El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sale a recibir al duque de Luxemburgo, Guillermo V, en el Palacio de la Moncloa.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sale a recibir al duque de Luxemburgo, Guillermo V, en el Palacio de la Moncloa. Kiko Huesca / EFE

Tribunas

Ahora que Sánchez ha caído (una tribuna desde el futuro)

Si nos detenemos a listar las tropelías cometidas por Sánchez, el panorama se asemeja peligrosamente a un Estado fallido.

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Ayer, las urnas por fin dictaron sentencia: Pedro Sánchez ha caído.

Sí, por fin. Tras casi una década ominosa padeciendo al nuevo y moderno rey felón, el sanchismo, esa entelequia política basada en el equilibrismo amoral, el cortoplacismo táctico y la supervivencia a cualquier precio, se ha terminado.

Las calles respiran, nuestros iracundos socios occidentales arquean una ceja ante la prometedora expectativa y en los medios afines al régimen saliente proliferan rictus propios de Arias Navarro un 20 de noviembre del 75.

Al PSOE ahora le toca refundarse, en el mejor de los casos, o, en el más probable, desaparecer.

Recuerda a esas hormigas zombi controladas por un hongo parásito. Cuando el hongo ya no está, la hormiga muere. El hongo es, claro, Sánchez.

Sin embargo, antes de descorchar el champán y dejarnos llevar por la euforia de lo que muchos consideran una liberación a lo París del 44, convendría hacer un ejercicio de crudo realismo.

Porque, si nos asomamos al abismo de la última década, el reflejo que nos devuelve el espejo no es el de un pueblo heroico que ha derrocado a un tirano. No, no hemos tenido un honorable comportamiento cuando sí hemos sufrido a nuestros particular Tarquinio el Soberbio.

Ciertamente, el balance de daños institucionales, sociales y morales que deja este periodo es tan vasto y tan basto que resulta abrumador.

Si uno se detiene a listar las tropelías cometidas, el panorama se asemeja peligrosamente al de un Estado fallido en el que la separación de poderes y la responsabilidad política han sido meras sugerencias.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una reunión telemática con distintos ministros por la crisis de Ceuta.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una reunión telemática con distintos ministros por la crisis de Ceuta. Pool Moncloa Fernando Calvo Europa Press

Verbigracia:

La miseria moral ante las tragedias de la DANA de Valencia o el terrorífico accidente de Adamuz, que quedarán para siempre en los anales de la ignominia.

Mientras el barro y el agua sepultaban vidas y haciendas, mientras 46 vidas fueron segadas en las remendadas vías del ministro Puente, asistimos a un macabro ajedrez político de elusión de responsabilidades, evidenciando que para este Gobierno del Galgo de Paiporta el relato siempre importó más que el rescate.

Y lo aceptamos.

El acoso sistemático a las instituciones, la erosión premeditada, deliberada y burda del Estado de derecho ha sido constante. Desde el asedio y señalamiento a jueces y magistrados que osaban hacer su trabajo, hasta el velado pero pertinaz acoso a la Corona, buscando minar la última clave de bóveda que garantizaba la estabilidad constitucional.

Y lo aceptamos.

La ciénaga de la corrupción: la promesa de regeneración con la que Sánchez asaltó el poder mutó de inmediato en un goteo incesante de escándalos.

El enriquecimiento ilícito en plena pandemia, las tramas de los ministerios, los turbios casos que salpicaron su entorno más íntimo (hermanísimo y Begoñísima incluidos) y casos periféricos de brocha gorda como los Ábalos, Koldos, Cerdanes y Aldamas de su más íntima cercanía, tejieron una red de clientelismo e impunidad insoportable.

Y lo aceptamos.

El uso partidista y obsceno de las instituciones, siendo la colonización de RTVE uno de los ejemplos más sangrantes de esta legislatura.

Hemos visto cómo la cadena pública se transformaba en un instrumento de propaganda gubernamental incesante, donde la contratación de programas y la línea editorial parecían dictadas directamente desde Moncloa, ignorando los principios de servicio público, pluralidad e independencia informativa.

Y que, además, ha costado una fortuna.

Y lo aceptamos.

La subasta del Estado por las humillantes concesiones a los partidos independentistas, confirmando que España estaba en venta por el módico precio de un puñado de votos en el hemiciclo.

Y lo aceptamos.

"Al demonizar a la oposición y agitar constantemente el espantajo del fascismo, este Gobierno es el principal responsable del auge de la ultraderecha"

La política exterior ha sido un esperpento. Desde la entrega unilateral del Sáhara a Marruecos sin pasar por el Congreso hasta la invasión de Ceuta, pasando por el enfrentamiento con nuestros socios tradicionales y, por cierto, mucho más higiénicos democráticamente.

Y, aunque Ceuta acabó siendo su Stalingrado, su Dien Bien Phu, su Zama, muchos lo aceptamos.

Pero lo verdaderamente fascinante, y a la vez terrorífico, no es solo el qué, sino el cómo. Pedro Sánchez ha gobernado con los ademanes propios de un autócrata, pero respaldado por una de las minorías más paupérrimas de nuestra historia democrática.

El filósofo francés Jean-François Revel escribió: "La democracia es el único sistema político que puede suicidarse en la más estricta legalidad".

Los datos son tozudos y desnudan el mito de su supuesta pericia parlamentaria.

Durante su mandato, el Gobierno hizo un uso fraudulento y abusivo del Real Decreto Ley, figura reservada por la Constitución para casos de "urgente y extraordinaria necesidad".

Sánchez batió todos los récords históricos de la democracia, aprobando, según se ha publicado, hasta casi 200 decretos ley, legislando a espaldas del Congreso y firmando, de media, un decreto cada 14 días.

Y cuando no podía gobernar por decreto, sencillamente perdía. Solo en el primer año y medio de la última legislatura, el ejecutivo socialista sufrió 142 derrotas parlamentarias, perdiendo aproximadamente el 12,5% de las votaciones.

Como botón de muestra, el 19 de diciembre de 2024 quedó marcado como un día aciago, perdiendo 23 de las 107 votaciones celebradas esa jornada.

Todo esto sucedía mientras la cruda realidad socioeconómica golpeaba a los españoles. Concretamente, los datos de la pobreza infantil son desgarradores.

Casi un tercio de los menores españoles (un 28,3%, lo que equivale a unos 2,07 millones de niños y adolescentes) vive por debajo del umbral de la pobreza. En la comparativa europea, España registra la tasa AROPE infantil (riesgo de pobreza o exclusión social) más alta de la UE, con un dramático 29,2%.

"Debemos reconstruir los contrapesos democráticos. De lo contrario, sólo habremos cambiado al actor principal de una obra que seguirá siendo una tragedia"

Llegados a este punto, la tentación de canalizar toda la frustración en la figura del líder caído es inmensa. Es cómodo, es catártico y, sobre todo, nos exculpa. Pero estaríamos haciéndonos trampas al solitario.

Si un presidente, gobernando en franca minoría, perdiendo votaciones semana tras semana y legislando a golpe de decreto, ha podido desmantelar el andamiaje institucional de España, es por un motivo mucho más profundo y doloroso: nosotros lo hemos permitido.

Ya saben, el muy español "¡Vivan las cadenas!".

La sociedad española ha tolerado lo intolerable. Hemos transformado la política en una suerte de religión civil donde perdonamos los pecados más abyectos a "los nuestros" con tal de que no gobiernen "los otros". Esa actitud acrítica, esa pereza intelectual y moral, nos ha convertido en cómplices.

Pocos alzaron la voz. Los griegos llamaban parrhesia a ese coraje, al de enfrentarse al tirano a través de la verdad. Sócrates lo hacía; nosotros, sólo unos poquísimos.

Hemos mirado hacia otro lado mientras desguazaban la casa común porque nos convencieron de que el vecino de enfrente era el enemigo absoluto.

Y, paradójicamente, al demonizar a la oposición y agitar constantemente el espantajo del fascismo, este Gobierno es el principal responsable del auge de la ultraderecha, alimentando los extremos en un clima de tensión insoportable.

De tanto gritar que viene el lobo, el ecosistema se ha vuelto más feroz.

Ahora que Sánchez ha caído, la verdadera tarea es una regeneración nacional urgente, profunda y transversal.

Debemos reconstruir los contrapesos democráticos y, sobre todo, recuperar la exigencia cívica. De lo contrario, sólo habremos cambiado al actor principal de una obra que seguirá siendo una tragedia.

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Permítame, querido lector, una aclaración tan obvia como necesaria: el texto ut supra es pura ficción. Me he tomado la dudosa licencia de viajar al futuro para firmar la esquela de un mandato letal.

Pero confiesen, si de alguna forma, esta fantasía les ha supuesto un revelador alivio momentáneo. Porque los sueños, sueños son.

*** Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.