Mourinho sentado en el banquillo del Benfica.

Mourinho sentado en el banquillo del Benfica. Europa Press

Tribunas

Vuelve Mourinho, sigue Florentino: bueno para el Madrid

El regreso de Mourinho le encumbra, merecidamente, como uno de los hombres más decisivos en la construcción del gran Real Madrid de las seis Copas de Europa en una década.

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Las elecciones del Real Madrid parecían presentarse como un plebiscito cortoplacista sobre dos años frustrantes.

El presidente sorprendió a propios y extraños llamando a las urnas tras una temporada en blanco, con una plantilla desequilibrada e indisciplinada, tras graves errores de planificación deportiva, y con una cierta sensación de agotamiento, inevitable para cualquier dirigente, incluso para el más laureado, que lleve más de veinte años al frente de un transatlántico como el Real Madrid.

Sin embargo, en estos comicios ha terminado aflorando algo mucho más profundo: una batalla por la memoria histórica del madridismo.

A pesar de las duras circunstancias, la victoria de Florentino Pérez ha sido amplia y clara en todas las franjas de edad. Es evidente que el presidente sigue conservando su crédito: nadie olvida que ha presidido la etapa más exitosa de la historia del Real Madrid. Casi nada.

Pero lo mejor de estas dos semanas es que la campaña ha reactivado al mejor Florentino.

En estos últimos años, se acusó al presidente de gobernar desde la inercia complaciente que producen el empacho de éxito y el elogio acumulado. Las elecciones le obligaron a bajar a un campo embarrado.

Florentino Pérez, en su entrevista en 'Horizonte'.

Florentino Pérez, en su entrevista en 'Horizonte'. Captura de TV

Y el Florentino más castizo compareció, se expuso, improvisó, atacó, respondió y tomó la iniciativa.

El anuncio del regreso de José Mourinho en horario de máxima audiencia, contraprogramando la entrevista de Enrique Riquelme en El Hormiguero, fue uno de esos movimientos geniales y efectistas que recuerdan al gran Florentino que construyó el Madrid global: el líder que siempre ocupa el centro del cuadrilátero.

El mayor logro de la oposición ha sido obligarle a volver a la mejor versión de sí mismo. También ha terminado dándole la razón en su denuncia de la existencia de un amplio frente mediático y político desesperado por descabalgarle.

Además de ABC y Vocento, señalados explícitamente por Florentino en aquella estruendosa rueda de prensa, casi todos los clásicos del periodismo deportivo nacional se han lanzado en plancha a rematar al presidente que puso al club por delante y se negó al pasteleo que exige que el Madrid pida perdón por existir en la España de la envidia y el palazo al que destaca.

Desde la COPE hasta Marca, pasando por youtubers y tertulianos del antimadridismo patrio, se trabajaron horas extras para encumbrar a Enrique Riquelme.

Ese mismo ecosistema mediático, implacable con el presidente, pasó de puntillas sobre los grotescos y tragicómicos tropiezos de la candidatura alternativa.

"Riquelme anunció en El Hormiguero el fichaje del cyborg noruego para encontrarse, apenas unos minutos después, con el desmentido público y jocoso de su padre y de su superagente, Rafaela Pimienta"

Primero apareció la promesa de un entrenador fantasma, de primer nivel, que supuestamente ya estaba comprometido con el proyecto, pero cuyo nombre no podía hacerse público porque seguía teniendo contrato con un club.

Días después, la estrategia derivó en el surrealista anuncio de que Raúl viajaría a Austria para reunirse con Jürgen Klopp, cuyo teléfono seguramente ni tenía. El entorno del técnico alemán respondió con visible irritación ante una operación que jamás había existido.

Se supone que al otro entrenador, el original, el ya comprometido, se le dejó en la estacada faltando a la palabra dada.

Después llegó el episodio Haaland. Riquelme anunció en El Hormiguero el fichaje del cyborg noruego para encontrarse, apenas unos minutos después, con el desmentido público y jocoso de su padre y de su superagente, Rafaela Pimienta.

La credibilidad de cualquier candidato habría quedado hecha trizas. ¿De verdad ni siquiera se le ocurrió pactar con Pimienta que el desmentido llegara después de las elecciones para comenzar ahí la negociación? Errores de amateur se presentaron como perfectamente normales.

Sorprendió más el esfuerzo realizado para justificar tal desastre que la propia improvisación del candidato.

Más llamativa fue la cuestión de los apoyos de Riquelme. Durante la campaña se fue anunciando una amplia (y predecible) constelación de figuras históricas, rebotados y resentidos comprometidos con el cambio. Fernando Hierro, Vicente del Bosque, Raúl González, Iker Casillas. Ninguno apareció en público. Ninguno se hizo una foto, no digamos ya los cuatro juntos. Ninguno hizo un comunicado, ni puso un triste tuit.

Fueron todos apoyos fantasma.

Y aquí es donde irrumpe con fuerza don José Mourinho. La decisión de Florentino de poner al de Setúbal en el centro de su campaña es el mensaje político más importante de todo el proceso electoral. Va mucho más allá de lo deportivo.

Durante más de una década, Mourinho fue vilmente atacado, caricaturizado como el gran villano del fútbol español. Mourinho había sido divisivo, conflictivo, excesivo, tóxico. El relato dominante le responsabilizó de todo tipo de fracturas y guerras que le eran ajenas. En España había antimadridistas por culpa de Mourinho, decían.

Pero el tiempo y la historia tienen la saludable costumbre de rehabilitar a quienes formulan las preguntas correctas. "Por qué?", se preguntaba Mou, cuando veía que el Barça tenía derecho de pernada arbitral.

Hoy sabemos la respuesta: siete millones de euros cobraba el vicepresidente del CTA.

Cuando Mourinho aterrizó en Madrid se encontró un club acomplejado en Europa, resignado frente al mejor F. C. Barcelona de la historia, que además jugaba con red. El Madrid estaba psicológicamente sometido. Mourinho se marchó dejando un equipo competitivo y un club reactivado, preparado para iniciar el ciclo glorioso de las seis Copas de Europa bajo la batuta de Ancelotti y Zidane.

Y pagó un precio enorme por ello. Su enfrentamiento con el ecosistema político-futbolístico español fue brutal. Les puso el espejo delante a árbitros, federativos, políticos, periodistas, dirigentes y rivales. Lo hizo con frecuencia solo, asumiendo un altísimo coste personal.

Algunos periódicos llegaron a acosar a su hijo pequeño cuando iba a verle jugar.

Muchos madridistas sentimos que mantenemos una deuda moral con aquel Mourinho que se dejó la piel, el prestigio, la salud y su carrera por nosotros. Fue él quien soportó años de descrédito, acoso y desgaste defendiendo al club cuando hacerlo de verdad condenaba a la muerte civil.

Se enfrentó, por cierto, a todos mientras otros se enfrentaban al club.

Del Bosque, bonachón y humilde bienqueda, se negaba a recibir la insignia de oro y brillantes del club en compañía de Rafa Nadal; también diría que el Barça era demasiado bueno, que lo de Negreira era una excusa de mal perdedor; el capitán Casillas, entonces santo y yerno de España, hoy cuñao nacional, maquinaba junto a la prensa para hacerle la cama no sólo a Mourinho, sino también a sus compañeros Diego López y Keylor Navas; Raúl se iba al Schalke sin perdonar un euro al Madrid, como el propio Casillas en el Oporto.

Enríquez Negreira, en 2024.

Enríquez Negreira, en 2024. Europa Press

Pero el malo era Mourinho, que además se fue sin cobrar un finiquito.

Hoy conocemos hechos que entonces sólo intuíamos. Por eso el regreso de Mourinho tiene algo de justicia poética. Se trata de reivindicar una memoria verdadera del madridismo.

Florentino, preocupado por su propio legado, ha comprendido lo que tantos en España olvidan: que la historia es demasiado importante para dejarla en manos de tus enemigos.

Las elecciones han demostrado que el madridismo está dispuesto a reconciliarse con la parte de su pasado que es la clave de su futuro. La segunda venida de Mourinho cierra un círculo histórico. Su regreso le encumbra, merecidamente, como uno de los hombres más decisivos en la construcción del gran Real Madrid de las seis Copas de Europa en una década.

A veces, la mejor forma de preparar el futuro es hacer justicia con el pasado.

*** Carlos Conde Solares es filólogo y profesor de Historia de España en la Universidad de Northumbria.