno en el comercio, ayudando mucho a sus padres a sacar a una familia adelante, comenta su nieta.
Con 28 años, con ahorros, se estableció en la capital gallega abriendo esta tienda que aún hoy perdura en la ciudad, pero totalmente distinta. "Aquí no había casa; era un 'chabolo' donde se guardaban los carruajes, y la de al lado eran las caballerizas", explica Cristina. La tienda actual, especializada en paraguas, maletas y artículos de viaje, comenzó siendo una zapatería con una etapa también de menaje del hogar, que aún resiste hoy con algunas tulipas que hacen por encargo y tijeras.
Su abuelo habló con la dueña para construir una casa en donde construiría un negocio y formaría una familia, "pues la señora construyó la casa, se estableció y le fue muy bien", hasta llegada la Primera Guerra Mundial, la primera ruina.
"La banca lo convenció de ampliar negocio concediéndole un crédito", pero llegada la Gran Guerra, "la banca invirtió en producto alemán y se hundió la banca", reclamándole el préstamo.
"Se quedó sin nada, tuvo que devolver el préstamo y tuvo que empezar de cero de nuevo. Se levantó y empezó de cero otra vez", dice Cristina. Gripe española, el Crack del 29, la Guerra Civil española o la Guerra Mundial, fueron muchas las crisis que tuvo que resistir Comercial Julio Tojo para seguir adelante.
"Se vendían mucho los baúles, los emigrantes se llevaban para irse a América los baúles y las maletas"
"En la Guerra Civil fue la tercera ruina" narra Cristina, "él fue sosteniéndose gracias a que tenía un negocio realmente fuerte, pero ya hacia el final de la guerra no pudo seguir". En los años 50 cogió las riendas de la tienda su hijo, el padre de Cristina, "entonces ya empezaban a necesitarse en Santiago tiendas de viaje, que no había".
Su padre llegó de la guerra, estudió en la universidad y se fue a Madrid para preparar judicaturas, pero volvió a la capital gallega para ayudar al abuelo de Cristina, muy enfermo, con la tienda.
"Se vendían mucho los baúles, los emigrantes se llevaban para irse a América los baúles y las maletas", rememora su hija. Comenta que Comercial Julio Tojo también fue la primera tienda de deportes de la ciudad, pero la sección de deportes la dejó cuando la propia Cristina se puso al frente de la tienda, "o trabajabas el viaje o trabajabas el deporte; las dos cosas juntas no podían ser".
"Mi padre falleció cuando le faltaba casi dos meses para cumplir los 96", rememora Cristina, "unos días antes de fallecer le comentó a mi madre: “mira, nunca en la vida me pesó haber colgado las judicaturas. Fui plenamente feliz en la tienda.”
"Adaptarse al cliente"
A finales de los años 90, Cristina se puso al frente de la tienda, aunque llevara toda su vida creciendo en ella. "Desde que aprendimos a caminar, a sostenernos sobre nuestras piernas y a decir cuatro palabras, ya echábamos aquí una mano", explica.
"Cuando eran periodos de más afluencia de clientes, como las Navidades, y de aquella las Navidades eran una auténtica locura, estábamos aquí mis tres hermanos y yo con mis padres, trabajando los seis", rememora, "y no dábamos abasto".
Estudió auxiliar de laboratorio por obligación de su madre, "no sé ni cómo lo hice, porque odié toda la vida la química", bromea. Nunca se dedicó a ello, estuvo trabajando en un despacho de arquitectura durante unos años y cuando sus padres necesitaron ayuda en la tienda no dudó en hacerlo, "a mí siempre me gustó", confiesa.
"Lo que fue haciendo la tienda toda su vida, desde el principio, es adaptarse a lo que el cliente pide", puntualiza Cristina, "pasado mañana no quieren mochilas, quieren bandoleras; entonces dejamos las mochilas y pedimos bandoleras. Y así te vas adaptando a las necesidades del cliente".
No hace falta pasar mucho rato en la tienda para ver que a Cristina le encanta su trabajo, atendiendo a todas las peticiones que tienen sus clientes, con una sonrisa y alegría que animan cualquier día malo.
"Lo único malo que tiene es que ahora mismo estamos viviendo momentos difíciles para sacarlo adelante", confiesa. Y es que no es nada fácil mantener un negocio familiar en plena zona vieja de Santiago, donde los vecinos van cada vez a menos y los comercios locales también.
"Cuando yo nací y hasta mi juventud, hasta mis treinta años más o menos, en Santiago lo único que había antes era pequeño comercio"
"Cuando yo nací y hasta mi juventud, hasta mis treinta años más o menos, en Santiago lo único que había antes era pequeño comercio". La apertura de grandes centros comerciales en la ciudad, y en algunos puntos de la comarca, hizo que mucha clientela se desplazara hacia esos lugares. "Luego otro palo fueron las compras por internet", comenta Cristina.
Aunque, para ella, la culpa de estos cambios también lo tiene el propio pequeño comercio. "Nosotros seguimos trabajando aquí como a la antigua usanza, exactamente igual. Pero la gente se cree que tiene un comercio y que es un centro comercial", explica.
"Compras un regalo para alguien, a esa persona no le va bien, lo va a devolver y te dan un vale de compra, se va desdibujando, lo pierdes. Muchísimos de esos vales terminan en la basura porque la gente no los cambia, el comerciante se queda con el artículo y con el dinero", a lo que añade que para ella "es una estafa" y que deberían "estar totalmente prohibidos", en su tienda se devuelve el dinero, como siempre se hizo.
"Ganas un cliente asegurado, porque ese cliente, cuando tenga que comprar otro regalo, se acordará de que allí nos devuelven el dinero", comenta Cristina quien puede presumir de tener una clientela fija, "muy amplia", a lo largo de los años y que ha pasado de familia a familia.
A Cristina le faltan dos años para jubilarse, aunque confiesa que intentará ampliarlo más, tiene puesta la mirada "en un sobrino" para el futuro de la tienda, pero habrá que esperar todavía por esa decisión.
Mientras tanto, Cristina seguirá regentando una tienda símbolo de una ciudad que poco a poco va perdiendo los comercios que la hacen única y forman parte de su historia.