Recreación de la firma del Tratado de París por Montero Ríos.

Recreación de la firma del Tratado de París por Montero Ríos. Iván Fernández Amil

Historias de la Historia

El gallego que firmó en París el fin del Imperio español: Eugenio Montero Ríos

La historia de uno de los políticos gallegos más conocidos, perseguido durante años por un tratado que se vio obligado a firmar

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El 20 de junio de 1898, el crucero estadounidense USS Charleston se plantó frente a la isla de Guam y disparó sus cañones. Los oficiales españoles de la guarnición llevaban meses incomunicados y no sabían que su país estaba en guerra con Estados Unidos, así que tomaron los disparos por un saludo de cortesía y se acercaron en una barca a disculparse. No podían devolver la salva, explicaron, porque sus cañones, carcomidos por el salitre, llevaban más de un siglo sin dispararse. Allí, a bordo del barco enemigo, se enteraron de que eran prisioneros. Guam se perdió sin un solo muerto y sin un solo tiro de respuesta. Así de ridículo fue el derrumbe del imperio español, que medio año más tarde quedaría liquidado para siempre con una firma en un despacho de París. La mano que puso aquel nombre al pie del acta era la de un gallego de origen humilde que de joven había querido ser cura. Se llamaba Eugenio Montero Ríos.

El USS Charleston llegando al puerto de Agaña, Guam.

El USS Charleston llegando al puerto de Agaña, Guam. https://es.wikipedia.org

Eugenio nació en Santiago de Compostela el 13 de noviembre de 1832. Entró en el seminario con la idea de ordenarse sacerdote y pasó allí cuatro años, pero acabó colgando los hábitos antes de tiempo para estudiar Derecho y Filosofía. Aquella formación religiosa no se le olvidó nunca, y marcaría toda su carrera de un modo que jamás habría imaginado.

Aquel chico humilde resultó tener una cabeza extraordinaria, lo que le permitió doctorarse en Derecho en Madrid en 1858 con premio extraordinario, y al año siguiente ganar por oposición una cátedra en la Universidad de Oviedo. Poco después comenzó a dar clases en Santiago y en 1864 ocupaba la cátedra de Derecho Canónico de la Universidad Central de Madrid, la más importante de toda España en su especialidad.

Placa en la casa natal de Eugenio, en Santiago de Compostela.

Placa en la casa natal de Eugenio, en Santiago de Compostela. https://es.wikipedia.org

En paralelo abrió un bufete en la capital que le dio mucho prestigio y mucho dinero, convirtiendo a aquel seminarista de Compostela en uno de los abogados más respetados del país.

De la cátedra saltó a la política, y lo hizo en uno de los momentos más convulsos de la historia de nuestro país.

Tras la revolución de 1868 que destronó a Isabel II, Montero Ríos entró en la comisión que redactó la Constitución de 1869, la primera en España que reconoció la libertad de culto. Curiosamente, aquel hombre profundamente religioso y formado para cura fue de los que defendieron con más firmeza que el Estado dejara de imponer una sola religión a todos los españoles.

Edición original manuscrita de la Constitución de 1869.

Edición original manuscrita de la Constitución de 1869. https://www.congreso.es

Como ministro de Gracia y Justicia, Montero Ríos impulsó la Ley Provisional de Matrimonio Civil, aprobada el 18 de junio de 1870. Por primera vez en la historia de España, el único matrimonio con efectos legales pasaba a ser el civil, el que se celebraba ante un juez. La boda por la Iglesia, que era la norma desde los tiempos de Felipe II, dejaba de bastar por sí sola.

Y en un país donde la Iglesia llevaba siglos controlando los nacimientos, las bodas y los entierros, aquello fue un terremoto. Un antiguo seminarista de Compostela acababa de arrancarle a la Iglesia el monopolio del matrimonio, algo que el clero no le perdonó jamás.

Libro con el discurso de Eugenio sobre el matrimonio civil en las Cortes.

Libro con el discurso de Eugenio sobre el matrimonio civil en las Cortes. https://www.todocoleccion.net

Por eso su ley tuvo una vida corta. Cuando los Borbones regresaron al trono, una de las primeras decisiones del Gobierno de Cánovas, en 1875, fue devolver al matrimonio canónico su valor legal y vaciar de contenido la norma de Montero Ríos. La batalla, de todos modos, ya estaba lanzada, y volvería décadas después.

A partir de ahí, su ascenso ya no se detuvo. Fue ministro una y otra vez, presidente del Senado y una de las figuras centrales del Partido Liberal de Sagasta, pero su verdadero reino estaba en Galicia, donde se convirtió en el gran cacique de la Restauración, el hombre que movía los hilos de la política de media región a su antojo.

En la España de Cánovas y Sagasta, los dos grandes partidos se turnaban pacíficamente en el poder, y los resultados electorales no se decidían en las urnas, sino antes, en los despachos, donde se repartían de antemano los escaños distrito por distrito. En ese tablero, los caciques eran la pieza clave, los hombres que garantizaban que su provincia votara lo pactado a cambio de controlar los cargos, los favores y los nombramientos de toda la zona.

Caricatura representando a Cánovas del Castillo y a Sagasta.

Caricatura representando a Cánovas del Castillo y a Sagasta. https://es.wikipedia.org

Y en el sur de Galicia ese hombre era Montero Ríos. Colocó a familiares y a leales en el Congreso y en el Senado, tenía voz en quién era alcalde o juez en los pueblos de su influencia y tejió una red de fidelidades, el llamado Monterismo, que dominó la política de Pontevedra durante décadas.

Comenzaron a llamarle "el Cuco de Lourizán", por su astucia y por la residencia con la que se hizo en Lourizán, a las afueras de Pontevedra, un palacio tan espléndido que los cronistas lo describían como digno de un rey y único en Galicia. Hasta allí peregrinaban los que aspiraban a un cargo o a un favor, y desde allí el abogado administraba la política gallega como quien administra una finca.

Pazo de Lourizán.

Pazo de Lourizán. https://es.wikipedia.org

Pero entonces, en el peor momento posible, le llegó el encargo que lo perseguiría hasta la tumba.

En 1898 España se desangraba en una guerra perdida de antemano contra Estados Unidos. El 1 de mayo, la flota española había sido aniquilada en Cavite, en Filipinas, y el 3 de julio se repitió el mismo desastre en Santiago de Cuba. En cuestión de semanas, la Armada española dejó de existir y el Gobierno de Sagasta comprendió que no quedaba nada por hacer salvo negociar la rendición antes de que los estadounidenses desembarcaran en la propia Península.

Alguien tenía que ir a París a firmar la pérdida del imperio, y el elegido para presidir la delegación fue Montero Ríos. El gallego se resistió, alegando que nunca se había ocupado de los asuntos de ultramar, y solo cedió ante la petición personal de la reina regente María Cristina, a pesar de que sabía que aquella firma le costaría sufrimientos insuperables.

John Milton Hay, secretario de Estado de Estados Unidos, ratificando el tratado.

John Milton Hay, secretario de Estado de Estados Unidos, ratificando el tratado. https://es.wikipedia.org

Así que aceptó ir a firmar una derrota que no era suya. Pero alguien tenía que hacerlo.

Las negociaciones se celebraron en el Quai d'Orsay de París a partir del 1 de octubre de 1898, durante dos meses de amargura. Los estadounidenses llegaban con un protocolo cerrado, un texto que no admitía discusión, y la delegación española poco podía hacer salvo intentar salvar su dignidad.

En la sesión inaugural, cuando el jefe de la delegación norteamericana prometió que los vencedores actuarían con justicia, Montero Ríos le respondió con una frase que resume toda la escena: “España sólo pide eso: Justicia”. Pero no la obtuvo.

Firma del tratado.

Firma del tratado. https://es.wikipedia.org

El 10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de París, con el que España reconocía la independencia de Cuba, cedía Puerto Rico y la isla de Guam a Estados Unidos como indemnización de guerra, y entregaba Filipinas a cambio de 20 millones de dólares, una cantidad que apenas disimulaba lo que de verdad era, la venta del último gran pedazo del imperio.

Cuatro siglos de historia que habían empezado con las carabelas de Colón terminaban con la rúbrica de un abogado gallego en un despacho parisino.

Y cuando volvió a casa, la cosa no mejoró. La prensa y la oposición necesitaban un culpable para el desastre y Montero Ríos, que solo había firmado lo que otros habían perdido, les vino de perlas como chivo expiatorio, así que lo cubrieron de calumnias e insultos durante años.

Eugenio en su despacho.

Eugenio en su despacho. https://es.wikipedia.org

Y, aun así, el viejo cacique se levantó una vez más. Tras la muerte de Sagasta heredó el liderazgo del Partido Liberal, y en 1905 llegó incluso a presidir el Gobierno de España, la cúspide de su carrera. Aquel mismo año presentó su dimisión en una carta en la que todavía se quejaba de las difamaciones que arrastraba desde 1898.

Caricatura de Eugenio y el Partido Liberal.

Caricatura de Eugenio y el Partido Liberal. https://es.wikipedia.org

Pero detrás del hombre poderoso había una figura casi entrañable. Montero Ríos era menudo y muy friolero, por lo que vestía siempre con un pañuelo al cuello, tosía a menudo y caminaba con la mirada clavada en el suelo. Oía misa casi a diario, se levantaba al amanecer y tomaba el café con quince terrones de azúcar. Era amante de la música y el teatro clásico y coleccionaba tantas antigüedades que llegó a convertir su casa de Madrid en un pequeño museo.

Eugenio Montero Ríos.

Eugenio Montero Ríos. https://es.wikipedia.org

Cuando le ofrecieron un título nobiliario lo rechazó: “Hasta ahora me ha ido muy bien con los apellidos de mis padres”.

Murió en Madrid en mayo de 1914, a los 81 años, poco después de renunciar también al Toisón de Oro y al Collar de Carlos III, las más altas distinciones del reino.

Retrato de Eugenio como presidente del Senado.

Retrato de Eugenio como presidente del Senado. https://www.senado.es

Curiosamente, el pazo de Lourizán, aquel palacio desde el que Montero Ríos manejó la política gallega durante décadas, hoy es la sede de un centro público de investigación forestal, rodeado de uno de los jardines botánicos más extraordinarios de Galicia y abierto a cualquiera que quiera pasear entre sus árboles, por el mismo camino que recorrían los que iban a suplicarle un cargo al Cuco...

Jardines de Lourizán.

Jardines de Lourizán. https://www.turismo.gal

Iván Fernández Amil escribe cada semana Historias de la Historia en Quincemil. Consigue sus libros en https://www.ivanfernandezamil.com/libros

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Referencias:

es.wikipedia.org

elespanol.com/quincemil

lavozdegalicia.es

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biografiasyvidas.com

eldebate.com

diariodepontevedra.es

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